La organización social del contagio es un tema relevante para la antropología, porque el miedo a la contaminación corre siempre por canales conocidos, al seguir divisiones sociales preexistentes.

En los años sesenta del siglo pasado, la antropóloga Mary Douglas escribió el libro Pureza y peligro —considerado un clásico—, donde estudió las representaciones de la contaminación y la pureza en sociedades premodernas. Douglas mostró, por ejemplo, que la diferenciación entre castas, o entre los miembros de un linaje y otro, usualmente iba reforzada por precauciones ritualizadas, que estaban diseñadas para evitar la contaminación de una categoría social a la otra. Es ahí, precisamente, que nacen figuras como la de los “intocables” —personajes impuros, que deben ser evitados a toda costa—. El miedo al contagio suele reforzar las diferencias sociales.

Ilustración: Patricio Betteo

Los temores al contagio por el coronavirus también están trabajando en este mismo sentido. Pongo algunos ejemplos. Una de mis estudiantes chinas en la Universidad de Columbia pensó en volver a su país durante el verano. Ella ya sabía que en China temen el regreso del extranjero de sus conciudadanos; aún así, las medidas de su gobierno la sorprendieron. Al momento de comprar un pasaje de regreso a su país, los chinos tienen que comenzar a reportarse diario, detallando cada uno de sus movimientos y todos sus contactos sociales. Sin esos reportes diarios —certificados electrónicamente con un QR— no los dejan subirse al avión de regreso.

Así, el Estado chino toma medidas de control extremas para atajar su fantasía toral: el desorden puede surgir en cualquier momento, a partir de la organización social informal. El enemigo a vencer sería la libertad de movimiento y de contacto social, y de esa manera se reafirma la paranoia totalitaria. El miedo al contagio consolida la creencia de que en China el orden mana ante todo de la organización estatal del control.

El presidente Trump, por su parte, ha usado al coronavirus para reforzar su guerra comercial con China, y se ha referido a éste en varias ocasiones como “el virus chino”; también ha utilizado el miedo para extremar medidas contra los migrantes, y para acelerar la construcción del muro fronterizo.

En India, el miedo al contagio se está volcando en otras direcciones. El nacionalismo del Partido Popular de la India (el Bharatiya Janata Party, o BJP), que es hoy mayoritario, identifica a la nación con la religión hinduista. Esto afecta especialmente a sus 200 millones de musulmanes, que son la principal “minoría” religiosa de India y que han sufrido frecuentes actos de discriminación y también algunos brotes de violencia extrema a manos de los militantes del BJP.

No sorprende demasiado, entonces, que en India el miedo al contagio del coronavirus se use para tensar todavía más la relación entre hinduistas y mulsulmanes. En el mes de marzo una agrupación musulmana tuvo la pésima idea de organizar una reunión multitudinaria en Delhi —algo parecido a lo que sucedió aquí con el concierto del Foro Sol o las concentraciones políticas organizadas por el presidente López Obrador—, sólo que con la mala fortuna de que allá sí hubo muchos contagios.

El caso ha sido aprovechado por el radicalismo hinduista, cuyos militantes ahora dicen que los musulmanes son “bombas humanas” que buscan guerrear contra la mayoría hinduista a partir de un imaginada y supuesta “coronayihad”. La paranoia de que los musulmanes querrían destruir a la India desde adentro ha generado también actos de violencia, jóvenes musulmanes golpeados y también boicots informales a los comerciantes mahometanos, rumores de que la leche que venden está contaminada de coronavirus, por ejemplo. De esta manera, los efectos económicos perversos del coronavirus están golpeando en especial a la población musulmana de la India.

En todo el mundo, el coronavirus está acrecentando el miedo al migrante. Estados Unidos ya no permite que los solicitantes de asilo permanezcan en su país y los está remitiendo ya de oficio a México. China, por su parte, cerró su frontera con Rusia (así como antes, los rusos se la habían cerrado a los chinos), mientras en su provincia de Guangzhou están echando a los africanos de albergues y hoteles, supuestamente porque representan un peligro de contagio. En Europa también se ha agudizado la paranoia contra los migrantes; en México hay indicios de que se comienza a ver a algunos migrantes centro y sudamericanos con sospecha.

En resumen, el miedo al contagio refuerza grietas sociales preexistentes. La polarización política, las tensiones religiosas, el racismo, el clasismo y la diferenciación entre ciudadanos y extranjeros pueden convertirse en el foco obsesivo de angustias colectivas, que se traducen en actos discriminatorios y violentos.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.