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Antes y al tiempo, de ser vicepresidente de Nicaragua, Sergio Ramírez lleva años en un trabajo eficaz e intenso de narrador. Es autor de las novelas Tiempo y fulgor y ¿Te dio miedo la sangre? Acaba de publicarse Estás en Nicaragua en una edición mexicana (Joan Boldó i Climent Editores, 1987). El texto que publicamos aquí es un capítulo de la novela Castigo divino, que en España ha sido publicada por Mondadori de Madrid y que en México publicará Diana literaria. 

Cuando la noche del 12 de febrero de 1933, el Doctor Atanasio Salmerón, la cabeza vendada y el traje de dril sucio de sangre, fue empujado por los carceleros al interior de la celda, Oliverio Castañeda parecía haberlo estado esperando desde hacía mucho tiempo entre las sombras. Sin apartarse del hueco oscuro de la ventana se volteó un instante y lo miró, con un tenaz parpadeo, apenas alcanzado por la luz de la bujía solitaria que ardía como el rescoldo de una brasa a punto de apagarse.

El golpe metálico de la puerta resonaba todavía en los pasadizos. El Doctor Salmerón alzándose la venda descubrió, sorprendido, la figura de luto en la penumbra, y una punzada de dolor le taladró con saña la frente en aviso de alarma ante el peligro; pero sin ningún amago de amenaza, Oliverio Castañeda tornó a contemplar la oscuridad frente a la ventana ensarzada de alambre de púas.

Así, vestido de luto riguroso, tranquilo y melancólico, parecía regresar otra vez de algún entierro, como si todos los días de su vida no hubiera hecho otra cosa que asistir a entierros; el nudo de su corbata negra lucía compuesto de manera atildada, y en los puños almidonados de su camisa las dos piedras rojas engastadas en oro refulgían con el mismo resplandor de sangre del mediodía de febrero en que lo había visto por primera vez de cerca, junto al lecho de su esposa agonizante.

Oliverio Castañeda se volvió de nuevo por un momento, sus ojos de miope buscándolo otra vez, ávidamente, tras los lentes; pero no encontró en ellos ningún destello de odio, ningún asomo de sarcasmo; más bien, un rictus de misericordia insuflaba de manera dolorosa sus labios.

Aunque llevara todas las de perder, porque lo encerraban en aquella trampa herido y extenuado, y se sabía, además, más viejo y menos fuerte que su enemigo, apretó instintivamente los puños; si planeaba sorprenderlo con su impasividad y aparente abandono, y de repente se le lanzaba encima para agredirlo, estaba dispuesto a defenderse de cualquier manera; o a responder a sus burlas y ofensas, porque como buen maestro de simulaciones y dobleces, bien podía pasar, de pronto, de aquel estado de triste mansedumbre a la procacidad y a la vileza. Lo conocía de sobra.

Pero cuando tras largo rato Oliverio Castañeda le habló por primera vez, no había ninguna burla ni agresividad en su voz; era como el susurro de un viento lastimero soplando entre las tumbas del cementerio del que otra vez regresaba; y en su soplo, parecía recoger el perfume de viejas guirnaldas y coronas que se marchitan.

– Usted es el único que puede ayudarme, Doctor -Oliverio Castañeda seguía buscando algo más allá de la ventana, más allá de los muros.

– ¿Ayudarte? ¿Y yo por qué? No me jodás- el Doctor Salmerón, demorándose en responder, tuvo la vana pretensión de demostrar altanería. Pero agobiado por aquel perfume malsano, sus palabras se quebraron como los trozos de un cristal turbio en su garganta reseca y terminaron de hacerse trizas en su boca.

-Porque Ud. y yo no somos enemigos. Jamás lo hemos sido – Oliverio Castañeda acercó los dedos a las espigas del alambre, probando al descuido el filo de las puntas.

El Doctor Salmerón se ajustó detrás de la cabeza el nudo de la venda fabricada con el jirón de su camisa, que otra vez floja, le caía sobre los ojos. La voz remorosa seguía entreteniéndose en la oscuridad de los mausoleos cerrados y los túmulos funerarios.

-Dígame: ¿Por qué íbamos a ser enemigos? Los que mandaron a golpearlo, los que lo encerraron aquí conmigo para que nos destrozáramos, esos son los enemigos que los dos tenemos – Oliverio Castañeda avanzó hacia él sin dejar sentir sus pasos.

El Doctor Salmerón retrocedió al verlo acercarse, y uno de sus zapatos se le zafó, porque los carceleros lo habían despojado de los cordones.

-No tiene por qué tener miedo de mi -Oliverio Castañeda le enseñó las palmas de las manos, deteniéndose a unos pasos de él. El perfume de flores marchitas parecía emanar ahora de sus ropas de luto y de su aliento.

-Y yo por qué voy a tenerle miedo, faltaba más- el Doctor Salmerón bailoteaba, tratando de meterse a tientas el zapato, sin quitarle ojo.

-Así me gusta- cabeceó pausadamente Oliverio Castañeda, las manos todavía extendidas-. Ni Usted me tiene miedo, ni yo le tengo miedo. Oígame pues, sin temor.

-Es un abuso de esos sicarios haberme metido aquí, es lo único que yo sé -el Doctor Salmerón, procurando siempre no perderlo de vista, se agacha al fin para calzarse el zapato-; y no sé qué jodido es lo que tengo que oírte.

-Que usted es el único que puede ayudarme -Oliverio Castañeda abandona los brazos, bajando la cabeza, como si de su enemigo sólo esperara piedad, o el golpe de gracia.

-Ve con la que me salís. Y yo peor, porque a mí me rajaron la cabeza, y vos hasta bien planchado te mantenés aquí -la herida vuelve a punzarle, y el Doctor Salmerón se lleva la mano a la frente. Sus dedos se humedecen con la sangre que sigue transpirando de la venda.

-Pero a Usted no lo van a asesinar, y a mí sí -Oliverio Castañeda se quita con cuidado los lentes y se restriega el entrecejo.

El Doctor Salmerón frunce los labios como si fuera a escupir, en un gesto de divertido asombro.

-Le da risa pensar que un criminal tema que vayan a asesinarlo, ¿verdad? -Oliverio Castañeda sigue con los dedos en el entrecejo, los ojos cerrados.

-Qué bien leés el pensamiento. Se ve que no solamente te pintás para seducir mujeres -el Doctor Salmerón, aturdido por el dolor de la herida se arrima de espaldas a la puerta de la celda, y deja descansar la cabeza contra la lámina.

-También entre mis cualidades está la sinceridad, Doctor – Oliverio Castañeda vuelve a colocarse los lentes, tomándolos delicadamente por las patas-. Yo no soy ningún asesino. Por eso es injusto que vayan a matarme como a un perro.

-Como al perro del Doctor Darbishire -la frialdad de la lámina traspasa la espalda del Doctor Salmerón, provocándole un repelo, como de fiebre.

-Ahí tiene -Oliverio Castañeda se alejó de nuevo, con paso cansado, hacia la ventana oscura-, su maestro el Doctor Darbishire. íCuánto lo odia a Usted ese anciano! Y así lo odian todos los demás. ¿Por qué será que lo odian tanto los ricos de León, Doctor?

-Vos debés saberlo mejor que yo, que tan a gusto andabas entre ellos -el Doctor Salmerón se despegó de la puerta. Los escalofríos le recorrían todo el cuerpo, y se abrigó con los brazos-. A mi nunca me han querido, porque no soy de alcurnia. Pero vos…

Yo soy hijo natural, Doctor, no se olvide -el susurro de Oliverio Castañeda perfumaba otra vez la celda con su aroma de ramos marchitos-; un bastardo que se atrevió a meterse al cercado ajeno, como ustedes bien dijeron en «El Cronista». Pero no he envenenado a nadie.

-Eso andá a decírselo al Juez – el Doctor Salmerón se movía con cuidado, para no perder los zapatos-. Las pruebas te hunden.

-El Juez. Y Usted me lo menciona. ¿Por qué cree que no quiso recibirle las pruebas? -Oliverio Castañeda dejó la ventana y se arrimó al camastro, palpando el borde como un ciego-. Porque es un timorato, igual que todos los demás, que se llaman entre ellos aristócratas. Aristócratas que ni siquiera han evolucionado al retrete de cadena. Siguen cagando en excusados.

-Peor te hubiera ido. Esas pruebas son las que te hunden -el Doctor Salmerón fijó tímidamente los ojos en la garrafita que destellaba sobre la mesa de pino, con el vaso volteado sobre el gollete, a pocos pasos de él. Ya la había notado antes; y a la vista del agua cristalina, la sed volvía a escocerle la garganta-. Las pruebas de que usaste estricnina.

-No sea tan ingenuo, Doctor. Sus descubrimientos no valen nada- Oliverio Castañeda se había sentado pesadamente en el camastro-; es sobre mis amores con las Contreras, sobre los fraudes de Don Carmen, que el Juez no quiso oírlo. Beba, el agua no tiene estricnina.

-Tengo tan amarga la boca, que ni cuenta me voy a dar -el Doctor Salmerón arrastró los pies hasta la mesa y quitó el vaso del gollete-. Y eso de que mis pruebas no valen nada, está por verse.

-Ni las pruebas que Usted cree tener, ni los experimentos con perros indefensos, valen nada Doctor. En eso, su maestro el Doctor Darbishire lleva razón -Oliverio Castañeda sacó debajo de la almohada una colcha amarilla de jaspes negros, igual a una piel de tigre, y la desdobló-. Pero, ¿qué importancia tiene ahora? De todos modos, sus enemigos y los míos ya tienen decidido asesinarme.

-Tus víctimas, ¿ya no son importantes? -el Doctor Salmerón da un sorbo, reteniendo el agua en la boca. Después, bebe ávidamente hasta agotar el vaso, y vuelve a servirse.

-Las víctimas somos ahora, Usted y yo -Oliverio Castañeda viene con la colcha desplegada en las manos y la coloca cuidadosamente sobre los hombros del Doctor Salmerón.

-¿Por qué envenenaste a tu esposa?- el Doctor Salmerón deja el vaso sobre la mesa, y agarra los bordes de la colcha para arroparse. El aroma de flores marchitas ha desaparecido y la celda recobra su olor a orines, a excrementos represos y a creolina-. Hubieras podido seguirte cogiendo a todas las Contreras sin necesidad de sacrificarla a ella.

-Yo no la envenené, yo no he envenenado a nadie- Oliverio Castañeda bebe el agua que queda en el vaso-. A Usted se lo van a llevar de esta celda en cuanto amanezca, y a lo mejor ya nunca nos vamos a volver a ver. Créame ahora, que no tenemos mucho tiempo.

-Y con María del Pilar te pudiste haber casado sin necesidad de envenenar a la hermana, ni a Don Carmen -el Doctor Salmerón saca una mano de la colcha para componerse de nuevo la venda-. A él, más que a ninguno, lo tenías en tus manos.

-Yo no andaba buscando matrimonio -Oliverio Castañeda rodea por los hombros al Doctor Salmerón-. Pero si con alguien me hubiera casado, es con Matilde; a ella siempre la respeté. Venga a sentarse a la cama.

-No me vas a decir que se tomó un veneno por vos, cuando supo que vivías con María del Pilar -el Doctor Salmerón se deja conducir, deja que lo siente en la cama-. Porque con María del Pilar sí vivías. Tengo en mi poder una declaración del mandador de la finca adonde ibas a verte con ella.

-No ofenda la memoria de Matilde achacándole suicidio, Doctor. Yo la quería, a ella sí la quise -Oliverio Castañeda se sienta junto al Doctor Salmerón en la cama, y no le quita el brazo de los hombros-. Las oportunidades que me dio fueron muchas, pero nunca la toqué. A la otra sí. Le reconozco que es mi mujer.

-Ahora va a resultar que tampoco tocaste a Doña Flora -el Doctor Salmerón, recogido dentro de la colcha mira abstraído las lengüetas de sus zapatos sin cordones.

-Menos, Doctor. A ella menos -Oliverio Castañeda quitó la mano de los hombros del Doctor Salmerón, y apoyando los codos en las rodillas, se inclinó para mirar también en dirección al piso-. Y viera cómo me acosaba.

-Entonces, de María del Pilar no pasaste -el Doctor Salmerón volvió la cabeza hacia Castañeda, y después clavó de nuevo la vista en las lengüetas de los zapatos, alcanzándolas con la mano para tratar de estirarlas-. Y Matilde murió virgen, como dice el dictamen de la exhumación. A otro perro con ese hueso.

-Pura la enterraron, como yo la conocí -Oliverio Castañeda dejó descansar la barbilla en las manos, los codos siempre sobre las rodillas-. ¿Por qué le iba a mentir sobre eso? ¿En qué me perjudica?

-Y a Rafael Ubico, ¿por qué lo envenenaste? -el Doctor Salmerón empezaba a sentir calor, y aflojando el envoltorio de la colcha, se descubrió el pecho-. No me digás que también por cariño, como envenenaste a Matilde.

-Ya le dije, no la envenené. Y eso de Ubico, es el mayor invento de todos -Oliverio Castañeda hundió la cabeza entre las rodillas-. Un crimen por el que nunca me acusaron. ¿Qué clase de crimen es ése? El General Ubico le ha pedido mi cabeza a Somoza; pero porque soy su enemigo político, no porque haya matado a su sobrino. Por eso quieren fusilarme.

-¿Vos tenés todas las cartas que ellas te escribieron? -el Doctor Salmerón se levantó, dejando la colcha sobre la cama, y avanzó hacia la ventana oscura en busca de la caricia del aire.

-Las tiene el Globo Oviedo- Oliverio Castañeda lo siguió con la mirada en su camino hacia la ventana-. ¿Pero qué importan ahora esas cartas? Lo que necesito es su ayuda.

-¿Estás dispuesto a entregarme esas cartas? -el Doctor Salmerón acercó la cabeza al boquete alambrado. De lejos con el aire, llegaban mujidos de reses, ladridos de perros, los gritos de una riña callejera.

-Son suyas. Si me ayuda, son suyas -Oliverio Castañeda se movió solicito hacia un lado para dejarle lugar al Doctor Salmerón que regresaba al camastro chancleteando con prisa.

-Sólo me falta preguntarte una cosa -el Doctor Salmerón aparta la colcha antes de sentarse.

-Todo lo que Usted quiera- Oliverio Castañeda estira los puños de la camisa y las piedras engastadas en sus mancuernillas destellan en la escasa luz del rincón del camastro con un fulgor de sangre vieja-. Ya no hay secretos entre los dos, Doctor.

-Si, queda un secreto- el Doctor Salmerón se sienta en el filo del camastro, una nalga de fuera, volteando por completo hacia Oliverio Castañeda-. -Sólo quiero que me digas si es cierto que envenenaste a tu madre.

Alguna vez el Doctor Darbishire le había mencionado que el galán padecía de alitosis; y ahora, cuando Castañeda abre la boca y se queda sin responderle, es aquel olor malsano el que el Doctor Salmerón percibe en la proximidad de su aliento.

-¿La envenenaste para que dejara de sufrir? Quiero que me digás si eso es cierto, o no es cierto. Y no me mintás -el hálito enfermo revuelve el estómago vacío del Doctor Salmerón.

-Nunca estuve en el Hospital de Chiquimula hasta que ella había muerto -la voz de Oliverio Castañeda se rompe de pronto en un sollozo-. Mi padre no quiso moverse de Zacapa para ir a recoger su cadáver a la morgue. Fui yo solo. Yo le puse la mortaja, yo la metí en su ataúd. Y apenas tenía yo catorce años, Doctor.

-¿Y ese libro, «Secretos de la Naturaleza» ? ¿Qué hacía la foto de tu madre enferma en ese libro sobre venenos y eutanasia? -el Doctor Salmerón acerca aún más la cabeza, reteniendo la respiración.

-El Doctor Castroviejo, el Director del Hospital, se lo prestó a mi madre, que era aficionada a la botánica -Oliverio Castañeda tiembla, estremecido por el llanto-. Yo lo metí junto con todas sus cosas en su valija, cuando llegué a traer el cadáver. Nadie me lo reclamó. Y lo he llevado conmigo, con la foto, porque son recuerdos de ella.

-Eso, ¿me lo podés jurar? -el Doctor Salmerón lo agarra por las solapas del saco y lo sacude.

-Se lo juro- Oliverio Castañeda hizo las cruces con los dedos, y las besó.

-Bueno, te creo- el Doctor Salmerón lo soltó, los dedos mojados de lágrimas-. Te creo, pero íay de vos si me estás engañando!

-No tengo por qué engañarlo- la voz de Oliverio Castañeda era de pronto dura e implacable, como un cuchillo al que acabaran de sacar filo en la piedra.

-Ahora, vamos a lo de las cartas- el Doctor Salmerón lo urgió, palmeando las manos.

-Le voy a entregar dos, que se cruzaron en el camino

-Oliverio Castañeda se quitó los botines, y buscó debajo de las plantillas-. Esta es copia de una que le envié a Matilde desde Costa Rica. La otra es de ella para mí, con pocos días de diferencia. Verá en la mía cuáles son las intenciones rectas de mi cariño. Verá en la suya su pasión por mí. No me he separado de estas cartas porque son prueba del amor sincero que nos tuvimos, más allá de la muerte. Guárdelas Usted, no quiero verlas mancilladas en un Juzgado.

-¿Y las demás?- el Doctor Salmerón recibió las cartas, apelmazadas y húmedas de sudor, y se las metió rápidamente en el bolsillo del saco.

-Las demás se las va a entregar el Globo Oviedo- Oliverio Castañeda fue hasta la mesa, y de pie empezó a escribir una nota-. Pero hasta después.

-¿Cómo hasta después?- el Doctor Salmerón, sentado en el camastro, oía rasgar el empatador-. ¿Después de qué?

-Después de que me haya fugado de aquí- Oliverio Castañeda agitó el papel para secar la tinta-. En la fuga es que Usted me va a ayudar. Ese es el trato.

-¿Fuga? -el Doctor Salmerón se incorpora de un brinco-. Y a mí, ¿quién me va a sacar de aquí?

-A usted tienen que sacarlo, por mucho que lo odien -Oliverio Castañeda viene con la hoja y se la entrega-. Sólo quieren escarmentarlo, por atrevido. Tenga por seguro que el cuerpo médico va a protestar. Aquí el único condenado a muerte soy yo.

-El cuerpo médico… -el Doctor Salmerón lee el encabezado, alejando el papel de los ojos: «Querido Montgolfier:»; y, dándose por satisfecho, se lo guarda-. Esos cabrones son los peores.

-El plan de fuga comienza a marchar apenas Usted esté en la calle- Oliverio Castañeda extiende la colcha atigrada sobre las baldosas. Se despoja del saco y va a colgarlo de un clavo en la pared; se quita también la corbata y se desabotona la camisa-; lo primero, no tiene que decir nada de esto a nadie cuando salga de aquí. Es muy peligroso para los dos. Y en segundo lugar, debe seguir comportándose como el peor de mis enemigos. Atáqueme sin piedad. Nadie debe sospechar que estamos aliados. Acuéstese.

– ¿Qué más tengo qué hacer?- el Doctor Salmerón busca la cabecera del camastro para tenderse-. Una fuga no es juguete. 

-Todas mis instrucciones va a recibirlas a través de una mujer, Salvadora Carvajal. Solamente ella y Usted saben de la fuga- Oliverio Castañeda, en paños menores, se acerca a acomodar la almohada, dura y grasienta, bajo la cabeza del Doctor Salmerón.

-La conozco- el Doctor Salmerón, echado boca arriba, abandona la cabeza en la almohada-. Sé donde vive.

-Magnífico, Doctor. Y no lo olvide: Usted sigue siendo mi enemigo, y yo sigo siendo un caballero que calla -Oliverio Castañeda se acuesta sobre la colcha desplegada en el suelo-. Usted me sigue atacando, y yo sigo negando mis amores con las Contreras, así apaciguo en algo a la jauría. Cuando yo esté en Honduras, dése gusto publicando las cartas. Menos las dos que le entregué. Y ahora, duérmase.

Ojalá no nos estén oyendo -el Doctor Salmerón obedece sin ninguna resistencia la orden de dormirse, invadido otra vez por la enfermiza fragancia de los ramos funerarios. Ese es, al fin y al cabo, se dice, mientras su cabeza adolorida se hunde en el sopor, el perfume dulce y embriagante de la venganza contra sus enemigos.

– No se preocupe, no van a volver hasta mañana para ver si ya nos matamos -el susurro se levanta desde el pisos indolente y lejano, arremolinando los pétalos caídos, batiendo los ramos, estremeciendo las cancelas de los mausoleos cerrados-. Pero antes de que se lo lleven de esta celda, no se olvide de meterse las cartas en el forro de la corbata. O en los calzoncillos. Duérmase.

La orden volvía en un susurro, pero penetraba en su sueño con el fulgor de un cuchillo acerado.