El estanquillo

Le decían don Arturo aun los clientes mas viejos que él, que eran la mayoría, pues no resultaba nada atractivo para los jóvenes ese estanquillo destartalado y casi vacío, con su estantería apolillada y mugrienta, apenas utilizada por aquí y por allá con unas cuantas mercancías baratas que nadie sabía desde cuándo se empolvaban. El estanquillo era un homenaje orgulloso a la desolación, una especie de nirvana doméstico que sobrevivía a las vueltas del tiempo: había durado décadas en esa calle céntrica, en los bajos de un hotelucho abandonado y en litigio, con sus vidrieras imperturbables, que ya, de tan viejas, no podrían cambiar más, sino hacerse más ellas mismas, a la vez que, en frente y en torno suyo, se alzaban y derrumbaban edificios, se abrían y cerraban nuevos comercios y empresas, florecían y decaían novedades, y todo moría, en fin, menos el estanquillo pardo de los cigarros más baratos y de las sardinas enlatadas de dudosa preservación. Simplemente por rutina, algunos de los empleados y vecinos se habían hecho al hábito de comprar ahí cualquier cosa, mejorales o refrescos, y a las horas ajetreadas muchos clientes preferían el estanquillo polvoriento a hacer colas en las tiendas más o menos lustrosas del rumbo. Además, y de ahí provenía el milagro de que sobreviviera en su ruina, la esposa de don Arturo vendía unas tortas famosas (alguien aseguraba que el secreto estaba en el chipotle) a precios realmente desorbitados, y no se dejaba llevar por su éxito: en cuanto se agotaban las tortas de la canasta habitual, la señora alzaba su mesita de la puerta del estanquillo y desaparecía en la trastienda.

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Publicado en: 1987 Agosto