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La brevedad del tiempo es un sentimiento íntimo, una dolencia personal que no puede transmitirse si no es tomando un puño de metáforas de la cesta. “Alguien abrió la llave del tiempo y ha olvidado cerrarla”, escribo resignado, defraudado ante el tiempo medido en años y que apenas si me da oportunidad de leer los libros que me llaman, o de sanar las heridas causadas a quienes me han acompañado en algún lapso de esta vida. Aun a sabiendas de que mi vida terminaría mañana comenzaría la lectura de un libro, abriría un tomo sobre filosofía medieval o le escribiría a un amigo distanciado con el propósito de procurar su cercanía. Yukio Mishima (Kimitake Hiraoka) se practica el seppuku a la edad de 45 años, no agraviado a causa de una desgracia o un dolor físico, sino convencido de su salud y en el cenit de su talento, motivado por un deseo temerario de amilanar la cobardía y mostrar que el desafío a la muerte promueve la vida plena. Sus cuatro pasiones esenciales fortalecen su espíritu: los libros, el teatro, el cuerpo y la acción. Son ellas el reloj que marca la extinción de su propia vida: Mishima desea una plenitud que sólo puede alcanzarse a través del conocimiento vital de estas pasiones. Así, renuncia a ser víctima del tiempo común, de la depravación de los sentidos y de la decadencia de su poder corporal. No ha propuesto una ética universal, sólo ha cumplido con los pasos de una estrategia cavilada y de una concepción del tiempo única y singular que el escritor japonés consideraba honorable.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Una pregunta se antoja indispensable después de aproximarse al suicidio y a la moral del escritor japonés. Aquéllos que no son capaces de determinar el fin temporal de su vida y sólo aguardan la conclusión natural de ésta, ¿poseen una filosofía o una concepción ética tramada a lo largo de la experiencia y el conocimiento? Yo creo que ningún ejemplo es capaz de ofrecer luz a este respecto y es evidente que quien —sin importar su circunstancia, debilidad, edad, dicha o sufrimiento— desea continuar viviendo, no debe ser increpado o sobajado desde una ética o moral abarcadora y definitiva. De alguna manera comparto cierta tetralogía sustancial parecida a la de Mishima y no podría imaginarme una vida en la que el sexo, el arte, la amistad y la curiosidad se hallaran excluidas. Más allá de estos puntos cardinales el entorno o el pensamiento comienzan a volverse difusos y relativos. En 1928-1929 Heidegger exclamó en su Introducción a la filosofía, que la filosofía no es asunto de ocurrencias indisciplinadas y que el solo hecho de ser humano significa ya la acción de filosofar. Después de leer este libro en el que el pensador alemán busca diferenciar la filosofía de la moral, de la historia, de la cosmovisión y sobre todo de la ciencia, me doy cuenta de que la literatura es experta en la ocurrencia indisciplinada y que justo ese desorden le concede vitalidad y sentido. No me afecta la santidad de Heidegger ni la de ninguna religiosidad del conocimiento. Sin embargo, el día en que la curiosidad se disipe o el arte deje de ser una conmoción de la experiencia me habré instalado en un lugar desconocido y acaso inhóspito.

En su libro La ira y el perdón, Martha Nussbaum, la filósofa estadunidense, fanática de los Chicago Cubs, pone en entredicho la noción del castigo como una manera eficaz de restaurar los daños cometidos a las personas y discierne acerca de conceptos como la ira, la generosidad, la venganza, la debilidad y el ultraje. Estudia la tradición judeocristiana del perdón y se entromete en la mitología griega y latina acerca de la ira con el propósito de clasificarla y utilizarla para elevar el bienestar público. Si bien es un libro ameno, culto y escrito en un lenguaje sencillo y cotidiano, me hace recordar que tales sentimientos los he yo contemplado en decenas de novelas y literatura de ficción, en obras cuyos creadores muestran los alcances de la ira y la venganza humana, sean Dostoievski, Kundera, Flaubert, Zola, Mishima o Philip Roth y cientos más. Yo soy un hombre iracundo, lo cual me hace susceptible a ser ridiculizado, como lo asentaba Séneca en su retórica moral. Me arrepiento de ello, pero esto sucede justamente porque la ira es una emoción inevitable, en mi caso, y me lleva a tener una difícil relación con la mesura, la prudencia o el bien “correcto”. Y, sin embargo, Nussbaum profundiza en la ira para tornarla un concepto que nos lleva a transformarla en un sentimiento que no concluya en la muerte, la destrucción o la venganza. No tendré tiempo suficiente para sosegar mi curiosidad ni aplacar mi ira —consciente, conceptual o emotiva—, y continuaré recorriendo el camino, cualquiera que éste sea, hasta que se extingan o disipen en el horizonte los cuatro puntos cardinales que, como he referido, orientan mis pasos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.