Arturo Warman (n. 1937). Antropólogo. Autor de …y venimos a contradecir.

Hay dos maneras de concebir el futuro: el milenio y la utopía.

El milenio nos ofrece un futuro predeterminado, impuesto desde fuera de la sociedad por fuerzas fatales. Sea por el designio de alguna deidad que impondrá su imperio por mil años-de ahí viene el término milenio-o por el cumplimiento de las inexorables leyes de la evolución y la historia, de la razón, el futuro ya está establecido y es inevitable. Nuestra acción no es inútil en la perspectiva de los milenios pero es simplemente instrumental. Podemos apresurar o retrasar el advenimiento del futuro predeterminado pero no cambiarlo. Los milenios nos aseguran que en el futuro todos seremos iguales, más que eso, idénticos frente a Dios o nuestros semejantes. El promedio será la realidad y la justicia se cumplirá cuando seamos todos indiferenciados. Los milenios dan seguridad absoluta pero eliminan la sorpresa. El ayer y el hoy sólo pueden entenderse como pasos derivados del mañana. Aceptado el futuro milenario todos nos volvemos deductivos. Cuando el final está claro las demandas se deducen del futuro y caminamos de adelante para atrás. El milenio es, por definición, autoritario.

La utopía es expresión de deseos. Prolonga hacia el futuro lo entrañable, lo que debe preservarse, hacerse mejor y más seguido. Elimina lo que impide o amenaza la práctica de lo que ya sabemos que nos satisface. La ruta es de atrás para adelante. Proyecta la historia y la experiencia. Por ello en el futuro utópico todos seremos diferentes pero nunca desiguales. El final de la utopía es nuevo sólo porque pone junto y para siempre todo lo que nos gusta y nada de lo que nos oprime. Nuestra acción en la construcción de la utopía no es instrumental sino determinante. El futuro utópico es democrático. Implica la coexistencia de proyectos diversos, de muchos futuros, tantos como pasados.

Los milenios y las utopías no son realistas. Ni siquiera son probables. Nunca lo fueron en el pasado. La futurología es la única ciencia construida por el error constante. Los oráculos y los profetas, los adivinos, con más tiempo de práctica que los futurólogos y mucho más estilo, no son más precisos. Sólo atinan al pronosticar la muerte. Pero milenios y utopías son reales e importantes como guías del quehacer trascendente, que no lo es tanto, o del batallar cotidiano. Se convierten en normas para interpretar el pasado y el presente. Utopías y milenios son el motivo más frecuente de debate, disputa y pelea. No es gratuito: el que impone el futuro domina el presente.

En los últimos tiempos, tal vez desde mucho antes, se ha impuesto el milenio sobre la utopía, la certeza sobre el deseo. Los descubrimientos científicos, más allá de su validez, se usaron como ingredientes del milenio secular y evolucionista de la sociedad. Se impusieron las secuencias obligadas: teorías del desarrollo, socialismos científicos, la modernidad y sus etapas. A los países pobres nos ofrecieron como futuro el pasado de los países ricos. Lo creímos. Si nos portábamos bien por los próximos cincuenta años llegaríamos a ser como los Estados Unidos o la Unión Soviética en 1950. El desolador optimismo y la gran certeza del milenio industrial, en sus distintas variantes, ganaron casi todas las batallas. La utopía se volvió insulto, afrenta al realismo y a la razón. Rincón de los románticos y de los conservadores.

Se acerca el fin de otro milenio; el calendárico. Las promesas del evolucionismo milenarista en sus distintas vertientes se gastaron. Se derrumbaron por haberse cumplido o por lo contrario. No aparece el nuevo milenio sustituto, sólo más de lo mismo. En cambio renacen las utopías, a veces vergonzantes o desdibujadas por la falta de práctica. Bienvenidas. Bienvenido el futuro plural y diverso, abierto y justo, incierto pero construible. Bienvenida la reivindicación del pasado que nos gusta aunque sea necesario construir un nuevo mundo para ganarlo.