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La pandemia ha sido, para la política, un reto epistemológico y no solo epidemiológico. Lo plantea de ese modo el filósofo vasco Daniel Innerarity en un veloz ensayo que subraya la torpeza con que la política contemporánea gestiona la complejidad. No solamente carecemos de una vacuna, nos hacen falta asideros conceptuales. ¿Cómo enmarcar el desafío de una pandemia?, ¿con qué palabras nombrarlo?, ¿de qué forma envolver la convocatoria a la reclusión? La peste del 2020 no es, políticamente, como las previas. No es una calamidad que se sufre a solas, en familia y, tal vez, en algún centro de beneficencia. La gripe española, a pesar de su terrible estela de muerte, no concentró los titulares de los grandes diarios europeos. En el parlamento británico, por ejemplo, apenas se escuchó del contagio en un par de ocasiones. Pero lo que atendían los representantes no era el problema sanitario, sino la amenaza que significaba para la actividad industrial. No era considerado propiamente como un problema de salud pública que hubieran de encarar los gobiernos. Nadie se atreve hoy a negar el desafío político del coronavirus. Pero, para asumir esa naturaleza, es necesario darle nombre. ¿Qué es? ¿A qué se parece? ¿Qué llamado puede hacerse desde el poder?

Ilustración: José María Martínez

Emmanuel Macron, el presidente de Francia, ofreció la primera pista para una definición por analogía. Buscando trasmitir la gravedad del peligro, el político llamó, ni más ni menos, que a la guerra. Ésa es, a su juicio, la naturaleza del reto presente. Estamos en guerra, dijo. Tal como derrotamos al fascismo, hoy derrotaremos al virus. No será un ejército de ocupación, pero es una fuerza igualmente mortífera. El enemigo es diminuto e invisible, pero habremos de vencerlo unidos, como un regimiento. Estamos en guerra, aunque la orden sea el aislamiento y no la leva. Es la misma clave que ha empleado el presidente Trump. En su universo, lo que importa es, por un lado, presentarse como un comandante en guerra y subrayar, por el otro, la extranjería del peligro. Soy el general que defiende a la patria de la intrusión china. Antes que hablar del coronavirus; insiste en que se trata del virus chino. Se alimenta así la fantasía del pueblo puro y limpio que, gracias a una muralla, logra mantenerse a salvo del contagio que viene de fuera.

Muy distinta es la aproximación de la canciller alemana. Hay que decir que, a diferencia del mandatario francés, a la química no se le conoce por su elocuencia. Angela Merkel es una mujer de pocas palabras; una política que no es dada a la vanidad oratoria. Pero en la emergencia ha pintado una imagen que contrasta ejemplarmente con el belicismo instintivo de la retórica tradicional. El virus contagia y mata, pero no es un “enemigo”; la misión sanitaria no es, por tanto, equiparable a una guerra. Ni los médicos ni los enfermeros ni los ciudadanos son soldados. Dejemos de pensar los retos contemporáneos de la política con esos anteojos porque nos impiden concentrarnos en la tarea que tenemos frente a nosotros. Ese es, nos recuerda Merkel, a partir de la experiencia alemana, el vocabulario del extremismo. Es la ultraderecha la que apela a la guerra y a la milicia sanitaria. Angela Merkel, esa “máquina de aprender”, convoca a otra tarea: una misión de delicadísimo cuidado, de una obra de mutua protección, de extrema escucha y atención. No marchamos a la batalla, nuestra tarea histórica es otra: caminar juntos sobre el hielo más delgado. Debemos cruzar el río juntos y cuidarnos mutuamente. Para esa labor nada tan peligroso como la marcha de las botas y el grito ronco de un comandante. Cualquier rudeza puede reventar la delgada capa de hielo que nos mantiene con vida.

El contraste de imágenes sobre el poder ante la emergencia es fascinante porque ilustra tal vez la fractura más honda de la política moderna. El grito de mando militar frente a un deslizamiento atento y silencioso. La tronante bota del soldado y esa navaja de los patines que se deslizan sobre el hielo. Se trata de dos nociones políticas antiguas que adquieren hoy relevancia. Encuentro en la imagen de la patinadora ecos de la propuesta de Hannah Arendt para repensar radicalmente lo político. Reconsiderar los siglos que han asociado el poder a la fuerza y el Estado a la coacción. ¿Será que podemos pensar lo político como la capacidad para tejer el propósito común? ¿Será que podemos escapar de la inercia jerárquica y apelar a las posibilidades de la horizontalidad, del diálogo? La conciencia del peligro que llama al comedimiento cooperativo.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.