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Durante mi estancia en la escuela primaria Pedro María Anaya, ubicada en la colonia Portales, fui un niño obediente y dedicado de lleno a mis labores escolares, pero sólo hasta el quinto año de aquel “ciclo” escolar. Después, cursando el último grado, todo se vino abajo y comencé a desobedecer a mis profesores, a acaudillar a una porción de alumnos de mi salón en contra de las órdenes que me parecían ridículas, y a saltarme las clases para ir a jugar futbol al Parque de los Venados. Las consecuencias fueron desastrosas y pasé de ser el alumno más laureado de la escuela a convertirme en un pequeño truhan, arrogante, que dilapidó en unos cuantos meses cinco años de obediencia y condecoraciones. ¿Qué sucedió? No lo sé. Muchos años más tarde reconocí aquel ímpetu reflejado en películas como Cero en conducta, de Jean Vigo, o Los 400 golpes, de François Truffaut; en libros como Un niño, de Thomas Bernhard; en Fiera infancia, de Ricardo Garibay, y en tantos libros más. El cine y la literatura han sido pródigos al narrar la rebeldía juvenil o el martirio al que son sometidos los niños con tal de llevarlos por el buen camino y así arruinarles la imaginación.

Ilustración: Izak Peón

No quisiera que se miraran estas letras como una oda más a la infancia perdida, a la arcadia adolescente o a cualquier paraíso extraviado en nuestra memoria de seres adultos. Si hubo una constante en mi vida ésta fue la de no despreciar a los adultos o a los viejos sólo a causa de su edad. Los oteaba con una curiosidad maligna y siempre intenté hacerme amigo de quienes me resultaban más simpáticos o extraordinarios. No sé juzgar a nadie a partir de su edad, pese a que el concepto de juventud me disgustó desde que tuve capacidad de juicio. Tal vez, debido a ello, una de mis novelas favoritas es El viejo y el mar, obra de todos conocida, pues en ella acentué mi certeza de que la vejez y la infancia van de la mano para cerrar un círculo dentro del cual caben todas las edades posibles, sin que ninguna sea considerada preponderante sobre las otras: cada quien incendia su propia casa a su ritmo, se ahorca con su propia lengua y experimenta placeres y dolores que es incapaz de transmitir: así se aprende la soledad.

Si bien creo que los seres humanos son teorías bípedas, hoy en día pienso que, más bien, son escopetas cargadas de juicios. Por otra parte, no infieran que me estoy curando en salud o que me asumo como alguien incapaz de discutir o de hacer juicios. Creo que persuadir a alguien de que no haga tonterías que afecten de mala manera a los demás es una buena acción, así como considero que tener siempre en mente la idea de desobedecer cuando alguien nos ordena seguir una ruta, supone un camino de posible liberación. Supongamos que no conocemos El discurso de la servidumbre voluntaria escrito por un tal Étienne de La Boétie ni tampoco sabemos nada acerca del mito de Diógenes o del pensamiento de Henry David Thoreau y de E. M. Cioran (actitudes literarias, políticas y vivenciales a contracorriente que han llegado incluso a los tiempos actuales en voz de varios pensadores como Vivian Forrester o Frédéric Gros, por citar los primeros que me vienen a la mente); pero si la obediencia a leyes divinas, estructuras comunicativas o códigos civiles coercitivos me hacen más dócil o más estúpido e incapaz de edificar los límites de mi libertad, entonces la desobediencia en potencia y en acto podría ser una fuerza amable e incluso liberadora. Aun curado del ánimo romántico o de la rebeldía estética, creo que una dosis de desobediencia es conveniente ante cualquier orden que se presente como dogmático o devore de una dentellada a los individuos; la sumisión es una costumbre ingrata, un hábito que lleva a las personas a servir sin oponer resistencia. Persuadir a las personas para mantenerse siempre dispuestas a desobedecer o a mantener una actitud de desprecio a la divina autoridad hace bien a la vida. Pero solamente cuando la obediencia se impone en contra de la libertad que uno ha ganado, tanto en la imaginación como en las acciones que dan lugar a lo que llamamos vida cotidiana. Cuando durante la secundaria y preparatoria estuve recluido en una escuela militar el hecho de desobedecer me acarreó golpes, castigos, reprimendas idiotas y desagradables, expulsiones del salón de clase y mala reputación entre aquéllos que, debido a su escalafón, se consideraban mis superiores. No obstante, creo que la institución no me devoró en nombre de no sé cuáles dizque conceptos de tradición, disciplina y honor. ¿Qué significa eso para un adolescente? Al abandonar aquella escuela me di cuenta de que mi actitud desobediente me había ayudado a no ser sumiso, a mantener la curiosidad por el conocimiento y a apalear de cualquier forma a los tiranos, vengan ellos de donde vengan.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.