La política moderna ha estado cautivada por la imagen del reloj. Desde el primer texto que traza su ambición, ha querido fijar, con un laberinto de resortes y tornillos, la exactitud que ha de gobernar al mundo. La compleja selva de apetitos encontraría modelo en esa admirable máquina de precisión. Implacable jerarquía de horas y de segundos que impone regularidad al día. El orden de la repetición circular. Como un reloj, el Estado pretende ser invento que destierra caprichos y azares. Las manecillas recorren su órbita como espadas insobornables. No se desvían, no se pasman, no se desbocan. Ciegas, insensibles, prosiguen su disciplinada revolución.

Ilustración: José María Martínez

Armemos al poder como embonamos las piezas de un reloj. Juntemos una a una todas las partes y echemos a andar el mecanismo que decreta el tiempo. Ésa es la apuesta hobbesiana. El monstruo de su libro puede verse, no solamente como un gigante hecho de miles de hombres o como un diccionario imperativo, sino también como un despiadado reloj. No hay discusión posible frente al dictado de las horas. Acatar la voluntad del poder como se reconocen las pautas del tiempo. Someterse al soberano equivaldría a aceptar el atardecer. Son las 6 y media de la tarde. Ésta es la ley y eres culpable. Quiero decir que ese proyecto de racionalidad radical que marca la era moderna pretende escapar de lo contingente, someterlo a su engranaje hasta volverlo nada. Ocupar todos los confines de lo posible. Someter a la voluntad del supremo o a la última regla todo lo imaginable para no dejar resquicio alguno a la sorpresa.

La geometría de la política moderna queda sellada ante el azar. Nadie puede perturbar el cómputo del tiempo o el imperio de la ley. El máximo desplante del Leviatán es su dominio absoluto sobre el tiempo y la palabra. El pasado es lo que el soberano quiera recordar; el futuro, sólo lo que el soberano imagina. La soberbia de la previsión: si el poder no concibe el accidente, no habrá hora para él.

Estamos, tal vez, ante la más grave ingenuidad de la razón política. Es el costosísimo olvido de esa prudencia que se tuesta ante el azar. La política no se prueba en la calma. Por eso su timbre verdadero se escucha, no en el pacto de los equilibrios o en los hábitos, sino en los tiempos desquiciados. Por eso, más que en reglas, está en reflejos, astucias, arrojos y cautelas.

Maquiavelo no pensaba en máquinas sino en diosas. A la política le asignaba una tarea de seducción: conquistar a la fortuna reconociendo su gigantesco influjo. La mitad de la historia, si no es que más, era escrita por ella. Si alguien pretendía el mando, debía aceptar que lo invisible reinaba con él. Jamás el poder podría alcanzar el Absoluto porque el azar, lo imprevisible, lo incontrolable, lo sobrehumano ocupaban la mitad del trono. Un político maquiavélico, en realidad, sólo ambicionará un cogobierno.

La política se convierte en El príncipe, en un diálogo con lo ausente. Un boxeo con las sombras. La realidad, eso que el florentino llama con énfasis “realidad efectiva”, es mezcla de hecho y posibilidad. Es la promesa y sobre todo la amenaza que se esconde en todas las cosas. El príncipe no ve solamente lo que existe porque entrevé lo que puede existir. Lo posible resulta más real que lo palpable. Ver es sospechar. La catástrofe se convierte así en la conciencia primordial del sujeto político: el cálculo natural de toda decisión advierte el merodeo del desastre. Por ello la actitud republicana ante lo contingente es radicalmente distinta a la moderna. Prepararse para enfrentar el evento catastrófico, disponerse a la mudanza para adaptarse a la sorpresa, plantarse con determinación ante el desafío. Ahí está, virtud: previsión, agilidad, arrojo.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.