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“Nuestra nación ha sido tomada por anarquistas profesionales, multitudes violentas, incendiarios, saqueadores, criminales, alborotadores…”.
—Donald Trump

Las protestas contra el racismo en Estados Unidos irrumpieron en mayo como una explosión que anuló todo en su entorno. La pandemia que llevaba meses ocupando los espacios periodísticos pasó a un segundo plano y los espacios noticiosos se trasladaron de los hospitales y las mascarillas a las consignas y los carteles. Periódicos, televisoras y reporteros independientes cubrían día y noche las escenas de multitudes interminables en cientos de ciudades. Mineápolis, Los Ángeles, Nueva York, Seattle, San Francisco: todas sumergidas en el fervor e indignación detonados por el asesinato de George Floyd, asfixiado por un policía, quien usó su rodilla para presionar el cuello de Floyd contra el asfalto. No se habló de otra cosa durante semanas enteras. Había mesas de análisis, columnas de opinión y una producción masiva de notas periodísticas en todo el país. Y, de pronto, el silencio.

Los medios se cansaron en cuestión de días. Las miradas voltearon a las convenciones partidistas, las campañas electorales y los debates. Las protestas corrieron la suerte de una serie pasada de moda. Tan repentinamente como llegaron a los titulares fueron trasladadas a las páginas interiores. En la industria de lo espectacular y lo novedoso, de lo mediático y efímero, nada le gana al sistema. No importa si es una pandemia que ha cobrado la vida de 200 000 ciudadanos o el racismo sistemático y la violencia policiaca. Cuando las audiencias se aburren y los medios se distraen, hasta las causas más justas son amordazadas por el decreto de intrascendencia dictado desde las juntas editoriales y el poder de las tendencias en manos de usuarios que buscan entretenimiento. No ha pasado ni un día sin protestas desde la muerte de Floyd; sin embargo, ya son sólo un tema más en la apretada agenda noticiosa que sigue su propio curso. Las pocas expresiones del movimiento que permanecen visibles son aquéllas lanzadas desde los reflectores en los deportes, la música y el cine. Lo único que parece trascender son los disturbios, los vidrios rotos y los coches vandalizados —también es lo único que le importa al poder.

Ilustración: Víctor Solís

Llegué a Washington D. C. a mediados de agosto de 2019 para cursar una maestría en leyes de la seguridad nacional. Justo terminaba mis estudios cuando las protestas estallaron. A pesar de llevar un año en el país, me sumergí en ellas sabiendo que había una herida profunda que yo como extranjera apenas era capaz de comprender. Me esforzaba en construir equivalencias mentales que me ayudaran a entender los reclamos desde una realidad familiar. El racismo en México es brutal, pero hay códigos y marcas históricas que no son trasladables.

A diferencia de otras marchas donde los propósitos de la lucha son claros y objetivos —por ejemplo, aquéllas contra corrupción o el cambio climático—, estas protestas se mostraban ante mí como una amalgama de subjetividades. Cada persona parecía marchar desde su propia historia, sus propias angustias y su propio dolor. Ni siquiera me quedaba claro si las personas se sumaban al movimiento o si el movimiento daba cauce a quienes desde hacía mucho tiempo querían gritar y mandarlo todo al carajo y por fin encontraban un foro del tamaño de su coraje. En sus rostros se percibía el cansancio ante el racismo cotidiano, la exclusión en las escuelas, en la vivienda y en el trabajo, la violencia y los prejuicios.

Las estadísticas que aparecían en los espacios informativos eran desgarradoras. Los afroamericanos en Estados Unidos corren el doble de riesgo de recibir un disparo de la policía, sin embargo, la probabilidad de que porten un arma es la mitad que la de los blancos. Aunque los afroamericanos y los blancos consumen y venden drogas en proporciones similares, los afroamericanos tienen el doble de probabilidad de ser encarcelados por delitos relacionados. Los niños afroamericanos son sólo el 8 % de los estudiantes, pero representan el 23 % de los expulsados de las escuelas, a pesar de que sus faltas de conducta son similares a las de los blancos. Los niños negros son, además, tres veces más propensos a ser víctimas de acoso escolar. Los afroamericanos ganan peores salarios, tienen peores viviendas, peor acceso a servicios de salud y mueren más por covid.

Las protestas lo decían todo. Era posible ver la frustración en el rostro de las madres pidiendo un país seguro para sus hijos, de los jóvenes exigiendo que se les dejara de estigmatizar y de familias con pancartas con el nombre de George Floyd, Breonna Taylor, Eric Garner, Atatiana Jefferson y los más de 1200 afroamericanos asesinados a manos de fuerzas de seguridad en los últimos cinco años. Las exigencias eran genuinas; sin embargo, el presidente Trump sólo hablaba de los disturbios.

“Incendiarios, saqueadores, criminales, alborotadores…”. Sí, es cierto, los había. Las imágenes de edificios en llamas habían causado conmoción. De pronto parecía como si ese fuera el único problema. El presidente Trump reducía un llamado de hartazgo generalizado, cargado por una historia de esclavitud y segregación insuperada, a “un grupo de rebeldes criminales”.

La caricaturización del individuo en turba no es reciente. En 1895, el pensador y psicólogo social Gustave Le Bon publicó su famosa obra La psicología de las masas. En ella aludía a los miles de ciudadanos franceses que habían sido expulsados del campo y obligados a migrar a las ciudades por la industrialización. Personas que habían sido arrancadas de sus jerarquías y, según relataba Le Bon, se comportaban como seres inferiores, integrados a una multitud:

Por el mero hecho de formar parte de una multitud organizada, un hombre desciende varios rangos en la escala de la civilización. De manera aislada, puede ser un individuo cultivado; en una masa, es un bárbaro, esto es, una criatura que actúa por instinto. Posee la espontaneidad, la violencia, y también el entusiasmo y el heroísmo de los seres primitivos, a quienes además tiende a parecerse […]1

Antes de Le Bon, en el año 600 a. C., Solón decía que “un ateniense por sí solo es un ser astuto, pero un grupo de atenienses es un rebaño de ovejas”.

Siempre es cómodo para los poderosos decir que el individuo en grupo no puede ser tomado en serio. Implica menos esfuerzo que darse a la tarea de entender los reclamos de fondo. Reducir las protestas a una turba demente es un atajo que esconde un profundo desprecio por el poder de quienes sólo en masa pueden hacerse escuchar.

Pero las protestas en Estados Unidos revelaban una realidad muy distinta a la que Trump quería dibujar. El escenario que yo veía estaba construido por miles de ciudadanos dolidos que resistían impasiblemente a los llamados a la violencia. Decenas de veces vi a la masa actuar de manera más autocontenida que el individuo. Cuando surgían impulsos, la violencia era atajada al instante. La turba se alejaba del violento, lo señalaba, y lo expulsaba a coro. Marchábamos largas jornadas viendo caer la noche frente al monumento a Lincoln, la Casa Blanca o el Capitolio, donde las consignas se repetían como mantras hasta la madrugada. Los individuos no estaban perdidos. La masa no era un ente abstracto con mente hipnotizada, sino la suma consciente de miles  justificadamente hartos y decididos a poner un alto.

Un reporte posterior de la organización The Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED) encontró que el 93 % de las manifestaciones contra el racismo en esa temporada fue completamente pacífico. Sin embargo, acostumbrado al espectáculo, el presidente sabía a dónde llevar la atención. Sabía que los medios se cansarían de la protesta, pero nunca se cansarían del arranque violento. Generar odio contra quien pide justicia para un hijo es impensable; hacerlo contra quien quema autos es sencillo. “Saqueadores, criminales, alborotadores”, repetía una y otra vez generando miedo, aprovechando los reflectores de una prensa ávida de audiencias. El temor infundido surtió efecto.

En las encuestas de junio, casi la mitad de los ciudadanos estadunidenses respondió que la mayoría de los manifestantes incitaba a la violencia o a la destrucción de propiedad, aunque esto fuera una evidente mentira. Grupos de supremacistas blancos empezaron a salir armados a las calles para enfrentar tanto a quienes marchaban pacíficamente como a quienes provocaban disturbios. Los choques entre grupos empezaron a volverse la nueva cotidianeidad. En medio de una noche dominada por milicias y autodefensas en Kenosha, Wisconsin, el joven de 17 años Kyle Rittenhouse se dirigió con un arma larga al lugar donde se encontraban los manifestantes, disparó contra tres y asesinó a dos de ellos.

En julio de 2020 se vendieron 1.2 millones de armas en Estados Unidos —un aumento de 152 % respecto al mismo mes de 2019. En las veinte principales ciudades del país, la tasa de homicidios fue en promedio 37 % superior a la del año anterior. En Chicago, los homicidios crecieron 52 %; en Mineápolis, 85 % y en Nueva York, los tiroteos aumentaron 166 % en agosto.

En tan sólo unos meses, Trump lo consiguió: trasladó el debate del dolor de las protestas al espectáculo de la violencia. Ante la disyuntiva de escuchar o silenciar, optó por la segunda. Logró maquillar con armas, muertes y miedos el escenario en el que quería jugar su contienda.

Pero la herida abierta sigue ahí, tan dolorosa como siempre. Sigue el coraje detrás del racismo, el vacío por los hijos fallecidos a manos de policías y la frustración ante la soberbia del poder.  También siguen ahí las miles de personas que salieron durante meses a manifestarse a las calles. Que hayan bajado el ritmo no implica que se hayan ido. No dudemos: siguen dispuestos a hacerse escuchar. Algún día lo harán tan fuerte que no habrá espectáculo que logre opacar su grito.

 

Fernanda Caso
Maestra en Leyes de Seguridad Nacional por la Universidad de Georgetown.


1 Le Bon, G. The Crowd, Transactions Publishers, New Brunswick y Londres, 1995, con una nueva introducción por Robert A Nye, p. 53. Publicado originalmente en francés en 1895 como La Psychologie des Foules.

 

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