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Noviembre de 1971

Yo tenía 24 años y había dejado encargado a mi hijito para ir a la Facultad de Ciencias Políticas a escuchar a Susan Sontag, sin imaginar que esa tarde mi vida daría un giro para siempre. Sontag, en ese momento de 38 años, habló con pasión e ironía acerca de la opresión y la liberación de las mujeres. Su argumento me impactó: la sexualidad, eso tan íntimo y secreto, ¡era política! Trazó un horizonte interpretativo y usó un vocabulario nuevo que resonó con fuerza en varias que salimos como zombis tras de ella. Gentilmente se sentó con nosotras en el pasto y, mientras la interrogábamos, Marta Acevedo pasó una libreta que decía: “Si quieres asistir a una reunión feminista, apunta tu nombre y tu teléfono”. Así ingresé al M. A. S. (Mujeres en Acción Solidaria), el primer grupo de la segunda ola en México.

Acevedo nos propuso armar un “pequeño grupo”, la forma de organización básica del movimiento de liberación de la mujer. Ocho, diez, doce mujeres se reunían semanalmente a hablar —¡a hablar!— y así cobraban conciencia de su común condición. Nos dividimos en dos grupos: el del norte y el del sur. Yo vivía en Polanco, pero me sumé al del sur. Hablamos como nunca antes de nuestra vida, nuestras relaciones, nuestros hombres, nuestros dolores. Hablamos de fingir orgasmos, de rivalizar con la madre, de estar hartas de tantas cosas. Hablamos de deseos que resultaron compartidos y de anhelos no tan secretos. Hubo sesiones catárticas, donde lloramos y lloramos; y otras donde nos tronchábamos de risa.

Ilustración: Belén García Monroy

En el grupo del sur la mayoría se asumía de izquierda, éramos universitarias y de distintos estratos de clase media. Nunca hubo en mi pequeño grupo una mujer que viniera de sectores populares. Al analizar nuestras vidas como un síntoma social veíamos con claridad lo certero del lema “lo personal es político”. Desde esa nueva perspectiva política, la continuación fue buscar no soluciones individuales, sino colectivas. Los objetivos que inicialmente nos formulamos fueron:

1.  Analizar la relación básica de las mujeres con el capitalismo, en especial el papel de las trabajadoras no asalariadas (las amas de casa) dentro del proceso de producción y reproducción de la fuerza de trabajo.

2.  Argumentar socialmente por qué era necesaria la autonomía de un movimiento de mujeres en un país que veíamos poco politizado, y con un énfasis marcado en las luchas sindicales.

3.  Asumirnos como parte del movimiento de mujeres a nivel internacional y también de una lucha común más amplia.

Era la época en que no había computadoras ni celulares y, sin embargo, la comunicación fluía. De febrero a noviembre decidimos ir a transmitir nuestra visión a distintas partes de la República. Dimos conferencias en las universidades de Zacatecas, San Luis Potosí, Morelia, Guanajuato, Jalapa y Chihuahua. Viajábamos en autobús, cantando, y dormíamos en cuartos de hoteles pobretones. Éramos felices llevando “la buena nueva” del feminismo. Ninguna tenía miedo de ser “levantada” ni desaparecida. Faltaban casi veinte años para que se empezara a hablar de feminicidio.

Además de los viajes, seguimos con la publicación del boletín Ser o no ser del M. A. S., cuyo número 5 salió en abril. El vínculo de Antonieta Rascón con los compañeros de Punto Crítico nos abrió la posibilidad de publicar en esa revista. Siete de nosotras nos coordinamos para hacer un artículo que tomara en cuenta los cuatro aspectos que los compas de izquierda no solían analizar: el trabajo femenino en la producción, la procreación, la sexualidad y la crianza de las criaturas. Con un esbozo de lo que hoy se denomina “perspectiva interseccional”, analizamos esos ejes entre las campesinas, las obreras, las trabajadoras domésticas, las mujeres de clase media y las burguesas, además de realizar una introducción sobre la lucha de las mujeres en nuestro país. Nuestra ceguera fue con las indígenas, a quienes subsumimos en las campesinas, y con las lesbianas y trans, que en ese momento no aparecían públicamente.

Todavía hoy se sostiene nuestro análisis publicado en Punto Crítico con el título “La situación de la mujer en México”, firmado por el grupo 7 de M. A. S.:1

Aparte de la explotación por clase, existe una innegable opresión por sexo, no menos violenta en una sociedad machista. El papel tradicional adscrito a la mujer es un arreglo social, tomado como natural, que tiene profundas consecuencias para ella. El cuidado de los niños la inmoviliza y circunscribe al pequeño mundo familiar. La obliga a delegar actividades sociales, políticas y económicas en el hombre. Normas tradicionales, religiosas y machistas prohíben a la mujer regular su procreación y le imponen un uso exhaustivo de su biología, (a pesar de las campañas) la mexicana de más de 30 años tiene un promedio de 6.6 hijos. El argumento “radical” de que usar anticonceptivos es “hacerle el juego al imperialismo” no nos demuestra que haya una relación mecánica entre el número de habitantes por kilómetro cuadrado y la revolución (…) La sexualidad, en vez de ser una actividad de verdadero placer y comunicación, fortalece las relaciones de dominación.

En 1972 hubo luchas de sindicatos de la confección y el calzado, compuestos principalmente por mujeres. Nos relacionamos con grupos de obreras de los sindicatos independientes de Rivetex, Hilos Cadena y Medalla de Oro. Viajamos a Cuernavaca y a Monterrey a verlas y nos emocionó ver que estaban de acuerdo con el análisis general que hacíamos. Sin embargo, encontramos resistencia a considerar la sexualidad o las guarderías como parte de una lucha política; lo que las feministas considerábamos situaciones de subordinación y opresión de las mujeres, para ellas eran “problemas privados” que no había que mezclar con la lucha. Su solidaridad con sus compañeros, incluso con el líder sindical, les impedía cuestionar sus prácticas machistas. Era muy difícil que coincidieran con ese grupo de mujeres de otra clase social, que hablaban de cuestiones íntimas que las podían confrontar con sus compañeros. Aunque algunas de nosotras mantuvimos vínculos con las obreras durante las reuniones regionales de sindicatos independientes (FAT), nos dimos cuenta de que en ese momento el trabajo con ellas no iba a prosperar, pues su lucha por el sindicalismo independiente les era prioritaria.

Entonces nos enfocamos en mujeres de clase media. En septiembre se llevó a cabo el ciclo de conferencias Imagen y Realidad de la Mujer, en la Casa del Lago. Participaron dos integrantes del M. A. S.: Rosa Marta Fernández (“Sexismo: una ideología”) y Antonieta Rascón (“La mujer y la lucha social”). Comprobamos el gran interés que despertaba el feminismo. Decidimos organizar una “convivencia” a fin de integrar más mujeres al M. A. S. Durante octubre trabajamos en grupos temáticos para elaborar las publicaciones que llevaríamos a la Convivencia y, como habíamos conseguido un mimeógrafo, las imprimimos en hojas de colores.

Hicimos cinco documentos de manera colectiva: La mujer y el trabajo; El pequeño grupo; Por qué el Movimiento de Liberación de la Mujer en México; Nuestra sexualidad; La maternidad voluntaria (guía de métodos anticonceptivos). Además, Asa Cristina Laurell hizo un análisis de la legislación sobre temas de maternidad: Las Leyes Comentadas. Reprodujimos el artículo que Marta Acevedo publicó en la revista CLAUDIA sobre los papeles de género: “Ni rosa ni azul”; le pedimos a Carlos Monsiváis su conferencia “El sexismo en la literatura mexicana”; tradujimos El trabajo de la mujer nunca termina de Peggy Morton; copiamos A fin de cuentas, un extracto del libro de Simone de Beauvoir; hice un resumen de Actitudes patriarcales, el libro de Eva Figes; Rosa Marta Fernández hizo su audiovisual Sexismo; y la cereza del pastel fue que reprodujimos el cartel de Sor Juana que hizo Naranjo.

La escuela Cipactli nos prestó sus instalaciones para ese fin de semana. La convocatoria la hicimos con llamadas telefónicas a “la antigüita”, sin poder dejar recado, e intentando la comunicación una y otra vez hasta lograrlo. También las amigas corrieron la voz entre otras conocidas y a la Convivencia asistieron más de cien mujeres, de las cuales se integraron al grupo después unas veinte. Así, se formaron cuatro grupos de trabajo y dos nuevos pequeños grupos.

Sin embargo, con poca estructura y con diferencias ideológicas, el grupo norte y el grupo sur del M. A. S se separaron. Unas tenían una perspectiva psicológica de la opresión de las mujeres y se resistieron a vincular el movimiento feminista a un planteamiento político de izquierda, mientras que otras insistían en trabajar haciendo un análisis de clase que incluyera la subjetividad. No nos libramos de las rupturas y la fragmentación típicas de la política, a lo cual se sumaron los desencuentros provocados por rivalidades personales.

 

Noviembre de 1972

Mi año de activismo me dejó agotada y feliz. Y aunque la ola me revolcó, encontré mi “lugar” en ese feminismo de izquierda que le daba a la sexualidad un papel protagónico en la dinámica de opresión, sin dejar de lado el proyecto socialista. En ese tiempo, la visión que la izquierda mexicana tenía del feminismo era la estrecha concepción de que se trataba de un movimiento separatista y pequeñoburgués. A pesar de nuestro esfuerzo para conseguir un reconocimiento como parte de esa izquierda, los camaradas tardaron en aceptarnos. Pero nosotras habíamos encontrado una visión que juntaba lo personal con lo político, y nos permitía ser congruentes. Y, al igual que las compañeras de Pan y Rosas, queríamos una revolución en la que también pudiéramos bailar.

Lo mejor que me pasó con el revolcón fue que de pronto, como dijo Rossana Rossanda al hablar de su encuentro con el feminismo, “las mujeres se me volvieron legibles e interesantes”. Acostumbrada a tener amigos hombres, el feminismo me descubrió, a través de esas palabras y emociones compartidas en el pequeño grupo, a unas “otras” que yo desconocía en su riqueza y complejidad. Y hasta la fecha sigo enganchada y encantada.

 

Marta Lamas
Antropóloga, investigadora titular del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM. Su libro más reciente es Acoso. ¿Denuncia legítima o victimización?.


1 Punto Crítico, no. 8, agosto de 1972.

 

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