En la noche entre el 3 y el 4 de junio de 1629, el galeón Batavia, con algo más de 340 pasajeros, encalló en un arrecife de coral, al norte del pequeño archipiélago de Houtman Abrolhos, cerca de la costa occidental de Australia. Era un barco de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales que viajaba del puerto holandés de Texel a Java, una travesía de 15 000 millas náuticas, que suponía entonces un viaje de alrededor de ocho meses.

El sobrecargo, responsable del barco, Francisco Pelsaert (mujeriego y algo tramposo, pero vamos a dejarlo), decidió trasladar a los náufragos, junto con lo que se pudo salvar de agua, comida y herramientas, a un islote cercano: apenas una lengua de tierra de unos 450 metros de largo, 250 de ancho, y que se conocería como Cementerio del Batavia. Parte de la tripulación, algunos soldados, se quedaron todavía en el galeón hasta beber todo el alcohol que había a bordo, trataron de romper los cofres del cargamento de monedas —el naufragio inauguraba un mundo nuevo.

Ilustración: Estelí Meza

Pelsaert decidió emplear el esquife para tratar de llegar a Yakarta, y pedir ayuda. Era imposible que fuesen todos, de modo que hizo los preparativos en secreto, junto con el segundo de a bordo, el piloto Ariaen Jacobsz. Y se hicieron a la mar a escondidas, junto con los 48 pasajeros que podía soportar el esquife. Era un gesto valiente, porque tenían que navegar durante días, semanas tal vez, en una embarcación sumamente frágil, pero también significaba salvarse, o tratar de salvarse por su cuenta. No es difícil imaginar el sentimiento de desamparo de los casi 300 náufragos que se vieron abandonados del capitán, no es difícil entender que se volviesen hacia la tercera figura de autoridad en el barco, el asistente, Jeronimus Cornelisz, que era además un hombre de una elocuencia extraordinaria, hipnótica.

Inmediatamente, comenzó Cornelisz a organizar la vida en el islote. Formó un consejo de gobierno con gente que le era adicta. Su primera decisión fue someter a juicio a un marinero acusado de haber robado botellas de vino en el barco: fue condenado a muerte y ejecutado en ese mismo momento. Y así comenzó todo. Días después fueron dos carpinteros, acusados de fabricar a escondidas un esquife para huir. Y con cada asesinato aumentaba su autoridad.

Cornelisz era de una familia de comerciantes, acaso la persona de mayor estatus social en el Batavia. En los Países Bajos había sido boticario, que era una profesión muy lucrativa. Es decir, que normalmente no hubiese habido motivo para que aceptase el riesgo de un viaje semejante. Pero las cosas no habían ido bien. Cuando se embarcó era un hombre vencido: su empresa había resultado ruinosa, estaba asfixiado por deudas que no podía pagar y lo perseguía la justicia, no tenía nada que perder. Abandonó a su esposa y a su hija, y puso rumbo a Java.

Antes del naufragio, había comenzado a fraguar un plan junto con el piloto Jacobsz para hacerse con el Batavia; tenían la idea de apoderarse del cargamento, dedicarse a la piratería en el océano Índico, y terminar sus días felizmente en algún puerto español —fuera del alcance de las autoridades holandesas. Ya en el islote, comenzó a planear el modo de hacerse con el barco que acaso llegara para rescatarlos. El problema era que para eso necesitaba el apoyo de la mayoría de los náufragos, y no lo tenía. Sólo unos cuantos estaban conjurados, no más de una sexta parte. La alternativa era muy simple: tenía que persuadir a otros más para que se le uniesen o reducir el número de supervivientes hasta que los suyos fuesen la mayoría. Era el mismo motín que había imaginado, pero ahora sin límites. Comenzó el exterminio.

Convenció a muchos de que aceptasen ser trasladados a otros islotes, los llevó en grupos, con la promesa de llevarles más tarde agua y comida. Y los dejó abandonados, para que muriesen de sed. A los que quedaron los sometió por el miedo. Impuso a todos un juramento, y les exigía que demostrasen su lealtad asesinando a otro de los náufragos —de modo que todos fuesen igualmente culpables. Se dio el título de capitán general.

La elocuencia de Cornelisz, su extraordinario poder de convicción, estaba sostenido por una doctrina. El antiguo boticario estaba convencido de que cada una de sus acciones había sido inspirada por Dios, de modo que podía hacer cualquier cosa. Profesaba una especie de antinomianismo elemental, una versión retorcida de la tradición anabaptista de su familia, mezclada con las enseñanzas esotéricas, aureoladas de satanismo, del círculo de Johannes van der Beeck, Torrentius, un pintor que había escandalizado a la sociedad holandesa por su modo de vida; poco antes de que Cornelisz se embarcara, Torrentius había sido acusado de herejía y encarcelado —y se habían quemado todos sus cuadros.

Casi dos meses después llegó Pelsaert con el barco de rescate, el Sardam. Cornelisz fue ejecutado. Sobrevivieron 70 de los náufragos. Del otro naufragio, el de Torrentius, no quedó casi rastro: se conserva únicamente un cuadro suyo, una estremecedora obra maestra.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.