A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

La peor parte de todo es la espera, acompañada de la incertidumbre. Casi ocho horas de salir, cuando la ansiedad es demasiada, a la zona designada para los que se quieren morir bajo sus propios términos: el área de fumar. Prendo un cigarro pero no logro disfrutarlo. Cada vez que inhalo siento el sabor a culpa en mi garganta por fumar en un hospital, como si estuviera haciendo algo prohibido.

Ilustración: Estelí Meza

El primer indicio fue cuando se desplomó en la banqueta, tardó casi un minuto en reaccionar. Sus primeras palabras fueron: “Me quiero morir”, refiriéndose al dolor que sentía en el codo. Resultó en una fractura que requirió de una cirugía y unos cuantos clavos y tornillos de titanio para que pudiera recuperar la movilidad. Meses después, se desvaneció mientras tomaba una copa de vino. El ruido de su cuerpo al caer y de la copa al romperse en mil pedazos, simulando una lluvia de estrellas, era lo de menos. En realidad nos preocupó el riachuelo de sangre que salía de su nariz por el golpe y la presión tan baja que a penas la podía leer el aparato.

“Su corazón baila cumbias, señora”, dijo el cardiólogo refiriéndose a la arritmia de mi madre. “La vamos a tener que operar y posiblemente ponerle un marcapasos”, así concluyó la primera visita con el doctor.

De ser un triángulo: padre, madre e hija podríamos pasar a ser una simple línea. Eso me estremece. No importa qué tan estrecha sea la relación con mi padre, una línea jamás va a igualar a un triángulo. La figura geométrica más estable y resistente podría dejar de serlo.

Supongo que jamás se está listo para llorar a una madre: me aterra perderla a mis 25 años. Vuelvo a sentirme como una niña, como si olvidara lo poco que sé de la vida, como si regresara al pasado cuando no podía vivir sin ella mi día a día.

Casi ocho horas de cirugía, de no saber nada, de imaginar diferentes escenarios en mi cabeza: a veces con final triste; otras con final feliz. Hasta que por fin el doctor llama a la habitación: “Pueden bajar al área de quirófanos, todo salió bien”. El aire me regresa al cuerpo, me siento ligera, incluso un poco mareada, pero feliz. Seguiremos siendo un triángulo, la estabilidad no nos abandona aún.

 

Melissa Cassab
Editora.