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Carlos Monsiváis (n. 1938). Escritor. Su último libro es Escenas de pudor y liviandad, Grijalbo.

Bienaventurado el que lee, y más bienaventurado el que no se estremece ante la espada aguda de la economía, que veda la entrada al dudoso paraíso de libros y revistas, en estos años de ira, de monstruos que ascienden desde el mar, de blasfemias, y de dragones a quienes seres caritativos filman el día entero para que nadie se llame a pánico y se les considere criaturas mecánicas y no anticipos de la feroz desolación.

Y digo lo que miré en el primer día del milenio tercero de nuestra era. El que tiene oído, oiga, y el que no que se ahogue en lascivias, en concupiscencias, en embriagueces, en glotonerías, en banquetes, y en otros abominables placeres deleitosos.

Y vi una puerta abierta, y entré, y escuché sonidos arcangélicos, como los que manaron del equipo muzak el día del anuncio del Juicio Final, y vi la ciudad de México (que ya llegaba por un costado a Guadalajara, y por otro a Oaxaca), y no estaba alumbrada de gloria y de pavor, y sí era distinta desde luego, más populosa, con legiones columpiándose en el abismo de cada metro cuadrado, y reconvenciones a modo de video-clips para las parejas que renunciasen a la bendición demográfica de la esterilidad y al paraíso de los unigénitos, y un litro de agua costaba 10 mil marcos, y se pagaba por meter la cabeza unos segundos en un tanque de oxígeno, y en las puertas de las estaciones del metro se efectuaban sorteos para decidir quiénes habrían de viajar ese día (“No más de 10 millones de personas por jornada”, decía el letrero que era cáliz de los incontinentes).

Y había retratos de la Bestia y de la Ramera, y el número era 666, pero comprendí que no estaban allí para espantar, sino con tal de promover series especiales (“Salude al nuevo siglo con sonrisa milenarista”), y busqué en vano las señales, los arcos celestes, los tronos que emitían relámpagos, los mares de vidrio, los animales tan poblados de ojos que parecían sala de monitores, los libros de siete sellos… Sólo encontré los signos de plagas, muerte, llanto y hambre, pero no eran muy distintos a los anteriores, a los por mí vividos, más ampliados porque recaían sobre más gente, pero hasta allí. Y había más protestas y más promesas, territorios liberados y territorios ocupados, más hartazgo y más resignación, pero hasta allí.

Y me alarmé y pregunté: ¿qué ha sucedido con profecías y prospectivas? ¿Dónde almacenáis el lloro y el crujir de dientes, y los leones con voz de trueno que esparcen víctimas como si fueran volantes, y el sol negro como un saco de cilicio, y la luna toda como de sangre, y las estrellas caídas sobre la tierra? ¿Dónde se encuentran? íNo pretendáis escamotearme el apocalipsis, he vivido en valle de sombra de agonía sólo para esa revancha suprema de los justos, hice minuciosamente el bien con tal de ver a los fazedores del mal reprendidos a fuerza de fuego y tridentes y cesación del rostro de Dios!

Y quienes me oyeron, porque de oídos no carecían, se extrañaron de mi rencorosa verbosidad. Y 24 ancianos, ya mayores de treinta años todos, debatieron entre sí, y uno se acercó y con voz de confidencia del trueno me advirtió: “íHombre de demasiada fe! ¿Qué aguardas del futuro que no hayas vivido? La esencia de los vaticinios es la consolación por el fraude: el envío a la tierra sin fondo del tiempo distante de los problemas del momento. Observa con detenimiento al porvenir: es tu presente sin las intermediaciones del autoengaño”.- íPero eso no es posible!, grité. Si el gran mérito de las épocas que vienen es su falta de misericordia. Gracias a eso Uno se consuela de no vivirlas.

-Has descrito sin proponértelo otra estrategia de la piedad infinita y cuantificada de Dios, me respondió el patriarca de la tribu que bien podría tener 32 años. Habría una sublevación terrible de los mortales, si no creyésemos en el fondo que lo venidero es siempre peor, y quizás lo es desde las perspectivas actuales, pero cada uno que alcanza el futuro, comprende que esto no es lo más horrible, que lo verdaderamente intolerable es lo que habrá de llegar. Y así hasta el exterminio de los tiempos.

Y en ese instante vi al apocalipsis cara a cara. Y comprendí que el santo temor al Juicio Final radica en que ya no se estará para presenciarlo. Y vi de reojo a la Bestia con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cuernos diez diademas, y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia. Y la gente le aplaudía y le tomaba fotos, y grababa sus declaraciones exclusivas, y supe con claridad que de inmediato se hizo bruma dolorosa, que la pesadilla más atroz es la que nos excluye definitivamente.