Los virus y las bacterias secuestran nuestras mentes; nos hacen actuar de modo raro. Por ejemplo, el Toxoplasma gondii, un parásito que se encuentra en las heces de los gatos, vuelve a los ratones menos temerosos de los gatos; esta es una estrategia evolutiva, le facilita al parásito pasarse del ratón al gato. Cuando se propaga a los humanos, puede aumentar sus riesgos. Un estudio reveló que la gente con toxoplasmosis, la infección que causa el parásito, “es más probable que se especialice en los negocios”. Un reportaje de NBC News sugirió de modo optimista que el parásito “puede darles a las personas el valor que necesitan para volverse emprendedores”.

Ese sería el caso extremo de un parásito microscópico alterando el rumbo de nuestra vida. Pero los virus y las bacterias influyen también en nuestro comportamiento diario. Un estudio del 2010, por ejemplo, reveló que la gente se volvía más sociable a las cuarenta y ocho horas luego de exponerse al virus de la gripe, un período en el que uno es contagioso pero asintomático. La investigación hizo ver que de modo significativo los infectados eran más propensos a salir a bares y a fiestas. Uno de los más extraños cambios que el virus induce en las conductas es la hidrofobia, un síntoma de la rabia. No es una exageración: a la gente y los animales infectados de rabia el agua los aterra. O quizá con mayor precisión, tienen dos actitudes ante el agua: la quieren al tiempo que no pueden ni verla. ¿Por qué surge este al parecer impulso biológico de muerte? No es que la gente vaya a morir de sed. La meta del virus no es matar humanos —aunque lo hace— sino propagarse mediante nuestra saliva, que se diluiría al beber agua.

Fuente: Harper’s, junio 2020.

 

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