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Las razones y formas de la risa muestran la salud de las sociedades en términos políticos, comunitarios, cívicos y laicos. Pensar en la salud de las capacidades colectivas obliga a situarse en un espacio intermedio entre los hechos que afectan nuestros entornos y los futuros que vamos dibujando. Es decir, la salud de una sociedad se percibe desde lo que vive y hacia dónde se dirige. Nos analizamos a través de índices y planteamientos diversos, fórmulas de lo absoluto que más tarde relativizaremos. Perspectivas que extrañamente parten tanto del conocimiento, como del prejuicio alrededor de las ejecuciones tangibles de amplitudes de apariencia abstracta, como la libertad o la democracia. Discretamente, para mal, hemos ido diluyendo la frontera que divide el juicio fundamentado del que proviene del autoconvencimiento previo. En simultáneo, dejamos de lado la reflexión sobre un componente de la conformación social, tan natural que está lleno de complejidades: las posibilidades y vías de nuestras sociedades para reír. Sus permisos.

En un mundo irresuelto da la impresión de que las formas de la risa no son un elemento de importancia social. En salud hay una risa que la enfermedad desaparece. Si a las sociedades como a sus construcciones las medimos en términos de salud, qué tan imprudente será alienar la risa de nuestras valoraciones.

En el deterioro de lo público nos hemos acostumbrado a políticos y gobernantes que han institucionalizado a la burla como expresión de fuerza. La ironía, esa forma del humor tan inteligente como cruel, pasa desapercibida y se responde con seriedad obtusa y necia. Basta asomarse a debates mediáticos, espacios de conversación virtual o coberturas de prensa. En su lugar, el discurso que podría ser serio logra la desconexión con su principio de realidad hasta leerse irónico, sin ironía de por medio. Reírse del otro que, si acaso es otro por afinidad política, lo admitimos como herramienta retórica donde escasean los argumentos. Hubo una época en la que el humor servía para decir todo aquello que no podía pronunciarse frente al poder. Hoy, en distintos países, el poder todavía permite ofenderse por caricaturas.

Entre el difícil tránsito de la risa vemos signos de una enfermedad.

Bajo el espectro de lo que ahora llamamos polarización hemos limitado, poco a poco, las válvulas de escape que contribuyen a nuestros procesos de socialización. La risa no es sólo la expresión física de alegrías, es el motivo de esas alegrías. Un mecanismo social. Siempre adecuado en el tiempo para mantener algo de nobleza en equilibrio con la época en que se ríe. Referirse a la risa también es hacerlo sobre el vehículo con la que ésta se provoca, su refinamiento a través de la elaboración del pensamiento o la inclinación por lo rudimentario de cualquier burla simplona. Son los modos de la risa.

Como cualquier proceso de socialización, la risa es la respuesta que tenemos frente a ella. El abrazo o el enojo quedarán incompletos si éstos no son recibidos. La risa o el humor, sin un receptor dispuesto, pierden en algún punto su propia naturaleza. Podemos reír a solas, pero algo habrá provocado la mueca o la simpatía con la que nos damos cuenta de que estamos riendo. La risa no rudimentaria es circular, evita lo lineal.

Incluso en los niños, cuyas alegrías están exentas del bagaje de constructos desde los cuales se generan simpatías, la risa es un instrumento social; por ende, eventualmente puede ser uno político. La salud del entorno político en el país que se escoja puede medirse a partir de las maneras en que éste se ríe de sí mismo. Aceptarse como sujeto de lo risible es obligación de cualquier gobernante decente. Cuando una posición de poder se niega a ser objeto de risa y busca transformarse en quien hace reír, aparece una de las primeras señales de mala salud pública. Así, entre las primeras víctimas de la disfuncionalidad política se encuentra el humor.

Ilustración: Patricio Betteo

Bajo las sombras de épocas oscuras es soez reírse de la miseria del individuo, en el coqueteo con lo deleznable no hay gracia noble en la precariedad excesiva del otro. Solo que también es oscura la época en la que se sacralizan entornos hasta confundirlos con los individuos que los forman. De la miseria es conveniente mofarse si la risa sirve para hacerle frente. Si es útil para escapar de su pesar o para denunciarla; para obligar a quien no la vive a mudar su mirada sobre ella. Sobre las creencias es sano reírse, a fin de contener la imposición de los dogmas que diezman la libertad. Sin libertad, no hay posibilidad de reír.

Los cartones políticos son un editorial a trazos. El humor gráfico es un ejercicio intelectual. Como a muchos de mi generación en Latinoamérica, los albores de mi conciencia política surgieron por la pluma de un dibujante argentino que, durante mi infancia, me enseñó a reír mientras pensaba la realidad.

En el dibujo de la página se ven tres balcones de un cine viejo. La pantalla, con una escena del humor irreverente que probablemente no admitiríamos en nuestros días. Una familia con hambre y la cena al centro de la mesa. Potaje de zapato hervido. Las agujetas escurren el caldo. Sopa. Primer balcón, potentados con bombín y levita ven la imagen. Ríen sin control. Caricaturización atemporal de la opulencia y el exceso. Butacas intermedias. Clase social en el entredicho de vestimentas regulares: apenas asoman una sonrisa que se bate entre sus más profundas conciencias. En el tercero, una familia demasiado parecida a la de la proyección hace agua la boca.

Si la memoria no me falla: Quino.

Recordé ese cartón el día en que se anunció la muerte del autor argentino, semanas antes de que un fundamentalista religioso degollara a un maestro de escuela a unos kilómetros de París. El profesor impartía una clase sobre libertad de expresión. Usó las tiras cómicas con la figura de Mahoma que, en 2015, había publicado el semanario Charlie Hebdo. Once personas fueron asesinadas en la redacción de la revista.

La risa representa todo lo que el odio detesta.

Una línea muy frágil separa a los individuos de su condición o de su creencia —que puede ser religiosa o política, a veces ambas—, pero esa línea existe y es imprescindible protegerla. Sin ella, olvidamos el piso común del ciudadano. Sólo con él entenderemos que el respeto al individuo terrenal no equivale a deberle respeto a lo que se encuentra en los universos celestiales. De adentrarnos en la época en que dejamos de reír, estaremos optando por borrarla y con su supresión, eliminaremos los positivos que provienen de enfrentar la realidad desde la virtud del humor. El valor de la creencia parte de su subjetividad, quizá por eso es más sencillo que un ateo pueda hablar de Dios con libertad.

Quino o el Charlie Hebdo no deben ser leídos bajo la aureola de la moral o, con los esfuerzos de la última década por plantear una realidad aséptica que dista de ser real.

El humor brinda un espejo de horizontalidad que empareja el sujeto de lo risible con quien ríe, por parte de quien ríe. No la vía contraria. Nunca un profesor, un dibujante, un payaso o una revista satírica tendrán más poder que un gobierno o un clérigo. Ese es su gran permiso. El humor tiene un derecho que los poderes, no.

Para quien ostenta una posición de poder y religiones o políticos, como gobiernos, comparten atisbos de jerarquía social, no hay nobleza en aprovechar su ventaja para hacer reír. Sin embargo, su risa genera una mala pedagogía. Enseña que la ridiculización es un arma política eficaz a pesar de poco loable, muestra lo diminuto de quien sólo puede hacer reír a costa de quien ve inferior desde lo que considera diferencia. Por eso el humor es víctima de la mala política. No se trata sólo de pensar en quien sufre por los embates de la burla, sino que la risa misma pierde su nobleza cuando es la cualidad de lo noble la que le da valor.

El político burlón y el dogma adusto extirpan las virtudes de la risa. Pervierten sus objetos y son capaces de reír frente a la noticia de una ejecución. Si todo lo anterior ocurre frecuentemente conoceremos la época en que dejaremos de reír. La adecuación de la risa en el proceso de socialización será entonces un mal proceso, en el que triunfarán las peores razones de la risa. Sus formas son también las de la organización social. Con una organización rudimentaria prevalece la risa rudimentaria. Se afianza el rechazo al refinamiento de las ideas para conseguir el efecto de una de las expresiones más autenticas de eso que llegamos a llamar humanidad.

Si la risa pierde su nobleza y salud, pierden nuestra salud física y social.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

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