Se dice que el ocaso de las cartas está vinculado con el triunfo de la tecnología, y es verdad. La carta requiere de la distancia para poder ser. Al separar, la distancia permite que las cartas cumplan con su destino: unir. Una carta se define así en relación con lo que lucha. La distancia, sin embargo, tiene en este contexto un sentido peculiar; no es, como en la Física, una constante que denota una extensión, sino un concepto que oscila, por así decirlo, entre las nociones del tiempo y del espacio. Así pues, un mismo intervalo ha constituido diferentes "distancias" a lo largo de los años. La ciencia, en sus diferentes manifestaciones -electrónica, aeronáutica- ha podido relativizar el concepto de la distancia. Tal transformación lleva consigo consecuencias múltiples. El avance tecnológico que nos ofrece la posibilidad del teléfono, por ejemplo, implica un estado de ánimo particular; con el, al permitir una instantánea unión, la distancia deja de asociarse con la fatalidad. Esta tendencia en contra de lo irremediable hace suponer que no es inconcebible que la separación deje de existir. Tal vez algún día, como en la canción de Atahualpa, los caminos no tendrán ya por qué sentir ser los culpables de la distancia.
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