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En esta obra que historiadores, economistas y políticos precisan conocer, Arturo Warman relata de que modo los campesinos de Morelos han logrado sobrevivir y analiza los factores que han vuelto posible, por no decir inevitable, tal sobrevivencia. Warman advierte que si su libro no es historia ni monografía descriptiva ni canción de gesta corre el riesgo de la inexistencia. Convengamos con él en que se trata de un trabajo antropológico, un ensayo de interpretación teórica. El proyecto que articuló la obra remite a una primera pregunta: ¿Cuáles son las fuentes del cambio estructural en el México del siglo XX? El Estado y los campesinos. Y es que ellos son los portadores y protagonistas de la contradicción más grave en el proceso de industrialización tardía y periférica del país. Sin embargo, contradicción no equivale a confrontación, a pesar del episodio zapatista que aquí ha sido ubicado en su justo lugar.

No se trata de un libro neutro. Cuando la Corona española hizo el repartimiento de tierras, los indígenas protestaron y todos los expedientes sobre el problema abren pregonando: «Y venimos a contradecir…» Warman también viene a contradecir. 

La parte central del libro está consagrada al periodo comprendido entre 1875 y 1975. Un análisis histórico de la población, la tecnología, la producción y el nivel de vida, permite a Warman trazar una evolución en cuatro etapas:

Durante la primera, el cultivo de la milpa no se altera. No se introducen innovaciones tecnológicas y permanecen cuantitativa y cualitativamente iguales la superficie, el barbecho y el rendimiento mismo del maíz.

Con el crecimiento y predominio de la hacienda, la población aumenta, y como se encuentra en franca expansión el cultivo de la caña, la exigencia de mano de obra aumenta proporcionalmente. Durante este periodo, el campesino trabaja mucho más, pero su nivel de vida no se ve alterado en modo alguno. A lo largo de esta segunda etapa se hace evidente que si la hacienda no puede intensificar aun más la producción de la tierra, le es preciso eliminar la mano de obra a fin de aumentar su rendimiento. Un intenso deseo de modernización se ha apoderado de la hacienda, que, como no puede transformar a todos los campesinos en obreros agrícolas, se ve amenazada por la presión de los que no tienen tierra ni trabajo asalariado. La insurgencia revolucionaria rompe ese nudo gordiano mediante la ruina violenta de las haciendas y la desaparición de la mitad de la población. Hacia 1920, cuando el desastre ha menguado, la abundancia de buena tierra para el maíz y la cantidad y la calidad de la producción anuncian mejores tiempos para el agricultor. Si el nivel de vida permanece estable, el trabajo, en cambio, es menos duro.

En la tercera estación de este cuadro evolutivo, vemos que la población campesina ha recobrado el nivel de vida de 1910. Mientras corren los años cuarenta, la superficie sembrada de maíz aumenta y aparecen islotes de agricultura intensiva. Poco más tarde, sin que el esfuerzo y la producción dejen de aumentar, la productividad decrece. El nivel de vida permanece estable. Hasta este momento, la totalidad de la producción deriva de combinar recursos locales (hombre, tierra, agua, plantas).

La cuarta etapa arranca cuando promedian los años cincuentas. La usura se da bajo la forma de abonos y adelantos que es necesario pagar emprendiendo nuevos cultivos. El campesino se da cuenta de que si quiere intensificar su producción le es preciso importar recursos: máquinas, gasolina, pesticidas. Las estadísticas transparentan que nunca se produjo tanto ni se trabajó tan duramente como en el año de 1975. El investigador registra que a lo largo de este periodo la explosión demográfica va de la mano con el descenso de la productividad y demuestra cómo para estas fechas los campesinos de Morelos dependen íntegramente del complejo agroalimenticio.

De este modo Arturo Warman traza un esquema donde quedan comprendidos todos los problemas del México contemporáneo: de la reforma agraria, la demografía, y la emigración a los Estados Unidos al sistema político nacional, la religión y la ideología.

El influjo de Chayanov en esta obra que no teme suscitar la pasión es decisivo. El autor describe cómo, en vísperas de la revolución de 1910, y a medida que la hacienda crece y se especializa, los campesinos libres se ven obligados a intensificar sus tareas a fin de cumplir con el exceso de trabajo que la hacienda exige. Los pueblos más próximos al ingenio azucarero son por supuesto, los que más se han visto expropiados: el 90% de su trabajo lo absorbe la hacienda. En otros sitios es la tierra de la comunidad la que sufre la intensificación, pero no sus beneficios. Mientras tanto, la presión demográfica desborda a una hacienda saturada por la oferta de mano de obra e incapaz de proporcionar empleo a todo mundo. Así, el precario equilibrio de la sobrevivencia campesina vacila a partir del momento en que la hacienda no puede asegurar la plena proletarización de los trabajadores. La hacienda no ha querido abrir los ojos, crear alternativas nuevas ante ese peligro que es de paso, el de su existencia misma. Este argumento da mejor cuenta de la explosión zapatista que la legendaria alacena atestada de castigos corporales, servidumbre por deudas, salarios pagados en especie, etc.

El libro de Warman guarda todavía más sorpresas: durante un periodo comprendido entre 1911 y 1914 el zapatismo y la hacienda conviven y se llegan a refinar tres cosechas de caña. En 1914 sobreviene el desastre. El gobierno del general Huerta emprende la «política» de la tierra yerma. Arrasa, incendia. Los carrancistas imitan el procedimiento de 1916 a 1919. A causa de esta política, las haciendas y plantaciones azucareras pasan a mejor vida, y la coyuntura permite una reforma agraria rápida y consecuente. Las cifras son elocuentes: en 1929, 200,000 hectáreas (40% del estado, 75% de las tierras cultivables) fueron repartidas entre 25,000 jefes de familia de 120 comunidades -cosa tanto más operativa cuanto que sólo hacia 1940 Morelos recobraría su población de 1910 (180,000). Después de 1930, principia el gran viraje: «Cuando el maíz dejó de dar» (p. 188 y s.). La expresión no alude a un descenso en la productividad ni a un incremento demográfico. Más bien, connota la entrada en el mercado monetario: se adquieren otros alimentos y se recurre al combustible, los vestidos, la cerveza. La cosecha de maíz que en 1925 hacía vivir a una familia, es insuficiente diez años después. Las nuevas necesidades reclaman dinero y para obtenerlo es preciso aumentar la producción, vender el excedente y conservar lo necesario para el alimento familiar. De ahí, la extensión creciente de los campos, el carácter depredador de la recolección, la aparición de productos nuevos como el arroz, el chile, y, después de 1940, el tomate, el melón, la sandía, el ajo, el sorgo… A partir de 1940 se trabaja el doble para vivir como en 1930.

Y venimos a contradecir… también sabe responder a otras preguntas, entre ellas una fundamental: ¿cuál es el papel que se hace jugar nacionalmente a estos campesinos?. Quien desee responder debe recordar que la industrialización, como extensión de las industrias norteamericanas, es un reflejo de los cambios exteriores en México, entre los que se encuentra el modo en que esa misma industrialización pone a los obreros en posición táctica privilegiada para mejorar su situación. El mecanismo para extraer los excedentes y obligar a crear de ahí otros nuevos (el peso de la formación de capitales) descansa casi por entero sobre los campesinos, es decir sobre las 2/3 partes de la población en 1940 y la mitad en 1970. Gracias a los sesgos de una inflación desigual, los precios de los cereales suben con gran lentitud, mientras los de otros productos se disparan en flecha. De ese modo, entre 1930 y 1940 los precios suben un 100% pero, el maíz sólo un 25%, y eso en un momento en que la población aumenta un 20% y la cosecha un 50%. Tal situación se traduce en un trabajo cada vez más duro, que termina por no rendir; entonces, no le queda al campesino sino una salida: convertirse en obrero agrícola, actividad olvidada entre 1914 y 1934.

Las cifras hablan por sí solas: en 1910 y 1940 hay 180,000 habitantes; en 1960, 380,000; en 1970, 600,000. Después de 1950, se hace sensible la revolución de las carreteras y el barbecho tiende a desaparecer. Desde 1960, la revolución de los abonos, los insecticidas y las máquinas es ya un hecho. La pregunta inevitable es: ¿cómo resistir los riesgos enormes del mercado? El trabajo ha dejado de ser familiar y tampoco es compartido a la manera socialista a capitalista: ya no es un gasto sino una inversión. Parese ilustrativo que los campesinos que trabajan en el cacahuate como aparceros empleen una parte de los abonos que se les dan para éste, en el campo familiar de maíz. Todo eso rinde sus dividendos, pero sólo si se considera la actividad campesina como un todo integral-incluso el maíz rinde, aun cuando no es «objetivamente rentable» sino más bien un modo de almacenamiento.

En 1976, a pesar de la diversificación de los cultivos y de la venta de su trabajo y a causa de ese círculo vicioso que se abre con las deudas del pasado y del porvenir, y se cierra con la falta de capital, los campesinos son poco numerosos para poder conservar su producción de maíz. Los obreros agrícolas se reclutan según dos sistemas: el tradicional de la ayuda mutua («Los invito a ayudarme a cuenta de su recompensa en la cosecha»); el moderno, del contrato, del salario («Doy trabajo a quienes me lo piden»). El primer sistema permite economizar en salarios y funcional, porque como el calendario de los cultivos comerciales es menos rígido que el de los tradicionales, resulta viable la rotación de la fuerza de trabajo. Hay así dos circuitos paralelos de trabajo: el recíproco y el asimétrico.

De 1935 a 1976 en México, el 50% del aumento de la producción se debe a la extensión de las superficies, al aumento de la población y el capital; el resto se debe a la intensificación del trabajo, es decir a las técnicas y a las penas (los trabajos, las aflicciones de los hombres). La mitad de la población rural activa carece de tierra, lo que tiene numerosos efectos sobre el sector industrial. Esa población funciona como ejército de reserva, productor de alimentos a buen precio, mercado de consumidores (aun si son miserables). Da su viabilidad (aun si es temporal) al sistema económico y político. El Estado, dueño de la tierra gracias a la Reforma Agraria, pudo proporcionar una amplia base a su poder. La Ley agraria puso un límite permanente a la acumulación capitalista en el campo: cuando el capital se vuelve demasiado fuerte, parte hacia la ciudad, pues no puede reinvertirse en el campo so pena de ser afectado. Pero eso no quiere decir que la ley agraria haya frenado la usura: la inversión especulativa es un robo salvaje.

El Estado es dueño del sector campesino, dueño absoluto: la tierra es suya, y si es amortizada, cortada del mercado, siempre es utilizada en función del mercado.

Por este camino se llega a comprender mejor un bello texto de Gabriel Zaid, «Las paradojas de la productividad», aparecido en uno de los últimos números del auténtico Plural a principios de 1976: «los marginados del campo, como los de la ciudad, venden tiempo más que productos; son ante todo compradores, no vendedores de alimentos. Si precisamos y decimos: el grueso del intercambio entre el sector urbano moderno y el sector campesino marginado, resulta que es un intercambio terciario: no de productos sino de servicios. íY qué intercambio! Servicios de braceros, criadas, cuidacoches, extras para la industria de espectáculos políticos, a cambio de servicios de control militar, visitas de candidatos presidenciales, estudios económicos, sociológicos y antropológicos, ejercicios espirituales, asesoramiento electoral, tramites burocráticos, educación primaria incompleta y buena para nada, servicios asistenciales parecidos, etc.»

Arturo Warman: Y venimos a contradecir:los campesinos de Morelos y el Estado Nacional. Ediciones de la Casa Chata, México 1976, 351 pp.