Uno de los libros más interesantes que he leído en los últimos meses es The Comanche Empire del historiador Pekka J. Hämäläinen. El argumento central es tan sencillo como audaz: entre 1750 y 1850, los comanches fueron el pueblo que dominó militar y económicamente el extenso territorio de las grandes llanuras que van del río Bravo al Arkansas, lo que hoy son los estados de Texas, Nuevo México, y partes de Oklahoma, Kansas, Colorado y Utah.

Los comanches no fueron sólo un “obstáculo” ecuestre y militar que contuvo momentáneamente las ambiciones imperiales de españoles, ingleses y estadunidenses, como la historiografía colonial ha querido pensar. Fueron una sociedad compleja (es ridículo que haga falta explicarlo) y más: un imperio capaz de imponer su orden político y cultural sobre otros asentamientos indígenas y europeos en la región. Un imperio indígena que prosperó en pleno siglo XIX, al mismo tiempo que Estados Unidos extendía sus dominios hacia el oeste y que México era desplazado de esas tierras. Además de ser una historia detallada y fascinante de las estrategias comerciales y políticas que permitieron a los comanches imponerse, este libro también presenta un planteamiento teórico incisivo sobre las formas diversas que toma el poder, sobre todo el que se gesta en las fronteras y los intersticios de las grandes potencias.

Ilustración: Raquel Moreno

En 1706, un oficial colonial de Nuevo México notó la llegada de un desconocido grupo a las llanuras. Venían del oeste por los cañones de la sierra Sangre de Cristo, movidos por el mismo interés que muchos de los grupos indígenas en la región: los grandes pastizales para la crianza de caballos y la caza de bisontes. En menos de medio siglo consiguieron empujar hacia el suroeste a los apaches, sus principales rivales, en lo que Hämäläinen describe como la conquista más larga y sangrienta que haya visto esa región. Pero el corazón del poderío comanche no fue militar, sino comercial. La región que controlaban pasó de ser el traspatio olvidado de Nueva España a convertirse en el paso obligado para la circulación de caballos, armas, municiones y pieles entre ingleses, franceses, kiowas, pawnees, kansas, iowas, taovayas, apaches natagés y mescaleros, y españoles de Nuevo México y Texas.

El libro reconstruye algunos ejemplos de esas transacciones. En 1763, al perder Francia sus posesiones en Norteamérica, el Misisipi se estableció como la nueva frontera entre los dominios ingleses en el este y españoles en el oeste. Los comanches accedían a armas y municiones por medio de los wichitas y taovayas que a su vez las compraban como contrabando alos soldados ingleses destacados en la ribera este del río. Un ejemplo que da cuenta de la magnitud de este tráfico: en una sola transacción ocurrida en 1768, una partida de taovayas les vendió a los comanches lo equivalente a diecisiete cargas de caballo en pistolas que habían obtenido de los ingleses. Un oficial español advirtió en esos años que los comanches estaban mejor armados que las tropas españolas y que se habían convertido en los principales proveedores de armas en la región. Pero la mercancía que hacía girar al Imperio comanche no eran las armas, sino el caballo, cuyo uso se había extendido a todos los grupos indígenas al norte de los ríos Arkansas y Misuri donde los inviernos dificultaban la crianza. Los comanches parecían tener un abasto ilimitado de caballos que criaban en las llanuras cálidas y robaban a los asentamientos españoles. A mediados del XIX, sus excursiones se adentraban al sur del río Bravo —al norte de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas—. Junto con los caballos, venían los cautivos, indígenas, españoles y, en su momento, mexicanos, que eran intercambiados, adoptados o incorporados a las labores de pastoreo.

Los comanches establecieron y rompieron tratados con los españoles, extrajeron recursos de una basta periferia, aglomeraron bajo su manto cultural y lingüístico a una diversidad de etnias y naciones, pero después de cien años de dominio no habían dejado prácticamente ningún rastro arquitectónico o monumental de ese poderío. Pero justamente esa naturaleza nómada, a la vez articulada y flexible, capaz de plegarse y desplegarse, es lo que le permitió al Imperio comanche prosperar a la par de la expansión estadunidense: mientras la república se centraba en la apropiación de la tierra en nombre de una entidad política abstracta, para los comanches el poder era controlar las rutas comerciales, particularmente las de contrabando fronterizo. Al grado de que una de las causas de su caída fue justamente la firma del tratado Guadalupe-Hidalgo en el que Estados Unidos se comprometía a evitar las incursiones de “tribus salvajes” hacia el territorio mexicano. La historia del Imperio comanche, sugiere Hämäläinen, nos obliga a repensar la historia de cómo México perdió Texas y Nuevo México. Cuando las tropas estadunidenses cruzaron el Bravo, se encontraron con un territorio fragmentado y mermado por los comanches, que sin saberlo habían allanado el terreno para el imperialismo de Estados Unidos.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México yun doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.