Un cinero de verdad que va al cine (o captura películas en televisión) para satisfacer pequeños deseos, nunca verá lo suficiente el rostro de Greta Garbo, jamás se saciará de la voz y los movimientos de Marlene Dietrich; podría oír sin término los diálogos entre Eric von Stroheim y Pierre Fresnay en La gran ilusión,de Renoir; o podrá contemplar mil veces la secuencia de la soledad de Charles Foster Kane en su castillo o la secuencia de las escalinatas de Odesa o la burla al ciego (Miguel Inclán) en Los olvidados de Buñuel o la Monroe cantando “I wanna be loved by you” en Some Like It Hot. En este sentido, en la obsesión o búsqueda de instantes mágicos o perfectos o simplemente divertidos, lo mejor es entregarse al culto por los actores. De alguna manera, los llamados mitos cinematográficos lo han sido porque captan de modo irremplazable la mezcla de sueño y realidad, de ambición individual y deseo colectivo que le dan forma al cine. Así, Katherine Hepburn o Humphrey Bogart, Judy Garland o Marilyn Monroe, Pedro Infante o María Félix, Sophia Loren o Anna Magnani, resumen y encarnan procesos sociales o personales y comunican perdurablemente al espectador con el gozo de ver cine.

Elegir actores predilectos, seguirlos, memorizarlos, es un derecho magnífico del cinero. Tómese el caso del cine mexicano tan colmado de malos y pésimos directores y primeras figuras detestables y lamentables. Con todo, yo creo mucho más, en función del cine mexicano de los treinta y cuarenta, en un cine de actor que en uno de autor. De modo categórico, los verdaderos autores fueron los actores. No necesito recurrir al caso paradigmático de Pedro Infante. Me basta con citar a Joaquín Pardavé, Consuelo Guerrero de Luna, Miguel Inclán, Alfonso Bedoya, Luis G. Barreiro, Emma Roldán… veinte o treinta o cien actores excelentes que de veras salvaban, rescataban, hacían posible una película de otro modo aplastada por la ineptitud del director y las primeras figuras. Véase cualquier film de Pardavé. En él nada falta: el acento, el cuidado, el movimiento, el tiempo histriónico. Es perfecto bailando mambo con Amalia Aguilar y bailando can-can con Sofía Álvarez y bailando “El Makakikus” o desempeñando un papel dramático. Para mi gusto, quien no colecciona Actores Predilectos no es partidario del cine.

Fuente: Carlos Monsiváis, “Cómo acercarse al cine” en Cómo acercarse a las ciencias, las artes, las humanidades. Prólogo de Carlos Tello Macías. Financiera Nacional Azucarera, México, 1981.

 

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