En Irlanda la lluvia es absoluta, grandiosa y terrible. Llamar mal tiempo a esta lluvia es tan impropio como lo es llamar buen tiempo a un sol abrasador. A esa lluvia se le puede llamar mal tiempo, pero no lo es. Es tiempo, simplemente, pero por algo “temporal” viene de “tiempo”. Se empeña en recordarnos con insistencia que su elemento es el agua, el agua que cae. Y el agua es dura. Una vez, durante la guerra, fui testigo de cómo un avión en llamas se posaba en la costa del Atlántico; el piloto tomó tierra en la playa y huyó de la proximidad del aparato antes de que explotara. Más tarde le pregunté por qué no se había posado en el mar, y me respondió:

—Porque el agua es más dura que la arena.

Nunca le creí; pero aquí lo comprendí por fin. El agua es dura.

Y cuánta agua se acumula sobre esos cuatro mil kilómetros de océano, agua que se alegra de llegar a la cercanía de los seres humanos, de las casas, de la tierra firme, después de haber estado tanto tiempo cayendo sólo sobre el agua, sólo sobre sí misma. Al fin y al cabo, ¿qué placer puede producirle a la lluvia caer siempre en el agua?

Entonces, cuando se va la luz, cuando la primera lengua de un charco entra serpenteando por debajo de la puerta, silenciosa y lisa, brillando al resplandor del hogar; cuando los juguetes que los niños han dejado, por supuesto, tirados en el suelo, cuando corchos y pedazos de madera empiezan de repente a flotar y la lengua de agua los empuja hacia adelante; cuando luego los niños bajan asustados por las escaleras y se agazapan frente al hogar, entonces uno comprende que no habría sido tan digno del Arca como lo fue Noé.

Conviene tener siempre en casa unas cuantas velas, una Biblia y un poco de whiskey, como los marineros que viven preparados para la tormenta; hay que añadir tabaco y un juego de cartas, y para las mujeres, lana y agujas de hacer punto; y es que la tormenta viene con ganas y la lluvia trae mucha agua; y la noche es larga. Cuando luego penetra por la ventana la segunda lengua de lluvia, que se une a la primera, cuando los juguetes se acercan poco a poco a la ventana, flotando sobre la delgada capa de agua, es buena idea consultar la Biblia para comprobar si de veras consta en ella la promesa de no enviar jamás otro diluvio. Sí, consta la promesa: se puede encender la siguiente vela, el siguiente cigarrillo, volver a barajar las cartas, servirse otra copa de whiskey, entregarse al tamborileo de la lluvia, al silbido del viento, al castañeteo de las agujas de hacer punto. La promesa está en el libro.

Fuente: Heinrich Böll, Diario irlandés. Traducción de Joan Parra. Plataforma Editorial, Barcelona, 2015.

 

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