Era la tarde más feliz en mucho tiempo. Comimos con un gusto comparable al de un Cardenal hambriento, bebimos como catadores de concurso francés y hablamos con la sinceridad y la emoción de dos amigos del alma que se cuentan sus cosas. Por más esfuerzos que hice, no recordé otra tarde así en todo el año. En un incontenible ataque de felicidad ella propuso unas vacaciones y describió este paraíso: una playa de arena fina, con pocos turistas, una ensenada de aguas verdes cristalinas; comida abundante compuesta por camarones y almejas recién pescado y cuando el sol cayera, un encuentro imparable de lujuria tras las rocas y bajo los efectos especiales de lo prohibido -para ella las rocas eran una parte marina y esencial del edén-. Fue tal su poder descriptivo que por unos momentos dichosos sentí que la brisa salía de mar adentro para acariciarme la cara, los hombros gratamente oscurecidos por el sol y hasta me quitaba un zapato para ver si lo que me molestaba era la arena de aquel viaje feliz.
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