El muro de Berlín se colapsó hace casi treinta años. La caída del régimen socialista de la República Democrática Alemana trajo consigo el fin de la Guerra Fría y el restablecimiento de una Europa que, libre de la hegemonía soviética, habría superado la división de la posguerra y se habría sumado al movimiento homogeneizador que en apariencia impulsaban la globalización y el triunfo de la democracia liberal, convertida en modelo universal. Hoy, sin embargo, el ascenso de los nacionalismos y de los populismos nos habla de una diferenciación internacional y de nuevas divisiones complejas que no fueron  previstas cuando el entusiasmo de los primeros meses del cambio nubló la perspectiva de análisis de mediano plazo.

El triunfo de Donald Trump y la salida del Reino Unido de la Unión Europea son dos acontecimientos antes impensables, que emblematizan el giro inesperado que dio la política internacional, y con ella muchas políticas nacionales. Tanto uno como otro representan la diversificación del escenario internacional, la aparición de fórmulas políticas que sólo son similares en términos generales, pero que vistas con detenimiento muestran particularidades notables. Así pues, el resultado de la globalización y del fin del socialismo soviético no fue la homogeneidad liberal, si es que existe, reforzada por la desaparición de las fronteras comerciales, sino que más bien provocó el estallido de las diversas reacciones a los efectos de esas grandes causas, en particular a la división entre ganadores y perdedores de la globalización.

Ilustración: Kathia Recio

¿Qué tienen en común Hungría y Polonia con Bolivia y Nicaragua? ¿La forma de gobierno del presidente turco Erdogan es similar a la de Donald Trump? Difícilmente. El pasado de cada uno de estos países es distinto, tampoco son comparables su morfología social o los temas de disputa política que los conmueven. No obstante, el populismo es la referencia común a todos ellos.

Lo que el populismo significa es que estos países también tienen en común el rechazo antielitista, la reacción defensiva contra la globalización, el señalamiento del enemigo interno como una amenaza aun más temible que el mundo exterior, el cuestionamiento de las instituciones intermedias y la búsqueda de un líder autoritario que enfrente las presiones del mercado, del pluralismo político y de las libertades individuales. No obstante, en adición a estos rasgos generales, se plantean temas puntuales distintivos; en algunos casos recuperan la moralidad tradicional que acompaña el fortalecimiento de la religión como instrumento de control social; en otros, el racismo antiinmigrante es la causa fundamental del nacional populismo, como se ha desarrollado en Polonia, por ejemplo.

La incertidumbre que genera el populismo en la política interna es análoga a la que caracteriza al mundo de las relaciones internacionales, y conduce a una reconsideración del orden que propició la Guerra Fría. En ese contexto, Estados Unidos y la Unión Soviética sostenían su hegemonía en un liderazgo político y moral que han abandonado. Hoy en cambio, su estrategia consiste en mantener la incertidumbre, es decir, que no ha desaparecido la amenaza de una conflagración nuclear. Se trata de sostener una estabilidad precaria apoyada en el equilibrio de fuerzas, antes que en reglas explícitas, voluntariamente acordadas. Prefieren ejercer la dominación de manera abierta y brutal, aunque no deje mucho espacio a la negociación.

El desconocimiento del presidente de Estados Unidos de la política internacional ha puesto en tela de juicio las instituciones con las que se construyó el orden mundial de la posguerra, en 1945. De suerte que Naciones Unidas, la OTAN, la Unesco, que fueron creadas como formas civilizadas de ejercicio de la hegemonía de Estados Unidos —y en cierta forma también de la Unión Soviética—, han sido objeto de desdén por parte de Donald Trump, que considera que son onerosas e innecesarias porque aborrece el multilateralismo. Él prefiere el trato bilateral y directo entre los líderes, en un entorno que le permite ser tan intimidatorio como le gusta, como disfruta serlo y como le funciona.

El gobierno de Estados Unidos es hoy más indiferente que nunca a los derechos humanos y a la democracia en otros países. Paradójicamente, el populismo de Trump ha reforzado —y refuerza todavía— las regresiones antidemocráticas que aparecieron antes en América Latina y en Europa. En ese sentido, no sentó un ejemplo, pero si no fue el iniciador de esa tendencia hoy presente en casi todo el mundo, la ha llevado mucho más lejos que otros a los que ha legitimado. La probable reelección de Donald Trump el próximo mes de noviembre no resolverá problemas pendientes, sino que va a profundizar la incertidumbre actual al mismo tiempo que, será un freno a la globalización y a la democracia liberal que fueron antes las portadoras del mundo incierto.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

Un comentario en “El incierto mundo del siglo XXI

  1. Aunque es mejor una democracia defectuosa que el populismo, en un ejercicio reflexivo hay que reconocer que en México está dejó muchas deudas. No la democracia sino las personas de la democracia. No estuvieron a la altura. De hecho dejaron una desgracia de inseguridad y otras calamidades especialmente para los pobres.