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Estados Unidos está roto. Quizá desde la Guerra Civil, y desde que hay datos de encuestas, el país no había estado tan dividido entre facciones. Parece tratarse de dos países distintos, irreconciliables entre sí. ¿Qué cambios han ocurrido para que la cultura, el deporte y hasta los pasatiempos estén intrínsecamente relacionados con la política? ¿Qué sucedió para que el restaurante que alguien frecuenta, el canal que mira o el coche que conduce predigan sus convicciones políticas? ¿Qué fuerzas están detrás de un país tan polarizado?

A principios de este año, el periodista y cofundador de Vox Ezra Klein publicó uno de los esfuerzos más completos por entender este problema: Por qué estamos polarizados.1 En él, intenta explicar cómo Estados Unidos acabó con Donald Trump en la presidencia y demográfica, racial y culturalmente fragmentado. Klein señala la confusión que suele igualar la polarización con el extremismo ideológico. Es natural pensar que cuando una sociedad se polariza, las ideologías son más radicales. Pero la polarización es sólo una forma de clasificar las preferencias en dos bandos definidos: cuando deja de haber grupos en medio de ambos, surge entonces la polarización.

Ilustración: Víctor Solís

Hoy Estados Unidos vive una época ideológicamente menos extrema que hace cien, incluso cincuenta años: culminó la segregación racial formal, se han reconocido los derechos de las minorías y ha cambiado la concepción de las mujeres en la vida privada y pública. Sin embargo, los estadunidenses están más polarizados que en cualquier momento del siglo XX. No hay un único detonante. Las causas son múltiples, pero la raza juega un papel definitorio para entender la realidad.

Barack Obama, convencido de que las diferencias entre demócratas y republicanos eran amplificadas por los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales, pretendió ser un presidente de consensos. Sin embargo, el simple acontecimiento histórico de su presidencia racializó a los dos partidos. Un hombre negro en la Casa Blanca resultaba simplemente intolerable y ofensivo para muchos. Entre ellos estaba el presidente actual. Donald Trump se lanzó a la política electoral acusando a Obama de no haber nacido en Estados Unidos —al término de su presidencia, sólo uno de cuatro republicanos creía que Obama había nacido en el país.2 Después vinieron las denuncias de brutalidad policial en las comunidades negras y la oposición republicana tanto a una reforma migratoria como al matrimonio entre personas homosexuales.

El Partido Demócrata respondió amplificando su coalición: incluyó a más afroamericanos, hispanos, asiáticos, musulmanes, ateos y miembros de la comunidad LGBTQ. Recordemos que 2012 fue la primera elección donde un candidato presidencial demócrata respaldó el matrimonio igualitario. Por su parte, los republicanos, revolcados por el trumpismo, profundizaron la suya: blanca, evangélica y compuesta en parte por la clase media-baja afectada por la desindustrialización. Los bandos se ven y son cada día más disímiles. La polarización continúa alimentándose a sí misma.

Pero esta polarización, advierte Klein, no sólo juega en favor de un partido o candidato; la regla suele ser la contraria: se detona en contra de algo o alguien. En 2016, un triunfo de Hillary Clinton asustaba mucho al 94 % de los votantes de Donald Trump.3 Nueve de cada diez republicanos tenía una opinión negativa sobre Obama; esa misma proporción consideraba que el país iba en la dirección incorrecta.4 Trump entendió —o intuyó— que una parte considerable del país se sentía amenazada por la clase liberal, cosmopolita y tecnócrata gobernante que, efectivamente, había olvidado en muchos sentidos a esos sectores del país. Bastaba con presentarse como el defensor más auténtico y aguerrido. Los votantes republicanos no buscaban políticas públicas concretas ni un programa de gobierno específico: querían una personalidad y un temperamento frente a los cambios del país. Eso es Trump: una energía,5 una fuerza, una vehemencia que no cree en nada pero que está en contra de mucho.

Ese impulso, junto con la cada vez más veloz diversificación demográfica de Estados Unidos, ha exaltado las identidades, individuales y grupales. Así, la polarización política invade cada ámbito de la vida, desde el público hasta el privado, porque las identidades están en todas partes. Para Klein, a diferencia de otros autores liberales como Francis Fukuyama o Mark Lila, toda política es identitaria. No es difícil coincidir: hacemos política desde nuestra historia, nuestras experiencias, emociones y sensibilidades. Por ello, el periodista busca reivindicar el concepto a fin de que sea más una herramienta que una descalificación.

Klein destaca que el ambiente polarizado ha fortalecido las identidades políticas, a la vez que ha activado a las que aparentemente no lo son. Lo anterior convierte a la política en una “metaidentidad” que aglutina a todas las demás. Por eso manejar una determinada marca de coche, ponerse ciertos tenis para correr o preferir comida exótica puede ser un atajo para reflejar la identidad política. Tener cierta actitud ante el riesgo, el cambio y la diversidad nos predispone políticamente. Genes, psicología y política están más relacionados de lo que pensamos.

La transformación estadunidense no es sólo demográfica: es social y cultural. Debajo de la superficie, lo que atiza la flama de la polarización es la batalla por el significado de Estados Unidos. ¿Qué es? ¿A quiénes les pertenece? La disputa política y cultural está en las calles y en los comercios; se respira en todas partes. En la capital del país, las librerías tienen en sus principales mesas y estantes libros sobre estudios afroamericanos y literatura de género. No pocos restaurantes y tiendas despliegan cartulinas en sus exteriores con la consigna del momento: “Black Lives Matter”. A unas cuadras de donde duerme Donald Trump se anuncia: “Si toleras el racismo, borra Uber”.

Washington D. C. es una ciudad predominantemente joven y progresista. Es comprensible que aquí las compañías pretendan posicionarse con las causas de los sectores demográficos crecientes: latinos, afroamericanos, asiáticos. Pero no dejo de sentirme en un país distinto cuando veo las imágenes de protestas contra el uso de mascarillas en Utah o de una pareja “defendiéndose” orgullosamente con armas frente a manifestantes en San Luis, Misuri.6

Efectivamente es un país roto en dos. Uno urbano, otro rural; uno cosmopolita y otro nacionalista; uno diverso y otro más bien homogéneo. Uno que enfatiza el racismo sistémico, y otro que demanda la aplicación de la ley y el orden a cualquier costo. Cuentan narrativas distintas sobre la historia del país, cada uno con sus héroes y sus villanos. La separación entre ellos es tan profunda que ha comenzado una discusión sobre la fecha de fundación de la nación. Mientras unos defienden el 4 de julio de 1776, fecha en que el país firmó su Acta de Independencia, el Proyecto 1619, ganador del premio Pulitzer el año pasado, ha propuesto el año en que arribó el primer barco de esclavos proveniente de África a Virginia como fecha fundacional.

El espacio para encontrar un piso común se ha minimizado. Hay sociedades pluralistas con diferencias profundas y con historias más sangrientas que han encontrado puntos de intersección y coincidencia. Pero ¿qué país puede existir donde la historia y los deportes, la raza y la comida, las universidades y las marcas de ropa son motivo de división? Desde lo más abstracto hasta lo más concreto, todo los separa. Todo los polariza.

Este año ha mostrado la profundidad de esa polarización. Desde que arribé a Washington para estudiar, Trump fue enjuiciado políticamente en el Congreso; durante una semana, una guerra contra Irán parecía inminente después del asesinato del general Soleimani; el covid-19 se expandió por todo el país provocando más de siete millones de contagios; el desempleo alcanzó su máximo histórico; las protestas contra la brutalidad policial y por la justicia racial fueron más concurridas que las de 1963; militares en activo y exsecretarios de la Defensa criticaron públicamente al presidente; la Cámara de Representantes votó por primera ocasión convertir a Washington D. C. en un estado más. Todo cambió, y a la vez todo permaneció igual.

Trump aún puede ganar. Su base se ha mantenido inmóvil, fiel a él, leal a su sentimiento de desprecio por la coalición demócrata que encabeza Joe Biden. La polarización exhibe y, simultáneamente, alimenta a dos bandos perfectamente definidos e inamovibles. Sin embargo, a diferencia de 2016, la animadversión por Trump —por llamarla de alguna forma— puede ser mayor a la provocada en su momento por Hillary Clinton, contribuyendo a una victoria de los demócratas.

El ganador tendrá retos monumentales frente a sí: desde la reconstrucción económica, pasando por el control de la pandemia y la reforma al sistema de justicia, hasta el desaceleramiento del cambio climático. Frente a su país, sin embargo, acaso la dificultad mayor resida en sanarlo y reconciliarlo; en reconstruir una historia de progreso donde quepan todos, que reconozca su pecado original y la humillación de las minorías a la vez que recuerda los avances morales y políticos que ha logrado. Tendrá que intentar unir a dos países que hoy no se escuchan, no dialogan y no pueden darse la mano. Dos países que hoy habitan el mismo espacio.

Lo que está en juego no es sólo la presidencia de Estados Unidos: es el alma y la esencia del país.

 

Juan Zavala
Abogado y maestro en Derecho por la Universidad de Georgetown.


1 Klein, Ezra. Why We’re Polarized, Avid Reader Press, Estados Unidos, 2020.

2 Clinton, Josh, y Roush, Carrie. “Poll: Persistent Partisan Divide Over ‘Birther Question’”, NBC News, 10 de agosto de 2016.

3 Stelter, B. Hoax: Donald Trump, Fox News, and the Dangerous Distortion of Truth, Atria-One Signal Publishers, Estados Unidos, 2020.

4 Page, S. “Poll: Fear, not excitement, driving Clinton and Trump supporters”, USA Today, 1 de septiembre de 2016.

5 Con esa palabra lo describe en su libro Michael Cohen, exabogado particular de Trump. Cohen, M. Disloyal: A Memoir: The True Story of the Former Personal Attorney to President Donald J. Trump, Skyhorse, Estados Unidos, 2020.

6 Lussenhop, J. “Mark and Patricia McCloskey: What really went on in St Louis that day?”, BBC News, 25 de agosto de 2020.

 

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