Hoy vivimos en medio de la incertidumbre más grande de nuestra generación. Sólo tenemos una certeza: estamos en el umbral de cambios profundos, que nos mantendrán en tensión y agobio constantes. Cambiarán hábitos, formas de relacionarse, tipos de trabajo, gustos, preferencias. Nada será igual. Extrañaremos la seguridad que nos daba lo conocido. Pero tendremos que adaptarnos y estar preparados para identificar oportunidades.

Para replantearnos problemas y soluciones, debemos mantener una mirada al futuro sin perder de vista los pasos de hoy. La única actitud adecuada es saber que tenemos la capacidad de enfrentar los retos de manera distinta. Sin embargo, algunos actores prominentes de nuestro querido México siguen viendo al pasado y buscando a los culpables de lo que pudo haber sido y no fue. Parecería que les cuesta mucho imaginar y construir el futuro.

Ilustración: Víctor Solís

Partimos de una certeza y una paradoja. La certeza es que la pandemia, aparte de la tristeza por la pérdida de vidas, nos dejará más compatriotas en condiciones de pobreza (entre 8 y 10 millones). La paradoja es que, justo en el tiempo en que hablamos más de la necesidad de combatir la pobreza, cuando más recursos se han utilizado para combatirla y cuando más programas se han implementado para eliminarla, las cifras nos demuestren su crecimiento notable.

Después de años de usar “el combate a la pobreza” como la principal oferta política, de innumerables promesas de “ahora sí yo haré la diferencia”, nuestros líderes no han aprendido que la pobreza se combate con dos instrumentos: empleos bien remunerados y con inversión, el aceite que permite echar a andar la maquinaria. El concepto es simple: hay que fomentar el empleo y promover la inversión. Esto es lo que han hecho economías como la china que, con enorme pragmatismo, han promovido estas dos variables y obtuvieron los resultados más notables en nuestra generación. El nivel de vida mejoró y el PIB per cápita pasó de 190 dólares en 1980 a 10 000 el año pasado.

Nadie en el mundo hubiera deseado vivir una crisis como la actual. El mundo ha tenido que autoinfligirse una crisis económica para resolver una de salud. Todos saldremos de una forma diferente. Cambiarán hasta los valores de las personas y sociedades. Los gobiernos que causaron un menor impacto en lo social y económico a sus comunidades serán aquéllos que actuaron con responsabilidad, eficacia y eficiencia ante la magnitud de los problemas.

Hoy es difícil prever el futuro, pero hay una seguridad: los países que protegieron el empleo y evitaron la insolvencia de su aparato productivo podrán regresar a la nueva normalidad con mejores posibilidades de mantener sus estándares de vida y niveles de bienestar. En este campo ya podemos ver lo que una buena parte de las economías del mundo han intentado. Traer a valor presente los recursos que tendrán que pagar o diluir en el futuro permite gastar hoy buscando que su tasa de retorno sea mayor que el valor de los recursos utilizados.

¿Qué sucederá a México? ¿Fue correcta la decisión de no apoyar al aparato productivo aduciendo, con un sentido más ideológico que real, que éstas eran medidas neoliberales? El tiempo y la realidad nos dirán. Pienso que se pudieron —y se pueden— movilizar una serie de fortalezas que tenemos. Desde la cultura de la solidaridad y la fraternidad, el apoyo entre los mexicanos en donde siempre hay una mano amiga ante las desgracias (“donde comen dos comen tres”), hasta variables más complicadas, pero reales, como son las finanzas públicas sanas y un sistema financiero suficientemente estable y fortalecido. Todo ello nos podría permitir implementar programas que disminuirían los efectos negativos del paro de actividades y evitarían que una crisis de liquidez temporal se convirtiera en una de solvencia que destruye empleos, consumo y, tarde o temprano, afecta también las finanzas públicas.

En el CCE propusimos por diversos medios, en diferentes tiempos, medidas divididas en tres grandes esfuerzos: qué hacer en la etapa de combate a la crisis de salud, dando prioridad a las familias de más bajos ingresos y a las empresas más pequeñas; cómo ser efectivos y eficientes en la coordinación del regreso a nuestras actividades productivas; y cómo enfocar nuestros esfuerzos en un programa de reactivación que nos permita ir equilibrando rápidamente los efectos nocivos del paro de las actividades productivas.

Conscientes de que esto no era un asunto solamente empresarial, sino que había que escuchar las voces de una sociedad polifacética, convocamos una Conferencia Nacional para la Recuperación Económica en mesas de diálogo y reflexión. Escuchamos recomendaciones de académicos, promotores sociales, líderes sindicales, religiosos, miembros distinguidos de todos los partidos, así como representantes del poder legislativo, gobernadores e integrantes del gobierno federal. Hubo una amplia participación ciudadana (135 000 personas en internet) y resultaron 68 ideas de cómo transitar esta crisis y recuperar la actividad productiva.

Lamentablemente estos esfuerzos no han sido tomados en cuenta por el gobierno de México. El pensamiento analítico ha sido sustituido por un pensamiento ideológico y falsas analogías. No soy optimista sobre los resultados de políticas públicas emprendidas que no beneficien a todos los mexicanos. Veremos pronto las consecuencias. En la vida de las personas, el precio de nuestros errores lo pagamos nosotros mismos. En la vida de la nación, quienes pagan los errores de un gobernante somos todos los ciudadanos.

 

Carlos Salazar Lomelín
Presidente del Consejo Coordinador Empresarial.

 

4 comentarios en “Quiénes pagan los errores

  1. Me parece muy bien explicado y estoy de acuerdo , tenemos una bomba de tiempo si esto no logramos que cambie

  2. El nivel de vida y los privilegios de pocos ricos los pagan millones de gentes pobres.

  3. El nivel de vida y los privilegios de pocos funcionarios y políticos, los pagamos millones de mexicanos pobres y no pobres.

  4. Bien explicado el argumento y sustentado en la realidad. Que desafortunado que el gobierno de la República haya tomado decisiones con base en la ideología (por cierto muy rancia) y no en lo que los datos reales mostraban. Mal nos va a ir y las peores consecuencias las van a sufrir los más pobres.