Sin duda se requieren acciones inmediatas y urgentes para hacer frente a los efectos de la contracción económica derivada del covid-19, pero al mismo tiempo es imprescindible pensar en el mediano y largo plazo. Así como antes de operar al paciente para atender el mal que lo amenaza, es necesario prever cómo será el seguimiento en la sala de recuperación, y también se requiere considerar cómo sanar las heridas y minimizar las cicatrices hacia el futuro.

Una de las áreas en donde es más importante una visión de este tipo, que trasciende a la coyuntural, es la educación. En el corto plazo ciertamente urge que las alumnas y los alumnos concluyan el ciclo escolar y se gradúen o pasen al siguiente grado, por lo que es entendible que la atención se centre en esto. Pero al mismo tiempo se requiere empezar a pensar en lo que viene si no queremos pagar un elevadísimo costo en los siguientes años.

Ilustración: Estelí Meza

En el mediano plazo, que puede empezarse a contar a partir del inicio del siguiente ciclo escolar hay que prever al menos dos problemas para anticipar soluciones.1 En primer lugar, casi 2 millones de estudiantes en el país viven en hogares que no cuentan con infraestructura, equipamiento ni condiciones familiares para poder seguir el proceso educativo a distancia. En el mejor de los casos, llegarán al siguiente ciclo escolar con enormes lagunas de aprendizaje que, si no se subsanan, se acarrearán por el resto de su trayectoria y generarán desventajas permanentes. El segundo es que casi 1 millón de alumnos se encuentra en riesgo de abandonar la escuela por el impacto económico que está sintiendo su hogar, el cual hace inviable su continuación en el sistema educativo. Es decir, en conjunto, al menos 3 millones de estudiantes requerirán cuidados intensivos de mediano plazo si se quiere evitar el truncamiento de su futuro.

En el largo plazo, igual o más preocupante, están las cicatrices que quedarán para la generación covid-19. Éstas tienen que ver con el hecho de que tanto las y los jóvenes que sí logren terminar el actual ciclo escolar, como los que abandonen prematuramente, enfrentarán un entorno laboral de enormes restricciones que afectarán su presente y su futuro. Por un lado, se estima que 4.3 millones de estos jóvenes engrosarán las filas de los jóvenes que no estudian ni trabajan (JNET).2 Por otro, se espera que debido al “arranque en falso” hacia el mercado de trabajo a esta generación le quedará una desventaja equivalente a perder un año de sueldo por cada 10 años de su vida laboral. Para aquéllos que no alcancen a terminar al menos la preparatoria, la desventaja será aún mayor.3

De no amortiguarse estos efectos, el sector educativo perderá parte importante de su potencial para propiciar movilidad social, y tendrán que enfrentarse a dos consecuencias graves que permanecerán cuando la pandemia sea historia. La primera es que los impactos mencionados generarán mayor desigualdad debido a que su efecto es inversamente proporcional a la condición económica de las familias. Sin duda las lagunas académicas, la deserción escolar, el paso a la condición de JNET y la entrada tardía al mercado laboral se sentirán con mucha mayor fuerza en los hogares pobres que son los que menos mecanismos de defensa tienen. Esto ampliará las brechas presentes y futuras con la clase media y con los hogares de mayores ingresos. La segunda es que como país tendremos una pérdida considerable de capital humano que incidirá negativamente en la productividad en los años por venir y restará capacidad para generar prosperidad.

Por estos motivos, además de la atención a lo urgente de corto plazo, el gobierno está obligado a empezar a considerar también lo que sucederá después en el ámbito educativo. Entre la lista de posibles acciones a considerar están los servicios de regularización mediante tutorías intensivas durante todo el siguiente ciclo escolar para minimizar los rezagos que se están generando, ofrecer apoyos económicos a las familias para que estén en condiciones de seguir mandando a sus hijas e hijos a la escuela a pesar de la reducción de ingresos, implementar estrategias de reinserción escolar para los que hayan salido del sistema, invertir en inclusión tecnológica, ofrecer programas de capacitación y mejora de la empleabilidad mediante la adquisición de habilidades y competencias relevantes para los sectores productivos locales, y los apoyos para emprender, entre muchas otras acciones posibles.

Alternativas para atender estos retos, existen. Pero para superarlos, hay que empezar por reconocerlos.

 

Miguel Székely
Director del Centro de Estudios Educativos y Sociales (CEES) .


1 Estos datos y los de los siguientes párrafos provienen del estudio “Efectos educativos del COVID-19 en México” realizado por Miguel Székely, Ivonne Acevedo e Iván Flores, Centro de Estudios Educativos y Sociales (CEES), Mayo 2020.

2 www.cees-ease.com.

3 Ibid.