Las democracias están bajo acoso. Luego del optimismo que irradiaron las transiciones que desmontaron regímenes totalitarios, dictatoriales y autoritarios, una sombra universal parece poner en jaque la reproducción de los sistemas democráticos. Si a fines del siglo pasado parecía que la ola democratizadora era expansiva, hoy las viejas y nuevas democracias se ven reblandecidas por un fenómeno al que genéricamente se denomina populismo.

Ilustración: Alberto Caudillo

El populismo —dice Jan-Werner Müller— conjuga elementos: un discurso antielitista y un rechazo al pluralismo, entre otros. Al pluralismo se le opone la idea de un pueblo unitario, sin fisuras, que logra su expresión a través de una figura carismática que le ofrece voz y representación. Y por ello, se convierte en un auténtico peligro para la democracia, cuya idea fuerza es que en la sociedad palpitan intereses, visiones y proyectos distintos que requieren de un entramado normativo e institucional para su convivencia y competencia. El populismo, nos dice, “es una peculiar imaginación moralista de la política, una forma de percibir el mundo político que sitúa a un pueblo moralmente puro y totalmente unido —pero ficticio— en contra de las élites consideradas corruptas o moralmente inferiores”. (¿Qué es el populismo?, Grano de Sal, 2017).

El populismo explota y ofrece cauce a un malestar que tiene nutrientes poderosos. La corrupción, “las promesas incumplidas de la democracia” como diría Bobbio, la pérdida de empleos o la erosión de los salarios, la incertidumbre fruto de procesos globalizadores que le “mueven el piso” a las personas, los flujos migratorios masivos, y entre nosotros, la violencia y la inseguridad, la falta de crecimiento económico y las ancestrales desigualdades, son un caldo de cultivo propicio para que el discurso y la oferta populista reciban un fuerte apoyo.

El populismo nace y crece en marcos democráticos y los subvierte desde dentro. Las democracias ya no mueren por golpes de Estado militares como en el pasado, sino se deterioran paulatinamente porque líderes electos atentan contra sus principios e instituciones. Esa es la tesis central de Levitsky y Ziblatt (Cómo mueren las democracias, Ariel, 2018). Esos dirigentes desprecian las reglas del “juego” democrático, “niegan la legitimidad de sus oponentes”, alientan un discurso intolerante y no valoran las libertades civiles. Además, atentan contra las propias instituciones estatales que no se encuentran alineadas a sus designios y contra el equilibrio de pesos y contrapesos que es connatural a la democracia.

Ece Temelkuran realiza una crónica viva de lo que sucedió en Turquía, pero ampliando a cada paso el marco de su visión, con múltiples ejemplos de diferentes latitudes. Y de manera aguda ilustra “los pasos de la democracia a la dictadura” en su libro Cómo perder un país (Anagrama, 2019). Erdogan fue capaz de construir un movimiento-partido que habla a nombre del pueblo real, mantiene una relación equívoca y acomodaticia con la verdad, desprecia el conocimiento y “normaliza la desvergüenza”, desmanteló los mecanismos judiciales y políticos (todo antes de él estaba podrido), redujo las libertades de las mujeres, hasta lograr que una incipiente democracia se convirtiera en una asentada dictadura.

Por ello, no es casual que un autor como Timothy Snyder haya publicado un pequeño libro (casi un recetario): Sobre la tiranía (Galaxia Gutenberg, 2017). Su premisa es que el orden político democrático está amenazado, de ahí la necesidad de extraer una serie de lecciones de la historia del siglo XX. Plantea, entre otras, la necesidad de apuntalar los sistemas multipartidistas, cerrarles el paso a los discursos y símbolos del odio, preservar las libertades, cuidar el lenguaje y la verdad, generar fuentes de información confiables, defender la vida privada, fortalecer las organizaciones de la sociedad civil. Se trata de recomendaciones para hacer frente a todo aquello que tiende a erosionar a la democracia, porque la historia no está escrita, sino que se está escribiendo.

La democracia tiene que ver con una serie de procedimientos que si se trastocan tienden a desvirtuarla hasta convertirla en su contrario. Uno fundamental es el electoral. Conocemos, evaluamos y actuamos en la punta de un iceberg y no solemos observar lo que lo sostiene. Vemos la postulación de candidatos y sus campañas y el día de los comicios votamos, pero para que ese método estratégico funcione se requiere de un entramado que suele no apreciarse. Ciro Murayama, con buen tino, devela esa construcción colectiva, en su libro La democracia a prueba (Cal y Arena, 2019). Se trata de un texto pedagógico en tiempos de desconcierto que ayuda a apreciar lo que debemos resguardar: la participación de los ciudadanos en la organización electoral, la conformación de un padrón confiable, los métodos de cómputo de los votos y su difusión pública, las posibilidades de registro y muerte de  partidos políticos, las candidaturas independientes, el comportamiento de la radio y la televisión, los debates presidenciales, la fiscalización de los recursos de los partidos, la justicia electoral. Se trata de entender y valorar todo aquello que hace posible que las elecciones sean libres y equitativas y que debe ser defendido porque si ello se deteriora la vida democrática también.

Cinco alarmas. Seis autores. Cinco libros.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

Un comentario en “Cinco libros, cinco alarmas

  1. Qué importante y claro tu artículo, querido Pepe; toda coincidencia con nuestra realidad, es verdadera…