Toda la historia de México parece estar escrita exclusivamente desde el punto de vista racial. La discusión se reduce, en apariencia, a proclamar e imponer la superioridad de una de las dos razas, y lo peor es que no resulta una discusión doméstica, porque plumas extranjeras han intervenido y siguen interviniendo en la confección de nuestra historia, con muy aviesos fines. El trabajo de nuestros historiadores parece un encuentro de pugilato entre indianistas e hispanistas, siendo el réferi extranjero.

La teoría de que México es necesariamente indígena, español o mestizo es una base falsa para definir nuestra personalidad. Lo español no es una sola raza, sino muchas y muy diversas. España fue formada por iberos, celtas, romanos, griegos, fenicios, hebreos, árabes, godos, bereberes, gitanos, y cada uno de esos grupos estaba a su vez muy mezclado. ¿De cuál raza han sido los españoles y los portugueses que han venido a las Américas en cuatrocientos años?

Fotografía: kgb88, Bajo licencia de Creative Commons SA 3.0.

En los tiempos modernos se han sumado a las poblaciones de España, Portugal y de la América Hispana otras razas, mejor dicho, todas las razas del mundo en cantidades muy considerables. Tampoco los indígenas de las Américas parecen ser de una sola raza, a juzgar por su diversidad de tipo, costumbres, lenguaje y grado de cultura a que llegaron por sí mismos.

Las consecuencias de la tesis o la teoría racial, con exclusión de cualquiera otra, son muy graves. El antagonismo de razas está exacerbado. La conquista de México por Hernán Cortés y sus huestes parece que fue ayer. Tiene más actualidad, en cualquier momento, que los desaguisados de Pancho Villa. No parece que hayan sido a principios del siglo XVI, el asalto al gran Teocalli y la Noche Triste y la destrucción de Tenochtitlán, sino el año pasado, ayer mismo. Se habla de ello con el mismo encono con que pudo haberse hablado del mismo tema en tiempos del virrey don Antonio de Mendoza. Este antagonismo es fatal porque todas las razas son orgullosas en extremo. Ninguna admite la derrota y la sumisión definitiva. Reconocen haber perdido una batalla, pero esperan la revancha, que puede tardar, pero vendrá sin remedio algún día en que los vencidos de ayer serán los vencedores. Esta es, precisamente, la lepra de las guerras de independencia, lepra extranjera, mueras a los españoles. Bolívar les prometía la fuerza, fueran culpables o inocentes. Era un odiador profesional, encomendero del otro bando. Más tarde, reconoció que había arado en el agua.

Para lograr la unidad, la paz y el progreso bastaría, tal vez, con acabar para siempre con la cuestión racial. Ya no volver a hablar nunca de indios, españoles y mestizos. Relegar a los estudios puramente especulativos lo referente a la conquista y volver a colocar ésta en el lugar que le corresponde, y que no es otro que el siglo XVI. Tratar al indio no como “indio”, sino como hombre, igual a los demás hombres, como trataríamos a los andaluces y los vascos. Si hay un Departamento de Asuntos Indígenas, ¿por qué no uno de Asuntos Mestizos o Criollos? El de Asuntos Indígenas suena a Departamento de Pobres Diablos, Departamento de Infelices Menores de Edad que jamás pueden hacer nada por sí mismos y que necesitan que gente de otras razas piense por ellos y los provea graciosamente de cuanto les hace falta con el pretexto de los tres siglos de explotación colonial, magnífico truco para la holganza con el lema de “hay que darle la razón al indio aunque no la tenga”, como a los locos del manicomio se les da por su lado para que no se enfurezcan, aunque los indios no tengan nada de locos. Un departamento de viciosos o de enfermos sería menos humillante. Las razas indígenas no serían otra cosa que un sumando más en el total de razas que forman lo hispánico, en la misma categoría y derecho que cualquiera de ellos. Ya no habría por qué hablar del león y sus cachorros, o de la madre y sus hijos. Todos seríamos el león y todos la madre España, de Cataluña al Perú y de Chihuahua a la Patagonia. La metrópoli podría ser cualquier lugar del mundo en donde gente hispánica viva su vida, piense lo que piense, ame lo que ame.

Fuente: José Clemente Orozco, Autobiografía. Ediciones Occidente, México, 1945.