Reencarnación de Usher. En El décimo hombre Graham Greene usó el recurso narrativo de hablar de una vieja casona del siglo pasado como si hablara de una mujer; así, contó los años que habían pasado sobre ella como una sombra alterada sobre los muros de ladrillo. Si se pudiera escribir la novela de la colonia Condesa, habría que hablar del edificio Plaza -que une con su cuerpo la avenida Nuevo León y la de Tamaulipas -como de un gigante orgulloso y vencido, de edad avanzada, con la cara surcada por las arrugas del yeso que nunca se reparó. Por supuesto, nadie pensó que aquel gigantón lerdo e inservible podía tener algún futuro después del terremoto de 1985. Al contrario, sus días estaban contados se le diagnosticó una enfermedad incurable después del bamboleo de esa mañana de septiembre. El gigantón se despedía, y la ceremonia del adiós era una amenazadora inclinación para saludar a las palmeras del camellón de Tamaulipas. Pero ahora resulta que así como esta, con su tipo de anciano inútil, sombrío, inacabado, sin más función que la de albergar al cine Auditorio Plaza, no le faltó algún genial funcionario al que se le ocurriera que ese viejo enorme podía hospedar las oficinas de la Procuraduría del D.F..
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