Voy con mi amiga en una lancha despostillada pero rápida que heredó de su abuelo pescador en un deslumbrante rincón del Pacífico.

Ella la mandó rehacer pero el casco tiene aún el nombre con el que la llamaba el padre de su madre: Caballito de mar le decía, porque de niña era flaca como un pez aguja y los hipocampos son una ramificación en el árbol de los aguja.

“Por eso se llama así esta lancha”, dice mi amiga. “Y porque me gusta cabalgar en ella”.

Sin duda. La maneja como si el timón fuera una rienda y me lleva a brincar las olas como si yo no tuviera menos de siete mil noches por delante. Me reta a salir lejos del embarcadero, para ver si encontramos algo que nos deslumbre. Dice que a veces ve delfines así de cerca de la orilla, pero que si no, algún cardumen habrá. Además, si nos ponemos listas —me incluye en su delirio—, podemos perseguir al sol hasta verlo hundirse en el mar. Le alego que ese dios está a punto de ponerse tras una loma cerca de donde nos embarcamos, pero ella dice que lo mejor es verlo contra el agua. Y sí, al poquito de andar damos un vuelta y el sol aparece en el horizonte.

Lo que puede hacer la naturaleza con nosotros: todo se trastoca lo mismo si lo roza el azar que si nos empeñamos en verlo de otro lado.

Yo vengo, como tantos, de la tierra. Nací frente a dos volcanes, veinte años antes de llegar a vivir en la seductora aunque arisca Ciudad de México. Mi otra tierra.

Allá encontré, nacieron y viven muchos de mis muy queridos. Sé que por eso he de volver a ella, en dos días.

Mientras, andamos sobre el mar. Tomo a mi amiga de la cintura para no salir volando de su enardecida lancha. Y la sigo esta tarde que empieza a teñirse de naranja. Hay pocas nubes, pero el viento las ha estirado hasta adelgazarlas. El sol sigue bajando y las alcanza. Entonces, despacio, mi amiga aprieta la rienda y la barquita empieza a detenerse hasta que se apaga el motor y nos quedamos flotando en silencio.

“Va a oscurecer antes de que podamos regresar”, le digo, no como una advertencia sino como quien echa al agua una plegaria.

“Mira para atrás”, me responde.

Más arriba que el sol, la luna ha empezado a notarse. Una luna de tres cuartos plateados, contundente, que será llena cuando ya no podremos verla sobre el mar, sino entre los tejados, a medias, oculta por los tinacos y los edificios. El nueve de marzo, justo la fecha del día del paro feminista.

Ese día la veremos quién sabe con qué apuro. Hoy nos tiene en vilo.

Imposible quebrar el silencio. A la valiente naturaleza no le importamos nada. Y por eso nos desarma. A ver quién se atreve a recordar que existe el espanto en alguna otra parte.

Luego hay que volver. Y vamos de regreso, otra vez, saltando: “Mira un cardumen”, dice ella. “Allí, enfrente, a las doce.” Levanta su brazo y me enseña, mero enfrente a nosotros. “A la una”, dice y veo cómo el cardumen se mueve hacia la derecha. Es un banco de peces, una multitud que se mueve al unísono. “Son mantarrayas”, dice. Y yo las busco en el horizonte. Veo que algunas brincan y abren una especie de cresta. Según yo están lejos pero vamos hacia ellas. De pronto, mero frente a nosotros, salta una. Tiene como una cresta y la extiende, la abre para volar, como si fueran dos alas. Nos maravilla. Un segundo se detuvo en el aire, como si hubiera querido que la viéramos. Aunque no. Ella, lo mismo que todo alrededor, hace su vida sin necesidad de que nadie la mire. No para marcarnos, no para volverse inolvidable, sólo para existir. Claro que ni lo sabe ni le importa, pero su breve vuelo se ha metido en nosotros, se queda entre mis ojos, en mi frente, en mi frente y después no sé en qué lugar del cerebro que desde arriba fortalece la espiral que soy.

Una tarde, una luna, un sol, una mantarraya inolvidables.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Volvemos al refugio de mi amiga. Tiene un terreno en medio del que ha plantado una palapa de treinta metros de largo por seis de ancho. Ella, como yo, vive en CDMX y ha de volver conmigo el sábado. Es neuróloga y siquiatra. No le gustará que yo lo diga, pero es tan inteligente como intrépida, y tan intrépida como sólo puede ser la vejez que aún no tiene. Por eso digo que es rica, y porque posee una curiosidad del tamaño de la bolsa de valores y una capacidad para contar y oír historias sólo propia del mar que tanto la fascina.

En la mañana habíamos estado caminando, para arriba y para abajo, una playa en la que luego nos metimos en busca de las olas. Una playa color terracota, hecha de piedras diminutas, que me recuerda la niñez. Tanta era mi capacidad para sentir nostalgia de lo no visto, cuando apenas tenía nueve años, que un enero le pedí a mi prima Alicia que al volver de Acapulco me llevara un poco de arena. Se lo conté a mi amiga mientras andábamos caminando. “¿Quieres llevarte ahora?”. Dije que no. Que con sentirla bajo los pies. Que con seguir evocando tendré suficiente. De mi prima pasé a sus hermanos y de ahí a la librería que tiene uno de ellos, casado con una vivaz mujer de Monterrey a la que le ha gustado la película de mi hija Catalina que entre las muchas cosas que hace tan bien, según yo, ha de contar un día la serpentina de historias que le he contado tantos años.

“Ésa la tienes que contar tú”, me dice la Caballito de Mar. Lo sabe porque he pasado tres días hablando de ella. Esa serpentina que a veces empieza en mi hermana y pasa por su suegra que era hermana de la esposa del dueño de un periódico que luego tuvo tres hijas, una de las cuales tuvo un hijo cuyo tío lo metió a la cárcel porque le robó una pata a su caja fuerte. Una serpentina que va de mi hermana a una amiga suya que tiene ojos azules y boca risueña, bisnieta de un hombre que llegó a ser tan rico que una sola de sus varias haciendas iba desde la falda de los volcanes hasta el mar en Veracruz. Este señor tan rico que tuvo un hijo que por sólo ser hijo de rico le quitó la novia a un hermano de mi abuelo que de la pura tristeza se fue a la Revolución y de ahí a formar parte del Congreso Constituyente en 1917. Una serpentina que sale de mi madre a mi tía Julia, la hermana de su padre, la mamá de Conchita Macedo a quien nunca le gustó llamarse con ese nombre y que por eso se lo cambió a Rita cuando se volvió una actriz tan preciosa como triste. Una serpentina que sale de mi padre y va por él a Italia para traerlo de regreso a Puebla en donde mi madre estaba tratando de sobrevivir a la serenata de un novio al que juró no prenderle la luz de su ventana. Un novio cuyo hermano heredó la fortuna mal ganada de otro hombre que a su vez era jefe del tío que metió al sobrino a la cárcel. Y así hasta el infinito. Una serpentina que sale de mi hermano el menor y va hasta su esposa que es la hija de una amiga veinte años mayor a quien tanto quise que le compré una tumba en el Panteón de Dolores, muy cerca de la Rotonda que antes se llamaba de los Hombres Ilustres y ahora, con toda pertinencia, se llama de las Personas Ilustres. Una serpentina que da vueltas por el novio de una mujer que lo dejó para casarse con un millonario que, años después y tras varios hijos, se quitó la vida igual que se la había quitado su madre, la mujer que fue esposa del hermano de un novio que mi madre tuvo cerca por unos días y en el centro de su imaginación por muchos años.

Una serpentina, en fin, de tal tamaño, que parece un enjambre irresoluble que sólo yo he de resolver.

Se lo ruego a la luna de esa noche y antes de irme a dormir abro el libro con las memorias de Rita Macedo. Otro enjambre, pero ya bien resuelto por Cecilia Fuentes, su hija, hermana de Julissa y de Luis de Llano, nieta de mi tía Julia, la única persona que en mi adolescencia fue capaz de creer que yo podría ser escritora. No supo ella que su hija Rita escribiría unas memorias inconclusas, como todas lo son, en el que mostraría un cerebro grande entre los de su especie y unas alas fugaces. Una criatura fascinante y misteriosa como la mantarraya que saltó, entre las otras, iluminando el horizonte.

Ya hablaré de ella, para tomar una punta de la misma serpentina y alcanzarla en alguna parte de nuestros ancestros.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “La mantarraya inolvidable

  1. Nada como un dia de serpentinas que todo promete,como un 1 de enero despues de la fiesta del 31