Adolfo Sánchez Vázquez lleva años en una indispensable, prolífica y brillante labor en los terrenos de la teoría marxista y las discusiones que su viabilidad y aplicación han desencadenado en los últimos años. Entre sus últimos libros está Marxismo y sociedad (Océano, 1986). Este texto se leyó previamente como una conferencia en el “Seminario de homenaje en torno a la obra de A.S.V.” (Cádiz, mayo de 1987). Con ligeras variaciones, las ideas que aparecen aquí se expusieron también en el IV Congreso Nacional de Filosofía (Toluca, octubre de 1987).

Nos proponemos examinar la relación entre marxismo y socialismo, hoy. Se trata de una relación que, a lo largo del tiempo, ha pasado por diferentes vicisitudes. Por tanto, es histórica. Lo cual nos lleva a desechar la idea de que estemos ante una relación estática, inmutable, entre un proyecto o ideal y una realidad (existente, en trance de existir o inexistente).

Se trata a la vez de una relación problemática ya que el modo de relacionarse sus dos términos plantea una serie de problemas que, en lo fundamental, podemos reducirlos a dos:

1) El socialismo ¿sigue siendo posible si es que alguna vez lo ha sido?

2) El marxismo ¿sigue siendo válido para el socialismo? Válido en el doble sentido de: a) paradigma teórico del conocimiento social o teoría que permite descubrir las posibilidades de transformación radical social en lo real mismo. Y b) teoría que sirve Prácticamente al socialismo al orientar el acceso a él y justificarlo como proyecto posible, necesario, valioso y, por tanto, deseable.

Las soluciones a las cuestiones planteadas varían: desde las modificaciones que se introducen en dicha relación sin abandonarla hasta el abandono de ella al renunciarse a uno de los dos términos -el marxismo-, o al otro- el socialismo. En el primer caso, tenemos un socialismo sin marxismo; en el segundo nos quedamos no sólo sin marxismo sino también sin socialismo. Dejando a un lado estas dos últimas soluciones, ocupémonos precisamente de la relación en que se mantienen ambos términos -marxismo y socialismo- con las vicisitudes y problemas que vamos a examinar.

Y, al hacerlo, reafirmemos en primer lugar el carácter histórico de esa relación; histórica puesto que tiene un comienzo y un fin en el tiempo, aunque para algunos la historia de esa relación tenga ya un tinte funeral; es decir, haya llegado a su fin.

Que tiene un comienzo se documenta fácilmente: el socialismo se relaciona desde mediados del siglo pasado con el surgimiento, formación y desarrollo de las ideas de Marx y Engels. Ahora bien, como aspiración o proyecto de una sociedad futura más justa es anterior a dichas ideas. Para no remitirnos a un pasado muy lejano -el de Platón o los utopistas del Renacimiento- podemos hablar de un socialismo premarxista en el siglo XIX como socialismo utópico. Al calificarlo así se ha pretendido subrayar que su fundamento es la utopía. Esta utopía puede ser reformista como las de Cabet o Fourier, o revolucionaria como las de Blanqui o Weitling. En todo caso, se trata -como utopía- de la anticipación imaginaria de una sociedad deseada, más justa, aunque en definitiva, no obstante la crítica de la sociedad presente en que se apoya, irrealizable.

Se trata de una sociedad deseable por su valor, pero en definitiva irrealizable porque: a) no se dan las condiciones necesarias para su realización; b) no se dispone de los medios adecuados para llegar a ella, y c) se desconoce la realidad que ha de ser transformada.

Marx y Engels hacen suyos los objetivos y críticas de este socialismo utópico, pero critican a su vez sus limitaciones y su impotencia. Este socialismo deseado, más bien soñado, ha sido siempre no sólo un socialismo realmente inexistente, sino también la expresión de una voluntad frustrada de realización.

El socialismo utópico deja paso al llamado socialismo científico, calificativo que proviene no de Marx sino de Engels. Al calificarlo así, Engels pretende llamar la atención sobre un elemento necesario en la transformación de la sociedad: su aspecto racional, entendido como conocimiento objetivo, fundado, de la realidad social que se aspira a transformar. Con todo cabe preguntarse: la expresión “socialismo científico” ¿es afortunada? No lo creo, sobre todo si con ella se pretende subrayar que el socialismo es el resultado necesario, inevitable del desarrollo histórico-social, del cual el marxismo sería la verdadera ciencia. Aquí los dos términos -socialismo y marxismo- se recubren íntegramente: el socialismo sería un resultado tan objetivo como el de cualquier proceso natural, y el marxismo- reducido a teoría económica y social -sería la ciencia que pone al descubierto ese proceso. En ambos casos, tendríamos una cientifización plena, sin fisuras, del saber histórico materialista, y el socialismo aparecería garantizado por la cientificidad del conocimiento de la realidad social y del movimiento histórico en que se inserta. Tal es la interpretación que del marxismo hacen los teóricos de la II Internacional (Bernstein, Kautsky) y que asume, con ciertas modalidades, el marxismo de la III Internacional (Lenin, Bujarin, Stalin).

Aunque algunos textos de Marx y Engels (Manifiesto Comunista, Prologo a la Contribución a la Critica de la Economía Política, Anti-Dühring) permiten avalar esta concepción determinista, objetivista y teleológica de la historia, hay otros (El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, escritos sobre Irlanda y correspondencia con los populistas rusos) que vienen a cerrar el paso a esa concepción cuando se subraya en ellos que:

1) La historia la hacen los hombres aunque en condiciones dadas.

2) No sólo cuentan las condiciones o circunstancias que hacen a los hombres sino los hombres que hacen esas condiciones y circunstancias.

3) La teoría de un fenómeno histórico concreto -el capitalismo occidental- en que consiste El Capital no puede convertirse en una filosofía universal de la historia.

Y 4) No hay un determinismo histórico porque no hay leyes universales de la historia sino tendencias en ella.

Todo esto impide que pueda hablarse en nombre de Marx, o al menos de todo Marx, de socialismo científico, entendido como el resultado de un proceso histórico que desembocaría inevitablemente en el socialismo.

La relación entre socialismo y utopía no puede ser reemplazada, consecuentemente, por semejante relación entre socialismo y ciencia. Y ello es así porque el socialismo no puede dejar de ser nunca una aspiración o ideal que tiene siempre una dimensión utópica.

Aquí se hace necesario volver de nuevo sobre el término “utopía”. Utópico no sólo es lo imposible o irrealizable en un sentido absoluto, sino también lo realizable que temporalmente no puede realizarse. La utopía de hoy puede convertirse en la realidad de mañana, siempre que no se trate de una utopía absoluta sino relativa, concreta. Por cierto, incluso en el propio Marx no faltan elementos utópicos en sentido absoluto como al postular, por ejemplo, la superación total y definitiva de todas las enajenaciones en el comunismo (Manuscritos económico-filosóficos de 1844).

¿Qué significa entonces la sustitución de la utopía por la ciencia? Significa sencillamente fundamentar racional, objetivamente, la posibilidad del socialismo y de las acciones humanas encaminadas a convertir esa posibilidad en realidad. El socialismo sería una empresa racional que no cierra las puertas a la imaginación y por tanto a la utopía. Racional sería pretender realizar lo realizable en condiciones históricas determinadas. Lo realizable es tal porque es posible. Fundar el socialismo en lo imposible sería condenarse de antemano a la utopía absoluta.

El marxismo sería entonces el fundamento racional del socialismo en un sentido esencial: en cuanto que descubre lo posible -y lo imposible- en la propia realidad. ¿Qué es El Capital de Marx sino el descubrimiento de la posibilidad inscrita en el capitalismo? Pero también de la imposibilidad que el sistema engendra: imposibilidad de que -no obstante los méritos históricos que Marx y Engels le reconocen en el Manifiesto- pueda desarrollarse sin convertirse en un límite insalvable al desenvolvimiento pleno y libre de los individuos. El capitalismo ha evolucionado después de Marx invalidando algunas de sus tesis, pero la contradicción fundamental que él descubre entre el desarrollo del capitalismo y los intereses fundamentales de los individuos y de la sociedad, no ha hecho más que ahondarse. Es imposible que la libertad verdadera de los individuos, la paz y la igualdad social entre los hombres y los pueblos, puedan florecer bajo el capitalismo. Esto no significa en modo alguno que baste destruir el sistema capitalista para que todos esos bienes se alcancen. Marx y Engels ya sospechaban esto, pero lo ha probado sobre todo la experiencia histórica del “socialismo real”.

El marxismo descubre en el capitalismo las condiciones de posibilidad -no la realidad- del paso de una sociedad a otra más justa. Pero el capitalismo engendra también -y esto no escapa a Marx- la posibilidad de la “barbarie”, barbarie que hoy tiene un sentido más pleno y profundo como holocausto nuclear o destrucción de la base natural de la existencia humana.

El marxismo sólo tiene sentido en su relación con el socialismo. No puede reducirse por ello a un paradigma teórico. Y no sólo porque responde a una idea o a un objetivo que es -como hemos señalado- una vieja aspiración de la humanidad, sino también porque es un proyecto de transformación práctica. Pero lo que lo distingue de otras doctrinas socialistas como las utópicas es haber fundado racionalmente la posibilidad (no la inevitabilidad) de la realización de ese objetivo. Ciertamente, descubrir esa posibilidad requiere conocer y criticar la realidad social en la que se forja esa posibilidad. Y en este sentido no sólo es interpretación, crítica o conocimiento de lo que es, sino anticipación, descubrimiento de las condiciones necesarias para que lo no es todavía llegue a ser.

El marxismo no se limita, por tanto, a una interpretación del mundo, aunque en verdad lo es. Al dar conciencia de esa posibilidad y de las condiciones -objetivas y subjetivas necesarias para realizarla, adquiere como teoría una fuerza práctica en la transformación de lo existente hacia el socialismo. En suma, el marxismo sólo existe por y para el socialismo, pero éste a su vez necesita del marxismo.

Así, pues, en términos del marxismo clásico hay una relación intrínseca e indisoluble entre marxismo y socialismo. Como proyecto político, como conocimiento y critica de lo existente y como práctica política -para las clases y fuerzas sociales que optan por la transformación radical de la sociedad-, el marxismo es la alternativa necesaria. Y esto explica que, desde los tiempos de Marx y Engels, los partidos obreros que aspiran al socialismo se hayan remitido al marxismo como teoría de la sociedad y la historia y como ideología política. Pero esto explica también que la empresa de desmovilizar a las conciencias privándolas de toda perspectiva anticapitalista y socialista, pase por la empresa de excluir la presencia del marxismo en el movimiento obrero así como en los movimientos sociales anticapitalistas y en los frentes de liberación nacional. Esa empresa desmovilizadora se convierte hoy en una ofensiva vulgar, sin un nivel teórico digno de este nombre cuando el estilo argumental de los “nuevos filósofos” se expande a nivel panfletario por los medios masivos de comunicación.

Pero volvamos a la relación entre marxismo y socialismo tal como la ven los que han hecho suyo el ideal de la transformación de la sociedad capitalista. Históricamente, dicha relación se ha mantenido en dos formas que han dividido -ya antes de la Revolución Rusa, pero sobre todo después de ella- al movimiento obrero que durante largo tiempo ha luchado por el socialismo. Estas dos formas de relacionar teórica y prácticamente marxismo y socialismo se inscriben históricamente en la tradición socialdemócrata que inauguran Bernstein y Kautsky y en la tradición revolucionaria que, después de la Revolución de 1917 en Rusia, se asocia al nombre de Lenin y más tarde al cuerpo de ideas y a la estrategia que, en la III Internacional y particularmente con Stalin, se codifica como marxismo-leninismo. Aunque en ambas tradiciones se procura mantener la relación entre marxismo y socialismo, esta relación supone en ellas dos estrategias distintas e incluso opuestas: una hace hincapié en la vía de las reformas; la otra, en la revolución.

Ambas estrategias, y el marxismo que las inspira, o más exactamente la interpretación de él en que se sustentan, han tenido ocasión de probarse en la vida real como estrategias anticapitalistas y socialistas. Y han podido ponerse a prueba en cuanto que, en ambos casos, han tenido la oportunidad histórica de llegar al poder y de gobernar en nombre del socialismo. Pues bien, con base en la experiencia histórica que supone, en un caso, el paso por el poder establecido y, en el otro, el ejercicio del nuevo poder después de la ruptura revolucionaria con el sistema capitalista, podemos establecer el siguiente balance.

El marxismo reformista, que se considera comprometido con la idea del socialismo como fin u objetivo, ha logrado importantes reformas sociales sin rebasar el marco o la estructura del capitalismo. O sea: permanece dentro del sistema con la esperanza de pasar algún día sus fronteras estructurales; mientras tanto no puede hablarse de transición de una sociedad vieja -capitalista- a otra nueva -socialista. No hay, pues, socialismo; pero tampoco el anticapitalismo que ha de permitir la transición. Se proclama que el socialismo sigue siendo un ideal, la estrella polar que guía la realización de las reformas, pero la estrella polar brilla cada vez más desvaída y distante. En consecuencia, la posibilidad de que el socialismo llegue a ser una realidad por esta vía es una hipótesis que hasta hoy no se ha confirmado, pues en definitiva nunca se han rebasado -con esta estrategia- las fronteras del capitalismo.

¿El marxismo de la III Internacional de inspiración leninista y sus prolongaciones posteriores codifica, en unidad indisoluble, la herencia de Marx-Engels y Lenin, como marxismo-leninismo? Si fijamos nuestra atención en la Revolución de Octubre y en la sociedad soviética construida a partir de ella en el proceso de transición del capitalismo al socialismo, no puede dejar de reconocerse que este marxismo con su estrategia revolucionaria ha logrado romper violentamente con el poder y el sistema social establecidos. Por primera vez en la historia de la humanidad las relaciones de explotación del hombre por el hombre, y, en particular las relaciones capitalistas de producción, fueron abolidas confirmándose así la previsión marxiana de que el capitalismo, como formación social históricamente transitoria, estaba destinado a desaparecer, aunque ciertamente esta desaparición no se dio en Rusia en 1917 en las condiciones económicas y sociales previstas por Marx. A diferencia de la estrategia reformista, la estrategia revolucionaria bolchevique permitió rebasar el marco estructural capitalista abriendo con ello la perspectiva de la transición a una nueva sociedad, socialista. Pero en el curso de este proceso de transición lo que se construyó no fue propiamente el socialismo sino una nueva formación social en la que una nueva clase explotadora -la burocracia- posee el poder económico y ejerce el poder político, al margen del control de la sociedad y de la participación o gestión de los trabajadores. Tal es la sociedad que se conoce como “socialismo real”, y en la que durante el largo periodo que se extiende de Stalin a Brejnev quedó bloqueado el camino del socialismo. No hay que descartar, sin embargo, las nuevas perspectivas que se abren, al tránsito al socialismo, con la perestroika si ésta logra efectivamente romper el inmovilismo económico, político y social en que la burocracia ha mantenido hasta ahora a la sociedad soviética.

Pero ateniéndonos a lo real sin descartar lo posible, podemos concluir respecto a las dos vías o estrategias fundamentales apuntadas:

El camino del socialismo emprendido por la vía reformista no rebasa las fronteras estructurales del capitalismo, en tanto que la vía seguida en nombre del marxismo-leninismo permanece dentro de un anticapitalismo que no puede identificarse con el socialismo. En uno y otro caso, queda bloqueado el camino del socialismo. El reformismo lo bloquea sin salir del capitalismo; el marxismo-leninismo, le cierra el camino pese a haber hecho saltar la estructura capitalista. Nos encontramos, pues, con que el socialismo como estrella polar, como proyecto político y social para superar una serie de enajenaciones y como creación de las condiciones para la autogestión social y control de los productores asociados sobre los medios de producción así como para la democratización plena y profunda de todas las esferas de la vida social, sigue distante de la realidad.

Es indudable que para una teoría como el marxismo que hace de la praxis su categoría central y que, en su médula misma, contiene la unidad de la teoría y la práctica, no puede dejarse a un lado el saldo que arroja la experiencia histórica. El marxismo tiene que ser juzgado no sólo por su capacidad para entender el mundo sino también por su capacidad para contribuir a transformarlo. Y justamente la experiencia histórica plantea una serie de cuestiones que se engloban bajo el rubro de la llamada “crisis del marxismo” y que conduce a los intentos de ajustarlo o adaptarlo a la realidad en unos casos y a su abandono por razones teóricas y prácticas en otros. Ahora bien, la experiencia histórica del desarrollo del capitalismo como sistema mundial, la práctica de las luchas por el socialismo tanto en Occidente como fuera de él, así como la nueva realidad construida en los países del Este europeo en nombre del marxismo que la inspira y justifica como “socialismo real”, ha puesto de manifiesto la fragilidad e inactualidad de ciertas tesis marxistas.

Entre los elementos caducos o inactuales que hay que superar está el tributo que rinde Marx a una concepción hegeliana eurocentrista y teleológica de la historia. Conforme a ella existe una racionalidad universal que encarnan sobre todo los pueblos occidentales, teniendo como agente histórico, ayer a la burguesía y hoy al proletariado, frente a los “pueblos sin historia” o “bárbaros” que no serían sujetos sino objeto de ella. A este racionalismo universal va unido cierto finalismo ya que de acuerdo con sus leyes universales la historia marcharía inevitablemente hacia su fin: el comunismo. No se puede ignorar, sin embargo, que el propio Marx en sus escritos sobre Irlanda y en su correspondencia con los populistas rusos, trató de corregir esta concepción de la historia. Pero, no obstante, ella es la que ha dominado en las dos estrategias -reformista y marxista-leninista- antes mencionadas. Tampoco puede mantenerse hoy el optimismo de Marx sobre el potencial revolucionario de la clase obrera occidental ni su confianza en su impermeabilidad al virus ideológico burgués. También resulta cuestionable la sobrestimación marxiana del carácter progresista del desarrollo de las fuerzas productivas, sobrestimación que al estimular cierto enfoque economicista hace perder de vista los aspectos destructivos de ese desarrollo. A su vez, la atención casi exclusiva a la dominación de clase opaca la visión de otras formas de dominación -nacional, racial, sexual o étnica- contra las que hoy luchan diferentes movimientos sociales que han de ser tenidos muy en cuenta en una estrategia anticapitalista.

Finalmente, la experiencia histórica del “socialismo real” ha puesto a prueba las ideas de Marx no sólo en cuanto a la transición del capitalismo al comunismo a través del socialismo, sino también respecto al poder de sus herramientas conceptuales al examinar una realidad social que ciertamente Marx no previo ni podía prever. Con todo, ¿no cabría aplicar a la caracterización de esa nueva sociedad el criterio marxiano del papel determinante de las relaciones de producción, y, particularmente, el de la propiedad efectiva – y no sólo formal- sobre los medios de producción?

El marxismo-leninismo se ha caracterizado por el intento de mantener, incluso frente a la realidad, ciertas tesis del marxismo clásico o por deformar u olvidar algunas tesis de Marx, hoy más válidas que nunca, como son las que proclaman la unidad indisoluble de socialismo y democracia. Con ello anuló y melló su potencial emancipatorio convirtiéndolo en una ideología justificadora de una estrategia política o de una realidad a la que se llama “socialismo real”. Ciertamente, si el marxismo en su teoría y en su práctica se redujera a este marxismo que ha entrado en bancarrota su destino actual estaría sellado. Como lo habría estado en el pasado, si hubiera quedado reducido al marxismo de la II Internacional que, después de la primera guerra mundial, entró en su ocaso.

La concepción eurocéntrica del marxismo reduce en definitiva las pruebas de su validez a lo que sucede en Occidente, dejando fuera de su visión a los pueblos que ya Hegel había dejado fuera de la historia. Sólo aferrándose a las estrategias ya agotadas en Occidente -la reformista, social-demócrata o la revolucionaria en sentido marxista-leninista- se puede ignorar la presencia del marxismo en la lucha de los pueblos en otros continentes. Y así como, por ejemplo, la estrategia reformista, propiamente estructural, intentada en Chile en los años 70 tenía poco que ver con el reformismo clásico, así también la experiencia revolucionaria de América Latina en las últimas décadas tiene poco que ver con el marxismo-leninismo. La Revolución Cubana como revolución nacional y social fue un verdadero escándalo teórico y práctico para la ortodoxia marxista-leninista, ya que su encuentro con el marxismo no podía darse dentro de los moldes tradicionales. En cuanto a la Revolución Nicaragüense no puede negarse el papel que el marxismo ha desempeñado en ella, pero de un marxismo impregnado de sandinismo. Es decir, de un marxismo que, al hacer suya la reivindicación nacional, ha tenido que superar el reduccionismo de clases y el economicismo característicos del marxismo-leninismo. A su vez, esta Revolución ha roto con una tradición “marxista” autoritaria y antidemocrática al recuperar el tema de la democracia y adoptar el pluralismo tanto dentro de la Revolución como en el seno del Frente Sandinista que dirige la liberación nacional. Ciertamente, la Revolución Nicaragüense no se plantea hoy el socialismo como objetivo ya que la correlación de clases y la agresión del imperialismo yanqui la mantiene como revolución democrática, nacional y antimperialista. Sin embargo, no se puede negar el peso del marxismo en ella, aunque se trata de un marxismo que hace suya la tradición nacionalista, sandinista, del país y que aspira a llegar por una vía democrática, representativa y participativa al socialismo.

En América Latina el marxismo no se halla ligado, pues, inexorablemente a la tradición marxista-leninista aunque ésta es una corriente que hoy existe, sin ser monopólica, en el continente.

Y llegamos así a la cuestión medular que ha estado presente a lo largo de nuestra exposición: la crisis del marxismo. Naturalmente, lo primero que necesitamos precisar cuando hablamos de ella es el sentido en que utilizamos ambos términos. ¿Qué entendemos por crisis y qué es lo que está propiamente en crisis? En un sentido general, significa con respecto a un proceso la interrupción o paralización de su desarrollo normal. Si la crisis se supera, el proceso interrumpido o paralizado recupera su marcha normal y puede seguir un curso positivo; pero en caso contrario, el proceso se agrava hasta llegar a su liquidación. Los médicos conocen bien este significado de la crisis. Las dos alternativas pueden darse sin que ninguna de ellas esté inscrita inevitablemente en la crisis. Aplicado esto al marxismo y, reconocida por tanto, la existencia de su crisis, nos preguntamos: ¿el marxismo está destinado a superarla o a hundirse con ella? Veamos.

El marxismo no es un sistema íntegro, cerrado, que permitiera hablar de EL MARXISMO (así, con mayúsculas). Lo que existe es un marxismo que se desarrolla históricamente aunque sin perder ciertos rasgos, que no existen abstractamente sino sólo en su desenvolvimiento histórico. Tales rasgos son: su proyecto de emancipación, su exigencia de fundamentarlo objetiva, racionalmente y su vinculación como teoría con la práctica.

En su desarrollo histórico, el marxismo no ha podido permanecer sordo a las exigencias de la realidad y ante ellas acentúa o debilita algunos de esos rasgos fundamentales. Y justamente en ese desarrollo ha pasado por una serie de crisis. No sólo en nuestros días el marxismo ha conocido las vicisitudes de una crisis. Los éxitos espectaculares de la socialdemocracia alemana a finales del siglo pasado y, con ellos, la absolutización de la vía legal, parlamentaria, así como el chovinismo de los partidos social demócratas europeos en la primera guerra mundial condujeron al marxismo a una crisis de la que pudo salir transitoriamente con la Revolución Rusa de 1917. Asimismo el fracaso de la estrategia de la III Internacional, así como el hundimiento del mito de la URSS como patria del proletariado y “socialismo realmente existente” hicieron entrar al marxismo en una crisis de la que no se repone todavía. En ambos casos la crisis se producía porque se interrumpía o paralizaba su desarrollo en relación con alguno de sus rasgos esenciales. En el caso de la socialdemocracia, se trataba de un alejamiento o una ruptura con respecto a su proyecto transformador, revolucionario, al propugnar una estrategia reformista de integración o adaptación al sistema capitalista e incluso de administración de sus intereses fundamentales. En cuanto a la III Internacional, se trataba de una estrategia revolucionaria inadecuada en Occidente y de la que era un calco la que se dictaba a los países no occidentales. Una estrategia que, en definitiva, respondía a los intereses de un Estado y un Partido que imponían -como Estado y partido guías- sus reglas en nombre de la universalidad del marxismo-leninismo a todo el movimiento comunista mundial.

A esta crisis han contribuido asimismo el no haber tomado en cuenta debidamente, al fundamentar la estrategia anticapitalista, los cambios operados en la naturaleza misma del capitalismo, en el proceso de trabajo y en las formas de vida. Y, finalmente, ha contribuido decisivamente la contradicción patente entre el socialismo de Estado, autoritario y burocratizado de las sociedades del “socialismo real” y el proyecto originario del marxismo clásico de una nueva sociedad en la que los productores asociados participan en la gestión de la economía y en la dirección del Estado, una sociedad en la que los términos democracia, libertad y socialismo se presentan indisolublemente unidos. Ahora bien, dado que el marxismo supone la unidad -aunque siempre relativa- de teoría y práctica, lo que pone en crisis al marxismo no es sólo el agotamiento o la inadecuación de ciertos aspectos de su teoría, y subrayo ciertos aspectos, ya que comparada hoy en su conjunto con su situación en décadas anteriores a la del 60, registra un impulso vigoroso en todos los campos (filosofía, economía, teoría política, historia, estética, antropología, etc.). Pero, en definitiva, lo que hoy pone en crisis al marxismo más que la teoría es -como en las crisis anteriores- una práctica política que niega el proyecto liberador originario al no tratar de rebasar el marco capitalista, con lo cual se prolonga bajo un nuevo ropaje el reformismo tradicional, o una práctica que, en nombre de ese proyecto, identifica anticapitalismo con socialismo. Pero lo uno no significa lo otro; es decir, como demuestra la experiencia de las sociedades del “socialismo real”, no basta romper con el capitalismo para transitar realmente al socialismo.

Crisis del marxismo, pues; pero ¿se trata de una crisis global? El bloqueo estratégico, práctico, que significa la vía reformista tradicional o la vía revolucionaria clásica no significan que esté bloqueado fatalmente el acceso al socialismo, lo que constituiría no ya la crisis sino el ocaso del marxismo. Pero la superación de ese bloqueo tan presente en la crisis actual exige un despliegue inusitado del poder de la razón y de la imaginación que permita emprender reformas estructurales en unos casos o revoluciones que asuman no ya las experiencias lejanas de Occidente sino especialmente las que brinda en nuestro tiempo el Tercer Mundo.

Hasta ahora no disponemos de una teoría que ofrezca una alternativa más racional y fecunda que el marxismo a la necesidad -hoy más imperiosa que nunca- de poner fin al capitalismo y de construir una nueva sociedad, socialista sin explotación ni dominación de ningún tipo. Y al hacer esta afirmación no se trata en modo alguno de salvar los aspectos caducos, inadecuados del marxismo ni tampoco de absolverlo de todos los errores, e incluso crímenes, cometidos en su nombre. Los aspectos caducos deben ser abandonados; los errores, superados y los crímenes denunciados firmemente. Pero mientras exista la realidad que hace necesaria y justifica su existencia -el capitalismo, la enajenación de los individuos, la explotación de los hombres y los pueblos- el marxismo no puede dejar de existir. Y con esto volvemos a nuestro punto de partida: la relación entre marxismo y socialismo. Necesitamos el marxismo porque existe la necesidad, posibilidad y deseabilidad del socialismo. El marxismo existirá, en suma, mientras estemos convencidos de la necesidad de emancipar a la humanidad en un sentido socialista y de fundamentar racionalmente esa emancipación.

La vigencia y actualidad del marxismo hay que buscarla, pues, en su relación -como proyecto liberador, como teoría de la emancipación, como conocimiento y “crítica de todo lo existente” (Marx) -con el socialismo. Podrá entrar en crisis -como ha entrado en nuestro tiempo-. Podrán abandonarse -como hay que hacer con todo conocimiento de la realidad- las hipótesis, tesis o teorías que sean desmentidas por ella. Pero el marxismo- como teoría y práctica- tiene que subsistir porque la necesita nuestra opción por la transformación radical de este mundo: el socialismo. Y si el marxismo o cierto marxismo entra en crisis; si se interrumpe o paraliza su desarrollo no se trata de una crisis global y sin salida ya que subsiste su necesidad como proyecto, como conocimiento y crítica – incluyendo la crítica de lo que se hace en su nombre- y como práctica fundada no en sueños o ilusiones sino en una base racional, objetiva y, hasta donde sea posible, científica. Y justamente porque se trata de una teoría que tiene que estar revisando a cada momento su relación con la realidad y la práctica, y dado que esa relación no está dada de una vez y para siempre, y menos aún garantizada, hay que admitir que la crisis actual del marxismo no es la primera ni tampoco será la última. La crisis forma parte de su desarrollo histórico porque no hay nada ni nadie que pueda garantizar definitivamente o de antemano la certeza de su interpretación del mundo ni la justeza de su práctica para transformarlo

Al poner punto final a nuestro examen de la relación entre marxismo y socialismo, vemos a manera de conclusión que se trata de una relación histórica en la que sus dos términos, pese a sus problemas y vicisitudes, se unen y necesitan mutuamente. Sólo hay marxismo por y para el socialismo, y a su vez el socialismo vivirá y se afirmará si se nutre del marxismo. Pero esto no significa en modo alguno que el marxismo sea su único elemento fecundante, o el único cuerpo de ideas que puede inspirar los esfuerzos teóricos y prácticos para llegar al socialismo. En América Latina es bien conocida la participación de creyentes católicos en los movimientos revolucionarios y los marxistas estiman en todo su valor las aportaciones teóricas y prácticas de la teología de la liberación y de los cristianos por el socialismo. Sin ser marxistas, otras corrientes de signo libertario contribuyen asimismo a los procesos de liberación que conducen a una sociedad más justa. Finalmente, aunque sin definirse como marxistas pero sí con una clara posición anticapitalista, los movimientos sociales de nuestros días- ecologistas, pacifistas, feministas y, en general, de liberación sexual- contribuyen también a ampliar y enriquecer las vías que llevan al socialismo.

En suma, no se puede pensar hoy en un socialismo a espaldas del marxismo, pero tampoco en un marxismo que monopolice el torrente de esfuerzos necesarios para llegar al socialismo.