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Primero fueron los dientes, ahora la conjuntiva. Mis muelas decidieron comenzar a crecer en el momento menos oportuno. Durante veintisiete años se abstuvieron de nacer entre la carne, de romper las encías y encontrarse un lugar en la esquina más oculta de mi boca. Pero estas semanas les parecieron apropiadas. Estos días en los que me he vuelto especialista en aplazar citas, traslados y pendientes, mis dientes me dijeron, no, nuestro ritmo no es el del mundo, sino el del imprevisto. El juicio es masticar de lado, confundir el alimento con la propia carne, el sufrimiento al reírse y al hablar. El cuerpo contra sí mismo: horadándose roce tras roce.

Ilustración: Estelí Meza

Cuando mi nueva mordida comenzó a acostumbrarse a su reciente orden momentáneo, se rebelaron los ojos. Porque comer dolía y ahora duele leer. Pegados al monitor, en este necio culto a la pantalla, han comenzado a secarse. Siento un frío lacerante en los párpados, pestañeos que rechinan ante la falta de aceite, el ardor por la luz. ¿Qué fortuna terrible me obliga a este simulacro de ceguera? Mis ojos intermitentes apenas y me alcanzan.

La otra salud es ésta que no traspasa mi cuarto ni se instala en los periódicos ni se contabiliza con números día tras día. Es arena en los ojos, dientes que sobran. Un dejo de vergüenza se asienta en mis pulmones: ¿por qué escribir sobre mis molestias en un año destinado por completo a la enfermedad? Quizá por eso mismo: porque hoy más que nunca me siento lejana a la plasticidad de las letras. A la mala he vuelto a aprender a escribir, hoy no me resulta obvio. Me aferro a otras formas donde escribir no sea un borrar continuo, sino tan sólo el flujo de mi voz. Le dicto al procesador de textos estas palabras, corrijo con ojos entrecerrados, la mirada que me queda.

Nadie sabe lo que tiene. Con suerte, esto durará poco y en unos días, ya recuperada, me olvidaré de lo que vi perdido. Leer, masticar, me resultarán formas obvias. Las gastaré con inconciencia. Nada me parecerá un milagro, mi mundo estará hueco de prodigios. Pero hoy todavía me sorprendo. El dolor no me ha dejado como tampoco me abandona este asombro por recordar cuando me sabía completa y podía aburrirme de exceso de potestad, cuando mi cuerpo me daba el derecho de hacer lo que me diera la gana.

 

Laura Sofía Rivero
Ensayista. Su libro Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos ganó el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020.