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El amor… se encamina directo al corazón, desde donde ataca a la razón y a todas las nobles facultades, a las cuales vence y esclaviza. A partir de entonces el hombre está perdido: sus sentidos extraviados, su raciocinio obnubilado, su imaginación depravada, su discurso incoherente, el pobre amante nada puede representarse si no es la imagen de su ídolo”. Son palabras del médico del rey Enrique IV de Francia, André du Laurens, escritas a fines del siglo XVI o inicios del XVII (Francisco González Crussí. La enfermedad del amor, Debate, 2016).

Ilustración: Alberto Caudillo

Se trataba de una indagación sobre los efectos del amor desmedido. Aquél que convertido en obsesión todo lo arrasa empezando por la razón del enamorado. Pero quizá por deformación profesional mientras lo leía pensé en la devoción de no pocos a algunos líderes políticos. Una especie de seducción, voluntaria o involuntaria, que los líderes ejercen sobre sus legiones de seguidores.

En ocasiones ni siquiera importan sus proclamas inexactas, sus políticas destructoras, sus contradicciones y mentiras, sus tonterías y disparates, la fascinación se mantiene incólume. Ya se sabe que en la política no todo es razón y que la emoción juega un papel destacado. Y que explotar los sentimientos arraigados en la sociedad puede dar dividendos portentosos. Esas emociones que vibran y hacen vibrar a las personas —más cuando se encuentran reunidas en grandes cantidades— pueden y son explotadas para crear un sentimiento de identidad entre los gobernados y el gobernante. Un lazo que como en el amor erótico puede cegar a los devotos que encuentran en su fervor un conducto para dar paso a sus ganas de revancha o autoafirmación.

Trump, Bolsonaro, Orbán, Duterte, o algún otro, ejercen, como en aquella película, una atracción fatal, que convierte a sus seguidores en amantes apasionados refractarios a las evidencias y creyentes febriles de los dictados y ocurrencias de sus líderes.

Nos dice González Crussí que, en la antigüedad clásica, los médicos observaron diferentes síntomas preocupantes producidos por el amor extremo: la persona se vuelve (en estos casos los hombres): “dependiente de los caprichos de su querida, se vuelve humilde, vacilante e irresoluto hasta llegar a la cobardía. No hay bajeza, incluso la más abyecta, a la que no se someta con tal de darle gusto a su amada. Por eso algunas mujeres se han levantado hasta increíbles alturas de poder”.

Los síntomas develan varias de las características del seguidor (adorador) acrítico. Dependencia, por supuesto, porque su voluntad está encadenada a la voluntad de otro. Pero no sólo a una voluntad genérica, sino incluso a los “caprichos”: aquellas directrices difíciles de justificar de manera racional, pero que son asumidas como si fueran un dictado superior, un mandato cuasidivino. El incondicional se vuelve humilde ante el líder, sumiso y obediente. No es capaz siquiera de imaginar ya no digamos una relación entre iguales, sino de poner en cuestión los dichos y hechos de su gurú. Ser parte de la grey de admiradores lo colma de un sentido de pertenencia y asumirse como uno más de los embelesados le inyecta sumisión y confianza. La sumisión lo vuelve dócil y la confianza le proporciona tranquilidad y orgullo. Pocos son “vacilantes e irresolutos” ante los que se encuentran fuera del cerco de sus compañeros, pero a diferencia de los enajenados por el amor, se nutre de la fuerza que le trasmiten los muchos que lo acompañan en su sentir. Son los “muchos”, las “legiones” los que alimentan su servidumbre, embeleso y vigor. Y en esa situación emocional está decidido a cumplirle al objeto de su adoración no importa el precio que tenga que pagar. Su autoestima ya no depende de lo que él haga, represente o piense, sino de su adhesión incondicional al líder. Por eso algunos líderes “se han levantado hasta increíbles alturas de poder”. Porque sus apasionados incondicionales los han convertido en figuras reverenciadas, impolutas, sabias, todopoderosas.

La vida, lo sabe cualquiera, no es sencilla. Y contar con un bálsamo contra la ansiedad y los temores que provoca no es poca cosa. Cada quien lo busca a su manera. Y depositar una confianza y fascinación absolutas en un dirigente político puede ser un sedante eficiente contra las turbulencias y miserias de la existencia. No es un tronco al cual asirse a la mitad del mar (demasiado frágil), sino una robusta certeza en medio de la nebulosa que es la vida en sociedad.

Hay pasión en la conducta. Un sentimiento embriagador. El vasallaje no se vive con malestar. Por el contrario, da la impresión de que los “amantes” compiten por el beneplácito del líder desde una posición que asumen como necesariamente inferior. Son subordinados por convicción, alimentados por un ardor que los colma y satisface. Y así como resulta casi imposible escapar del frenesí amoroso, no es fácil aplacar el amor al líder.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

3 comentarios en “El amor al líder

  1. El fanático es un ser enajenado, lo interesante en el caso de quienes se someten ciegamente a un lider resultan ser en no povos casos personas con escoleridad. El ejemplo a no dudar fue el voto masivo de los acadèmicos a favor de Obrador y de no pocos jóvenes. El “marxismo” académico es un tóxico que lleva décadas virtiéndose en los oídos de los educandos.

    • La universidad es la nana, la figura materna protectora. Casi toda la clase “pensante ” andaba huérfana de padre.
      Y vino el bondadoso energúmeno a llenar esa orfandad.

  2. La universidad es la nana, la figura materna protectora. Casi toda la clase “pensante ” andaba huérfana de padre.
    Y vino el bondadoso energúmeno a llenar esa orfandad.