Para Miguel Fernández de Castro

Apenas se iba asentando en mi interior la imagen de millones de animales calcinados en los incendios de Australia, cuando Miguel me hizo notar otra parte de la historia: en la región de Anangu Pitjantjatjara Yankunytjatjara (APY), el gobierno australiano lleva a cabo una campaña para exterminar una plaga de 10 000 camellos salvajes que asolan poblados indígenas y consumen la escasísima agua. Los camellos, por supuesto, no son originarios de Australia, sino que fueron introducidos por los colonos ingleses hace menos de dos siglos. Para eliminarlos se les dispara desde helicópteros; las notas mencionan que se trata de una operación rutinaria que ha tenido lugar en otras ocasiones y que no es consecuencia de los incendios, sino de la sequía devastadora. El exterminio se ejecuta con el desapego característico de las burocracias modernas: sin atribuirle ningún significado más allá de la necesidad de controlar y proteger poblaciones. Pero un sacrificio de esas proporciones necesariamente desborda el entendimiento estrictamente secular.

Ilustración: Raquel Moreno

El holocausto de los camellos me recordó uno de los episodios más peculiares en la historia del siglo XIX africano. Sucedió en el año de 1856 en Xhosaland, la región sureste de lo que hoy es Sudáfrica, cuando una niña profeta llamada Nongqawuse llevó a sus seguidores a sacrificar miles de cabezas de ganado con la promesa de que los muertos resucitarían y vendría el inicio de un mundo nuevo. Se le ha llamado “el suicidio nacional de los xhosas” por la devastación y las hambrunas que produjo. Pero la manera en que la administración colonial británica aprovechó la situación para el acaparamiento de tierras sugiere que no todo el sufrimiento fue autoinfligido.

Apenas una década antes, los xhosas (la x se pronuncia con un chasquido de la lengua o “clic”) habían perdido la mitad de su territorio y parte de su autonomía política después de una guerra contra la administración colonial británica establecida en el cabo. En 1847, el día del armisticio, sir Harry Smith mandó llamar a Maqoma, el jefe xhosa que más se había distinguido en la guerra, y le preguntó: ¿quién es el gran jefe de los xhosas? Maqoma contestó que era Sarhili, quien vivía en los territorios independientes. Smith le puso la bota en el cuello y le dijo que el gran jefe era él y que los xhosas eran sus perros. De ahí partieron en un recorrido por los recién adquiridos territorios durante el cual besarle la bota a sir Harry Smith se estableció como el saludo oficial. Así inició la experiencia colonial para los xhosas.

Entre las medidas que impuso la administración colonial estaba la prohibición del pago de la dote, uno de los contratos sociales más importantes en muchas sociedades africanas y que consiste generalmente en entregar un número de vacas a los padres de la novia. Se estableció también que cualquier conflicto civil que involucrara a una vaca tendría que resolverse sacrificando al animal en disputa. Sir Harry Smith consideraba que “la raíz de todo el mal” era el amor que los xhosas tenían por su ganado y que sería deseable que poco a poco las vacas se sustituyeran por cabras y borregos. Pero una de las disposiciones que más confusión y resistencia generaron fue la prohibición de todas las actividades rituales dirigidas a combatir la brujería. Era como si el gobierno colonial les estuviera abriendo la puerta a las brujas para que destruyeran a los xhosas desde adentro. Llegó la gran sequía de 1850 y después una epidemia de tuberculosis del ganado; la administración colonial dispuso el aislamiento y sacrificio de todos los animales contagiados. Los xhosas por su parte le atribuyeron las catástrofes a la proliferación de la brujería, la maldad y la impureza entre la gente.

Fue en esos años que cobraron fuerza las visiones y profecías de una niña de 11 años que había perdido a sus padres en la guerra y que fue criada por su tío Mhlakaza, quien predicaba una versión propia del cristianismo que había formado durante una estancia en el cabo. Nongqawuse se acercaba al mar y recibía visitas de gente extraña que anunciaba la venida de “la gente nueva”. El mensaje de la niña era que los xhosas debían sacrificar su ganado, dejar los campos sin cultivar y abandonar la brujería. De cumplir generosamente el mandato, algún día iba a levantarse en el cielo un sol rojo para anunciar la resurrección de los ancestros y del ganado, los campos iban a cultivarse solos y sería el comienzo de un mundo puro y desprovisto de maldad. Muchos siguieron a la niña y acusaron de avaricia a los incrédulos. Se calcula que fueron sacrificadas medio millón de vacas. Cinco años después la población xhosa había disminuido casi a la mitad. Los ingleses aprovecharon la catástrofe para apoderarse de 250 000 hectáreas de tierras xhosas devastadas por la profecía.

Nunca he sabido muy bien qué hacer con la historia de Nongqawuse y los xhosas, pero me viene seguido a la mente. Creo que en ese choque entre dos maneras tan radicalmente distintas de concebir al animal y de entender la relación entre violencia, sacrificio y futuro se encierra algo que importa repensar hoy.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.