Dibujos de Janus Kapusta

“Noi veggiam, come quei c’ha mala luce,

le cose” disse “che ne son lontano;

cotanto ancor ne splende il sommo duce.

Quando s’appressano o son, tutto é vano

nostro intelletto; e s’altri non ci apporta,

nulla sapem di vostro stato umano.

Pero comprender puoi che tutta morta

fia nostra conoscenza da quel punto

che del futuro fia chiusa la porta”.

Farinata degli Uberti al Dante,

La Divina Commedia, Inferno, canto X.

y por todos los siglos de los siglos

cierra el paso al futuro un par de ojos

Octavio Paz, Piedra de Sol

El progreso traza los caminos rectos.

Pero las sendas tortuosas, sin progreso, son

los caminos del genio.

William Blakc, Proverbios del Infierno

Este texto de Adolfo Gilly, cuyo libro anterior es Arriba los de abajo (Océano, 1986), es el prólogo a nuestra caída en la modernidad, editado por Joan Boldó i Climent. México. 1988

La primera modernidad llegó a México como catástrofe: como en la frase apocalíptica de Marx, cuanto era sólido fue disuelto en aire, cuanto era sagrado fue profanado(*). El viejo mundo indígena fue arrasado. Fueron destruidas sus seguridades, sus relaciones interiores; sus intercambios con el cielo, la tierra, el agua y el fuego, su cultura y sus creencias, y menos de diez de cada ciento sobrevivían al comenzar el siglo siguiente al de la conquista.

La querella de la primera modernidad, la del Renacimiento italiano, la Reforma protestante y el descubrimiento del mundo, apenas comenzaba en Europa. A estas tierras de América llegó bajo formas feudales, pero en su corazón estaba ya el valor de cambio, la búsqueda del oro y los metales. El mundo capitalista en sus albores, envuelto todavía en ropajes políticos y culturales del feudalismo, el mundo del oro como mercancía universal y no como valor simbólico de la religión y del poder, destruyó a las antiguas civilizaciones y culturas, a la mexicana entre ellas.

Las nuevas relaciones de dominación de los conquistadores, ancladas en valores feudales y por lo tanto agrarios, reconstituyeron el tejido social, establecieron nuevos lazos de dependencia personal -hacia el señor, el encomendero, el hacendado, el sacerdote, el militar, el funcionario, el español, el criollo-, pero fueron penetradas por las antiguas relaciones. Si el modo de adorar a los nuevos dioses reproducía el modo ancestral de adorar a los antiguos (los dioses habían cambiado pero no los hombres que los llevan en sus miedos, sus esperanzas y sus deseos) también el modo de obedecer a los nuevos señores se impregnaba del modo de obedecer a los antiguos (los señores habían cambiado pero no la fuerza de trabajo de cuya obediencia aquéllos extraen su poder y sus riquezas).

Muy lentamente, la ética del comercio y del valor de cambio fue penetrando en los intersticios de la sólida ética de la tierra compartida tanto por los señores de la comunidad superior como por sus siervos de la comunidad inferior, ética cuyos valores eran la argamasa que unía en comunidad ilusoria -pero también real- a dominadores y dominados. La segunda modernidad, la de la revolución industrial y la extensión del nuevo mercado mundial, la de las mercancías de ultramar, la del iluminismo, entró con dificultad en la Nueva España. Antes vino en las ideas y en la administración que en el comercio -su portador natural-, en el trabajo y en las costumbres. Las reformas borbónicas fueron el rostro novohispano de esa modernidad que llegó desde arriba y desde afuera.

Si la Ilustración es la anunciadora intelectual de esta modernidad y consiste, como Kant lo postulaba hace doscientos años, en la superación de la minoridad de los seres humanos – “la minoridad es la incapacidad para servirse de propio entendimiento sin dirección ajena”- a través de la audacia de utilizar la propia razón sin tutelas extrañas, preciso es decir que esta audacia difícilmente podía generalizarse y tomar vuelo en una sociedad como la novohispana, con un tan cerrado e intrincado tejido de lazos de dependencia personal, de antiguas lealtades, fidelidades y solidaridades que se enfrentaban y se nutrían las unas a las otras.

Ese Antiguo Régimen y la frágil y advenediza modernidad de las ideas -que no de las costumbres- llegada de ultramar se confrontaban en antinomias paralelas: religión/razón; revelación/conocimiento; creencia/pensamiento; conversión/ estudio; iniciación/titulación; comunión/organización; pertenencia/propiedad; comunidad/individuo. El segundo término de cada antinomia buscaba destruir al primero. Pero, persistencia del mundo antiguo cuando las ideas que anuncian al moderno aún no están tejidas en el entramado de la vida social, el primer término volvía a permear desde abajo al segundo y a dar la coloratura general de las relaciones sociales.

Nótese la paradoja de las tres comunidades -superior, inferior e ilusoria que une a las otras dos- en cada tránsito a la modernidad. Los lazos de solidaridades antiguas que unen a la comunidad inferior se expresan bajo las formas ideales de los primeros términos de esas antinomias. Los lazos de dependencia y pertenencia común -comunidad ilusoria- que subordinan a la comunidad inferior con respecto a la superior se expresan, para ambas, también en esos términos. La modernidad, la Ilustración, es introducida desde las capas intelectuales y gobernantes de la comunidad superior y se expresa en los segundos términos de las antinomias.

Pero estos segundos términos, que en la mente de los intelectuales de la comunidad superior, la de los dominadores, aspiran a introducir una nueva dominación basada en la razón y no en la religión, en el pensamiento y no en las creencias, en la organización y no en la comunión y en el individuo y no en la comunidad agraria, son términos que van contra aquellos que aseguran la actual y antigua subordinación de la comunidad inferior, la de los dominados. ¿Cómo hacer para transformar esta subordinación en aquélla sin que la modernidad produzca una fractura por la cual se precipite la in-subordinación, la rebelión de los dominados, la revuelta de los de abajo? Esta paradoja, todavía sin respuesta, ha entreabierto siempre los portones por donde han irrumpido las revoluciones mexicanas.

El elemento de ruptura es aquel que transforma las revueltas, fenómenos internos del Antiguo Régimen, en revoluciones, fenómenos propios de la modernidad que destruye y supera al Antiguo Régimen. Ese elemento proviene de la comunidad superior -o, al extremo, de esa zona intermedia donde se cruzan las capas superiores de los de abajo con las inferiores de los de arriba- y es la intelligentsia, los intelectuales, portadores de la razón contra la religión y de la organización contra la comunión, pero que en vez de poner estos términos modernos al servicio de una nueva dominación ilustrada, los llevan a los de abajo y los utilizan para abrir una vía hacia el futuro, hacia otra modernidad, a las seculares revueltas de oprimidos los de abajo. Entonces la razón, el pensamiento y la organización se convierten, de términos que son de una modernización abstracta y desde arriba -la Ilustración-, en términos de una revolución concreta y desde abajo. Aquí están diseñadas las dos vías clásicas y cierto punto antagónicas de la modernidad, la llamada revolución pasiva y revolución.

Paradoja adicional, las masas que sublevan en una sociedad de profundas raíces agrarias -y todas las que han hecho las revoluciones hasta ahora conocidas lo han sido- necesitan basarse para organizar su sublevación, en los razón de unión entre sí que conocen y minan, en las antiguas solidaridad esas que son destruídas por la paz cuando ésta viene desde arriba -Ilustración- pero a las cuales la razón se superpone, se agrega y las ilumina cuando, en lugar de concebirse como instrumento de una nueva dominación moderna e ilustrada, es concebida sus portadores como instrumento de liberación radical y revolucionaria. Esas masas, no obstante, al hacerla suya impregnan por fuerza a la razón de religión y a la organización de comunión como paso -largo, larguísimo paso de siglos- necesario para transitar de una a la otra por sus propios caminos, no son los de la Ilustración sino los de la Revolución.

A esa impregnación tienen finalmente que adaptarse sus intelectuales (cuyo pensamiento tampoco es ajeno a esos minos) para poder ser eso, la inteligencia, de esas revoluciones, y muchas veces quedan ellos mismos atrapados en la insoluble antinomia. La repetición de este fenómeno en casos tan dispares como los bolcheviques de la revolución y los jacobinos de la mexicana confirma su sistemática regularidad(*).

Sin embargo, es preciso agregar que en cada irrupción revolucionaria esas masas que buscan salir hacia el futuro desde el Antiguo Régimen que las oprime pero cuyas creencias y solidaridades comparten, cumplen por vías radicales, y utilizando incluso los lazos propios de los primeros términos de aquellas antinomias, su propio pasaje hacia los segundos términos: la apropiación de la razón, el pensamiento, el conocimiento, el estudio, la organización; la audacia y la capacidad de utilizar su propio entendimiento sin dirección ajena; la superación de la minoridad; el acceso a la mayoría de edad, a la individualidad y a la moderna condición humana. 

La encarnación ejemplar de estas paradojas son los padres fundadores de la patria mexicana, Miguel Hidalgo y José María Morelos, portadores de la “razón ardiente”, que en su singular comunión con las turbas insurrectas que los reconocieron como jefes abrieron desde abajo la larga, la larguísima transición aún inacabada de este México hacia la otra razón, la liberadora; la otra comunidad, la de las libres individualidades solidarias; y la otra modernidad, la nuestra, la de todos.

La independencia de las antiguas colonias españolas nació del múltiple impacto de la Ilustración, de las reformas borbónicas, de las revoluciones americana y francesa, del poderlo marítimo, industrial y comercial británico y de las fulgurantes guerras napoleónicas.

Matriz de todas las revoluciones mexicanas posteriores, la Revolución de Independencia fue una singular combinación de resistencia a la modernización desde arriba, de guerra campesina y de búsqueda por sus jefes ilustrados del cambio desde abajo, de otra modernidad que no fuera la de los poderosos y los extraños. Singular combinación, porque esos jefes que mezclaban sus creencias religiosas con sus ideas jacobinas sabían bien quienes eran las turbas que los empujaban y los seguían, entrando violentamente por las puertas de un pasado que conocían pero ya no deseaban, a un porvenir que no conocían pero ya deseaban. La Independencia tuvo la clásica fisonomía restauradora de las rebeliones campesinas. Pero no era la restauración de los ricos sino la de los pobres, sublevados en nombre de un mundo propio de tiempos, valores, relaciones y creencias que la modernización destruye, pero sublevados también, a través de la fractura que esa destrucción produce, contra la antigua injusticia y los inmemoriales agravios.

Cada modernidad, en nombre de la igualdad abstracta del mundo de las mercancías, desgarra y deshace tres antiguas solidaridades: la de los dominadores entre sí, la de los dominados entre sí y la ambigua y contradictoria pero real solidaridad nacional, regional, étnica o grupal entre dominadores y dominados, que impide o posterga el estallido del antagonismo entre las otras dos. Las tres hacen el tejido del mundo de Antiguo Régimen, el mundo de las relaciones de dependencia personal a las cuales socava, erosiona, desgarra y finalmente destruye el progreso del intercambio mercantil: el dinero, el comercio, el lujo, el valor de cambio y los valores espirituales de la modernidad y de la individualidad. 

Aquellas solidaridades y lealtades, aceptadas por todos como el orden natural de las cosas, engendran, conservan y ocultan la presencia de la antigua injusticia. Cuando esas avanzadas de la modernidad las van socavando y adelgazando, van dejando también a la vista de todos que ese orden natural y sagrado es tan sólo un orden social y profano, y van haciendo visible la injusticia -es decir, que lo que por generaciones parecía ser divino orden de las cosas era solo humano desorden de la sociedad, perversión, negación del antiguo sentimiento de igualdad y de justicia- ante los ojos de quienes la sufrían sin reconocerla finalmente como tal. Cuando esta visión se convierte en convicción, la rebelión está madura. Paradójicamente, la ha engendrado la modernidad al socavar el viejo orden, el Antiguo Régimen y sus tres solidaridades, pero se lanza contra ella, contra los modernizadores y también contra los antiguos dominadores, en nombre de la más antigua de las tres, la solidaridad de los pobres y los desposeídos, la de los de abajo, liberada ésta del equilibrio con las otras dos y desatada entonces contra ellas con una violencia contenida y suprimida a través de generaciones.

Esta es la lógica de la revolución zapatista, hasta hoy la más auténtica, la más profunda y la más raigal de las revoluciones americanas.

Es que la gran querella de la modernidad -la tercera modernidad, la del capitalismo posterior a la Comuna de París, la de la Belle Epoque, el progreso, la ciencia, el positivismo y el imperialismo- estalla en México con la Gran Modernización, el porfiriato. Contra lo que nos dice la verdad recibida, el maderismo no es la negación sino la culminación de la modernidad porfiriana. Es el intento de arrancarla a sus antinomias y sus paradojas y hacerla vivir y prolongarse a través de la democracia representativa de los ciudadanos, superando el límite natural de la vejez del gran modernizador surgido de la entraña misma del Antiguo Régimen y atado entonces a sus costumbres políticas y a sus solidaridades y lealtades: el general Porfirio Díaz. La modernidad del México dirigente del porfirismo tardío era incapaz de superar ese límite político, la reelección del Gran Viejo. Aunque éste mismo ya veía la contradicción hacia 1908, no podía resolverla sin negar el tejido de antiguas lealtades al cual pertenecía y que le había permitido conducir a México a esta modernidad que ahora, en la figura empresaria y norteña de Madero, se proponía romper ese tejido. Tragedia clásica, la estirpe de don Porfirio se alzó contra la obra de don Porfirio.

El modernizador político del México porfiriano y de su Estado, Francisco I. Madero, no sólo convocó a los suyos para la tarea, como habría hecho Bernardo Reyes si don Porfirio hubiera tenido la clarividencia de permitírselo (pero Porfirio Díaz, como Farinata degli Uberti y los condenados del Infierno del Dante, es capaz de ver el pasado y de divisar confusamente el provenir, pero ha perdido la humana cualidad de percibir el presente: no lo que fue o lo que será, es decir lo que no existe, sino lo que es, es decir lo que existe). Madero convocó también a los otros, al Otro, a la antigua furia y la rabia antigua de los de abajo. Hijo del Progreso, don Pancho no podía ver a su vez lo que percibió de inmediato la aguda vista de Antiguo Régimen del anciano caudillo:

El pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra de Intervención, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para impulsar la industria y el comercio de la República, ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo, es causa de su insurrección,

dice Porfirio Díaz en esa pieza maestra y final de su arte político que es su renuncia a la presidencia de la República. 

Madero es la reforma democrática, la modernización política y la culminación del Estado mexicano proyectado en la Constitución liberal de 1857 y desarrollado durante el largo período porfiriano. Por eso hereda de buena fe y de buena gana el Ejército Federal: no se lo impone Díaz por fuerza o por engaño; él, Madero, lo quiere porque es su ejército, el del Estado que él aspira a reformar, no a destruir; el que finalmente destruirá su reforma políticas, su gobierno y su vida.

Otras son las “bandas milenarias armadas” que don Porfirio percibe y don Pancho, al principio, no: son sobre todo los zapatistas, la revolución de los pueblos y las comunidades agrarias del sur contra las modernas haciendas, los hacendados y su Estado, la otra revolución. No por provocación política o por malentendido, como sugiere una escuela de historiadores, sino por necesidad intrínseca de sus respectivas naturalezas, el Ejército Federal de los presidentes Porfirio Díaz, Francisco León de la Barra, Francisco I. Madero y Victoriano Huerta, ese uno y mismo ejército que es el guardián del mandato y del poder de los cuatro frente a la insurrección de las “bandas milenarias armadas”, tenía que entrar en guerra de mutuo aniquilamiento con el Ejercito Libertador del Sur.

Entre ambos ejércitos, entre ambos poderes en armas, no había pacto ni armisticio posibles. Cada uno llevaba en esas armas un principio de soberanía antagónico al otro sobre el mismo territorio: la soberanía de los terratenientes, los propietarios y los ciudadanos; y la soberanía de los pueblos, las comunidades agrarias y los campesinos comunitarios. Mejor que nadie resumió el conflicto Otilio Montaño cuando inauguró la revolución del sur con el grito de “Abajo haciendas y arriba pueblos”. Por eso mismo, porque encarnaba un sujeto de la soberanía, los pueblos, diferente al sujeto de la soberanía liberal republicana, el ciudadano individual, el lema zapatista no era Tierra y Libertad, sino Reforma, Libertad, Justicia y Ley.

El lema no era una demanda campesina, sino un programa de los campesinos y sus intelectuales para un Estado alternativo.

Emiliano y sus gentes no buscaban el regreso a un pasado mítico ni a una edad de oro perdida en la lenta lejanía de los tiempos agrarios. En la resistencia y la sublevación contra la modernidad porfiriana y maderista que los arrasaba desde arriba, buscaban otro porvenir, una utopía reformadora, libertaria, justiciera y legalitaria, la modernidad desde abajo y para todos, como lo dejaron escrito con letras muy claras en su plan, en sus documentos, en sus leyes y en sus hechos.

De manera diferente el enfrentamiento se repitió, esta vez sin armas (o casi) pero no sin masas, dentro del Estado posrevolucionario, cuando la carrera modernizadora de la dinastía sonorense fue interrumpida por el ascenso de los reformadores michoacanos, Cárdenas y Múgica, también ellos portadores de una modernidad alternativa y diferente que algunos de sus adversarios confunden con una vuelta al pasado, otros con un ingreso al desorden y otros más con el desorden, el pasado y el milenio. El pueblo cardenista se alzó contra la modernidad de los capitalistas y generales del norte y en nombre de la suya propia restableció el ejido y el derecho primordial de la Corona -ahora de la Nación, su heredera- sobre las tierras y el subsuelo. La educación socialista fue su ideología más avanzada, los maestros cardenistas fueron sus letrados, sus organizadores y sus intelectuales orgánicos.

Otra vez, en los tiempos del presidente Cárdenas nadie quiere volver al pasado. Los que se enfrentan son dos modos de cambiar el país. Y los de abajo, sobre todo en país campesino, no pueden organizarse para imponer el suyo sin recurrir a sus antiguas solidaridades, esas que la modernidad capitalista promovida por los jefes del norte “disuelve en aire”. Paradoja de siempre, los de abajo no pueden construir su futuro sin considerarlo desde su pasado, ese que va a ser destruido y arrasado. Para resistir a la disolución de cuanto es sólido en sus vidas y a la profanación de cuanto para ellos es sagrado, esos seres humanos no tienen otro recurso que acudir a los lazos y leyes que conocen, a sus viejas solidaridades y lealtades. Es la misma paradoja del zapatismo con que se abre la obra clásica de John Womack.

Cada modernización desde arriba -eso fue en México el alemanismo y eso es el proyecto de los actuales gobernantes- aparece como una extensión de las relaciones mercantiles y una destrucción aún mayor del tejido de esas solidaridades. La paradoja del cambio desde abajo es que se presenta siempre, al principio, como resistencia al cambio. Cuando esta resistencia permite acumular, reagrupar y articular las fuerzas, entonces la modernización alternativa puede presentarse en positivo.

Entonces puede empezar a verse que la resistencia no es una mera defensa del pasado, sino otro modo de cambiar conservando y transformando las solidaridades que el cambio va a disolver en otras nuevas fundadas, precisamente, en la participación activa de todos en el cambio (del mismo modo como la modernización desde arriba quiere transformar pasivamente en un nuevo modo de dominación el antiguo modo que ella debe superar). Aquélla es la trasmutación que operan las revoluciones y las grandes mareas del fondo de los pueblos, no sin el dolor y el sufrimiento de perder mucho para ganar otro tanto en el camino.

La restructuración capitalista iniciada en los años 80 ha puesto otra vez a México ante una de esas fronteras siempre fugitivas de la modernidad. Impuesta desde arriba y autoritariamente, la modernización se presenta como una destrucción y una caída para los más, como una edad de oro de progreso y poder para los menos. A esta sociedad desde siempre dual y desgarrada, se la quiere una vez más dividir en dos sociedades, la de los incluidos y la de los excluidos, la de los protegidos y la de los desprotegidos, la de los establecidos y la de los nomás acampados, según la moderna sociedad dual que la actual restructuración mundial del capitalismo quiere imponer en todos los países para, también ella, entrar al futuro volviendo al pasado anterior al Estado social y a las grandes conquistas de los trabajadores desde la cuarta década del siglo en la legislación social, en el sistema educativo estatal, en la organización sindical, en el control de los procesos de trabajo y en la vida política nacional.

Estamos una vez más ante las tres respuestas posibles: asumir y sufrir la modernización desde arriba en aras del progreso, sumándonos de uno u otro modo a su proyecto; criticarla en defensa del pasado que se disuelve y de lo sagrado que es profanado; o resistirla en nombre de otra modernidad alternativa y solidaria, imaginada y posible.

Quienes optan por la primera, reviven los mitos porfirianos y maderistas del progreso y del interés común en la economía, en la sociedad, en la educación. Suelen ponerles hoy el nombre de excelencia.

Quienes proponen la segunda reviven los proyectos del corporativismo obregonista y, sobre todo, cardenista y lombardista. Suelen hablar en nombre de lo nacional y popular.

Como lo ha sido siempre, la tercera respuesta es el terreno de la invención y de la creación, la que quisieron dar en la revolución los zapatistas y en los años 30 los trabajadores, maestros e intelectuales que se organizaron para cambiar a México durante el período de las grandes reformas cardenistas. Solían hablar entonces en nombre del socialismo. 

Un vasto movimiento democrático de los trabajadores y de los pobres está buscando en México constituirse, unirse, romper las ataduras corporativas que los someten al Estado y abrirse paso a través de este cauce, desde las universidades a los ejidos, desde las empresas a las colonias populares. No quiere regresar al pasado cardenista, por dorado que éste parezca en sus memorias, del mismo modo como los zapatistas no querían regresar a una mítica edad de oro campesina, ni miraba hacia atrás el turbión popular que siguió a Hidalgo aunque llevara a su frente la imagen de la Virgen. Todos ellos sabían bien lo que querían, como lo saben los de estos días: mirar hacia el futuro desde la legitimidad y la seguridad de sus hazañas pasadas, desde el tejido profundo de sus solidaridades y sus afectos, desde el terreno firme y seguro de sus propias historias ancestrales. Una rabia y una esperanza antiguas los conducen hacia el porvenir y ellos saben que será distinto y que habrá que construirlo, arrancándolo con las propias manos a lo desconocido.

Para que lo imaginado se cambie en realidad, tendremos que apropiarnos de la nueva cultura de la resistencia y la organización que en México está creciendo, para constituir nuevas relaciones de fuerzas sociales de las cuales dependerán la forma y el destino de la modernización: la de ellos, los menos, o la de nosotros, los más. Esta cultura tendrá que desplazarse desde el viejo reflejo de exigir al Estado una protección que ya no está en disposición ni en posibilidad de dar a cambio de una subordinación que la gente ya no quiere sufrir, hacia la perspectiva de organizarse fuera de ese Estado, en la sociedad, en el estudio y en el trabajo, para recomponer las filas nuestras y proponer una modernidad alternativa y solidaria: otra modernidad.

 * La cita de Marx viene en Marshall Berman, All That Is Solid Melts Into Air, Verso Books, Londres, 1983.

 * El mismo fenómeno es también visible en la lución de tantísimas organizaciones y partidos de la izquierda militante, donde la dirección se vierte en los hechos en jefatura, el programa creencia, el pensamiento crítico en dogma y en fe, la política en lealtades personales y la organización en comunión de los creyentes unidos por fidelidades que no son las de las ideas sino las de los grupos o personas. Al término de esta evolución está, en el mejor de los casos, la conversión del partido en secta (grande o pequeña) unida por lazos propios de las órdenes militantes; y, en el peor, en secta unida por lealtades mafiosas (siendo las sectas, las órdenes y la mafia formas de organización que tienen sus orígenes y sus raíces en las sociedades de Antiguo Régimen).