Uno de los mayores logros de la humanidad, acaso el más trascendental, es la mejoría en la salud individual y la de la población. Asimismo, unos de los grandes fracasos humanos son las enormes diferencias entre la salud de los individuos y de las naciones.

Los países que no cuidan y no proveen salud a sus habitantes fracasan. No hay rubro que no se afecte cuando la salud es pobre; destacan derechos humanos, escolaridad, desarrollo cerebral in utero, longevidad, economía, y techo. Sintetizo: buena salud individual y nacional; países exitosos. Mala salud individual y nacional; países mediocres. Mediocre conlleva varias observaciones, pobreza es la principal: pobreza por estadistas rateros, por haber sido naciones colonizadas y expoliadas, porque la Naturaleza no las favoreció, i. e., tierras infértiles, poco petróleo y agua escasa sin olvidar la presencia de guerras, fratricidas o ajenas, cuyo saldo devastador repercute en la salud.

Ilustración: Kathia Recio

La salud, y su contraparte, la insalubridad, divide al mundo en dos: países con niveles de vida dignos, países con niveles indignos. El salvaje neoliberalismo, una de las razones esgrimidas por economistas avezados para explicar la polarización actual del mundo, ha aumentado las brechas entre las naciones y ha desvelado la insensibilidad de quienes detentan el poder: no distribuir el conocimiento y la ciencia conlleva diferencias abismales, groseras. Leo en el fragmento inicial del Cohelet, “…donde hay mucha ciencia hay mucha molestia, y creciendo el saber crece el dolor”. El Cohelet, en hebreo, Libro del Eclesiastés, es un texto del Antiguo Testamento. Se desconoce cuándo fue escrito, quizás entre los siglos V y II antes de nuestra era. Su vigencia es innegable: si la ciencia no se aplica y no se distribuye, pero se conoce cómo viven otros —“los ricos”— y cómo mueren los seres cercanos —“los pobres”—, el desasosiego y la desesperanza aumentan.

El concepto de salud, como anoté párrafos atrás, contiene un sinfín de ingredientes. La salud promedio en África nada tiene que ver con la de los países del norte de Europa. La insalubridad de la mayoría de las comunidades indígenas en México es atroz y si se compara con la salud promedio de las clases medias o altas afincadas en ciudades, el resultado es espeluznante: parecería que se trata de temas diferentes.

Al hablar de salud es necesario cavilar en calidad de vida y en el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Hay una relación directamente proporcional entre “buena” calidad de vida y salud. La calidad de vida depende de muchos factores. El primordial, sin obviar las dificultades de naciones no favorecidas por la Naturaleza, es el interés de los gobiernos por su gente y el dinero invertido en la población. Entre mayor sea la inversión, mejor la salud, mejor calidad de vida y mayor longevidad. Las naciones responsables procuran crear condiciones adecuadas para satisfacer las necesidades básicas de la población: casas funcionales, comida sana, seguridad, transporte adecuado, empleo bien remunerado, escuelas, atención médica, actividades recreativas y la preservación del ambiente.

Cuando la suma de los factores previos es “positiva”, es muy probable que la salud promedio de los habitantes sea adecuada y que el IDH, basado en tres variables, i. e., esperanza de vida, educación y producto interno bruto per cápita, sea positivo y favorezca a la mayoría de la población. En lenguaje llano, el IDH mide tres dimensiones básicas del desarrollo humano: acceso a educación, disfrutar de una vida larga y saludable y nivel de vida digno.

El IDH se utiliza para medir la calidad de vida; la calidad de la salud individual y poblacional depende de qué tanto los factores que determinan la calidad de vida como el IDH “se cumplan”. Si el IDH es pobre, la calidad de vida y la salud son insatisfactorias. La calidad de vida se determina por el bienestar social, bienestar material, bienestar físico, desarrollo y bienestar emocional. Cuando esas variables se cumplen es muy probable que la salud alcance niveles óptimos. Cuando no se cumplen, campea la insalubridad. Pensemos en México y la salud de la mitad pobre de la población: la magnitud de los hurtos de nuestros políticos tiene una relación directa con el pésimo funcionamiento de los centros hospitalarios gubernamentales y los mediocres servicios médicos que se ofrecen a la población pobre.

La Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud de Alma-Ata, llevada a cabo en 1978, en Kazajistán, supuso un hito sobre el compromiso de las naciones con la salud. Para algunos, a partir de Alma-Ata, el progreso en salud ha sido inmenso; para otros no. Los números, los datos duros ofrecen información incontrovertible. Dedicaré mi próxima entrega a analizar algunos sucesos sobre salud desde Alma-Ata hasta la actualidad.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

 

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