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“En mi casa siempre estábamos huyendo”, comenzó Max mientras nos extendía un vaso de mezcal y nos invitaba a sentarnos para contar cómo es que había llegado hasta aquí. Su infancia en Puebla fue un deambular de años áridos en los que él junto con sus hermanas y su madre abandonaban pueblo tras pueblo para evitar que los alcanzaran. “Huíamos por mi mamá. Pero nos escapamos tanto que se nos acabaron los pueblos y fuimos a dar a un baldío lejos de todo, donde vivíamos con otras tres familias. Ahí crecí”.

Ilustración: Estelí Meza

La comida que conseguía cerca del baldío la empacaba en viejos periódicos, aquellos de un sexenio ya dejado muy atrás, el de Lázaro Cárdenas. Con ellos aprendió a leer y a contar historias, entreteniendo a sus hermanas con los logros de quien creían su presidente. Con el tiempo las mujeres llamaron a ese baldío Papelitas, “por todos los papelitos que arremolinaba la tierra seca”.

Y ese remolino de papeles no cesó y tal vez tampoco la huida. Cuando Max se mudó a Ciudad de México empezó a rodearse de libros. “Sin querer iba tropezándome con ellos por todos lados, los leía y los guardaba”, dijo al tiempo que nos enseñaba algunas estanterías. Los libros pasaban de una mano a otra hasta encontrarse en las suyas, que en ocasiones también los cedían a otras para terminar quién sabe en donde. Así fue creando nuevas tolvaneras de polvo, leyendo y reuniendo libros por años, hasta construirles un resguardo para la huida con otros lectores: una librería oculta a la que únicamente los más necios pudieran llegar, El Burro Culto.

Esta librería, que sólo puede encontrarse cuando a algún librero amigo se le escapa el secreto de su ubicación, es un pequeño departamento sostenido por jirones de papel. Al recorrer sus pasillos, miles de libros en tela roja y lomos de piel desgastada se reflejan en vitrinas amarillentas, en espejos, en los rótulos dorados de algunos títulos y en el brillo del polvo, inaugurando corredores intransitables. “El polvo siempre se ha venido con la literatura” y ese polvo en los libros remeda algo de la vida, escribió Bolaño, a quien sin duda le habría encantado conocer este secreto y sus fugas.

Elegimos un par de libros y agradecimos a Max el encuentro. “Han venido justo a tiempo. Estamos por mudar la librería, nos han pedido irnos”. No quisimos preguntarle a dónde. Le deseamos suerte, nos despedimos y salimos de El Burro Culto.

En estos días muchas librerías desaparecen sin dejar rastro; pero a veces, también en estos días, otras vuelven a aparecer en parajes imprevisibles como si siempre hubieran estado allí, sólo hay que seguir el polvo.

 

Valeria Villalobos-Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.