De unos años para acá, en la inmensa mayoría de los países organizados bajo el modelo político occidental, las discusiones alrededor de los asuntos de vida pública se han perdido en un limbo poco productivo. Como productivo, me refiero a los debates que, de una u otra manera, logran llegar a un resultado si bien no exento de conflicto, al menos en el que las razones compitan bajo una balanza medianamente equilibrada y no se sometan razones contra adornos de razones. Es decir, donde las reglas del debate permitan exponer argumentos y sobreponerse de sí mismos. Daría la impresión de que algunas discusiones dejan de lado sus sujetos iniciales para convertirse en diatribas que poco tienen que ver con lo que se puso sobre la mesa. Mucho, con las tangentes que rodean cualquier asunto.

Ilustración: Estelí Meza

De esa manera, ya sea en el Reino Unido o en México, pasando por Chile, Francia y muy particularmente Estados Unidos, los temas más diversos han adquirido un halo que rápidamente obtiene mayor relevancia que la esperada. Lo prioritario se transforma en el halo, sin importar la gravedad del objeto de la discusión todos se sitúa en la arena de las tangentes.

En México, una decisión sobre la aeronave de servicio para el poder ejecutivo se convierte en días de ires y venires absurdos sobre un sorteo de lotería. En Estados Unidos, una maniobra militar en Medio Oriente admite la caricaturización oficial de sus oponentes antes que la medición estratégica de riesgos. Para los poderes chilenos, hablar de la violencia desmedida de sus fuerzas públicas no amerita jerarquizar sus acciones y la responsabilidad se difumina entre declaraciones y la compra de tiempo político. El Reino Unido se encumbra en la segunda década del siglo XXI como el mejor dispersor de tiempo para resolver una crisis autoinfligida. Su salida de la Unión Europea se discutió, por lo menos durante cuatro años, sobre todo en las tangentes antes que en la línea toral de un conflicto que quizá no existía de la forma en que fue planteado inicialmente. Ejemplos similares se multiplican en cualquier latitud, en ocasiones, revestidos de discursos que, si no fuera por sus consecuencias políticas y por ende sociales, se han tornado tan repetitivos como predecibles y aburridos. Ya sea por culpa del neoliberalismo, el populismo, los conservadores o los liberales, los de izquierda o de derechas, un adjetivo de interpretación relativa y abrumadora es suficiente para transformarse en argumento por encima del argumento. A este fenómeno se le ha intentado dar distintas explicaciones y más frecuente que profunda, se ha perfilado una especie de aceptación para la simpleza de la posverdad, del deterioro del debate público, del populismo o del neoliberalismo. La caída circular en adjudicaciones con las que un sector acusa a otro de infinidad de problemas. Invariablemente solucionables desde su antagónica perspectiva. Sin más. Con un nivel de reduccionismo satisfactorio que adivina improbable llegar más lejos. Dichas explicaciones me resultan escasas por varias razones.

A menudo, las tangentes y paralelos buscan hacerse de tiempo político, como si su adquisición, la posibilidad dilatar las premuras y esquivar lo reflexivo, fuera más urgente que resolver las discusiones pendientes.

Primero se encuentra su propia condición simplista. Si se toma ésta como la época de la posverdad o de la realidad análoga, existe cierto adueño de un determinismo pretencioso con el que sólo quedaría esperar a la temporalidad siguiente. Mi aversión depende más de la definición de época. Los periodos de la historia no contienen una ruptura entre ellos, como una continuación de los momentos que precedieron. En un lapso de tiempo relativamente corto, el elemento de unión entre épocas son las personas. Si llegan a soportar inclemencias, restan las ideas. Los mismos individuos que vivieron en años previos inmediatos viven en los actuales, por lo que una definición temporal no puede más que antojarse precipitada desde una distancia hipotética. Si bien todos podemos creer que la nuestra es una época única, nos falta paciencia para la afirmación que a lo contemporáneo da tintes de época. Por otro lado, es bastante probable que, aunque con distintos alcances, los fenómenos sociales que vivimos hoy ya hayan tenido evoluciones semejantes en otros periodos. Basta con pensar en la Revolución Industrial contra el reciente advenimiento tecnológico, o la demencia criminal de la mitad del siglo XX y la proliferación de mentiras en nuestros días. La jerarquización del daño es diferente, pero desde una perspectiva social, la preocupación por la forma de vida en nuestros días es en términos estrictos algo limitada. Obedece, en realidad, a la preocupación por nuestros propios límites. Nuestra temporalidad.

Así, es admisible pensar que, como en infinidad de ocasiones, más que en una nueva época nos encontramos, si acaso, en un periodo de transición en el que los códigos con los que entendemos nuestra existencia y actividad están sujetos a reinterpretación. Pensar en cómo construimos nuestra visión de la realidad no es poca cosa, pero tampoco más que ello.

A la realidad no la entendemos únicamente con los hechos que la recorren y con los que se forma en un efecto de causa y consecuencia, sino, en conjunto con los códigos desde los que podemos emitir un juicio sobre esos hechos. Hechos y códigos para entenderlos, se transforman en líneas paralelas que eventualmente terminan cruzándose. De su intersección surgen los modelos para fijar los límites que toleramos en nuestros comportamientos. En este caso, las reglas no escritas de la vida política y pública con las que contenemos qué es admisible y qué no.

En los últimos años, casi en simultáneo, amplios grupos sociales de un gran número de países coincidieron en percepciones donde el mundo en el que vivimos había, desde su perspectiva, sobrepasado un límite que añoraba tiempos más armoniosos, justos, libres y demás. O, tiempos que nunca llegaron; olvidando las tragedias por las que hemos pasado. La nostalgia por el futuro se convirtió en la utopía del día a día.

Estoy convencido de que varias generaciones, entre ellas a la que pertenezco, hemos hecho un pésimo papel en la construcción de futuros pero, también, que la insistencia contemporánea en despreciar todo lo que no resuene a un cambio es de una ingenuidad mayúscula. Un símil de intento por dividir periodos históricos, sin notar que la gente entre esos posibles periodos no solo es la misma, sino que tampoco ha pasado el tiempo necesario para que el calendario emita un juicio sobre qué quedó o se mantuvo. Al estar sujetos a los objetos de discusión inconclusos, nos hemos decantado por los paralelos y sometimos a juicio los códigos que nos permiten comprender nuestro entorno.

Un ejemplo de esto lo encuentro en algunos apuntes de la vida nacional mexicana. Es indudable que la corrupción, los excesos, el provincialismo, la impunidad y el relativismo, han permitido la derrota de la ley como instrumento de responsabilidad pública. Es prácticamente innegable que, en México, los sectores de mayores recursos financieros o políticos tienen una relación diametralmente opuesta hacia el sistema de justicia que, quienes no cuenten con esos recursos. Nadie con un dedo de frente negará que, en este país, un delincuente con dinero suficiente encontrará las vías para evitar la cárcel mientras alguien sin dichos recursos, incluso si las mismas razones los llevaron a un tribunal, terminará aplastado por un destino distinto. En la orfandad de códigos, ante este escenario, no es extraño que se afirme que la ley, al ser un lujo de ricos y privilegiados, debe abandonar la evolución histórica que comprende la progresividad de los derechos humanos, en lugar de aplicarse debidamente. Un discurso parecido he encontrado hacia la democracia: “como nos ha dado malos gobernantes, democracia que no excluya a los malos no es democracia”.

Perdimos los códigos para hacer política: el cinismo ocupó el lugar de la hipocresía. La mentira contenida se hizo abierta y escudó en la extrema subjetividad. Perdemos los códigos para entender la vida pública: el pensamiento, la prudencia, la reflexión y la cautela. La observación del hecho está exigiendo una opinión inmediata y reniega la necesidad de medir sus alcances. Aquello toma tiempo y la dilatación solo es útil para usufructos de apariencia positivos. Nadie quiere dar tiempo para pensar en negativos. La antipatía política es mal vista y es enemiga de lo positivo que atrae la popularidad.

En nuestro papel de espectadores activos de la reinterpretación de códigos, discutimos los elementos prácticos evitando los conceptuales. Justicia, verdad, libertad y democracia, son intangibles conceptuales con aplicaciones prácticas que no pueden prescindir de ellas. Pensar en lo conceptual permite y es, quizá, el único camino para su correcta aplicación rutinaria.

Ante el consenso de angustias que ha dejado la historia política, es prudente vigilar nuestra vocación destructiva contra el intangible de la consciencia de un Estado y sus múltiples elementos. Vigilar que no nos importe tanto lo que consideramos una historia muy propia, que olvidemos el ínfimo lugar que tenemos en ella.

Los tangentes y paralelos pueden ser increíblemente seductores. Triunfan porque dan respuestas rápidas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Sin embargo, arriesgan a extraviar aquello que entre periodos ha conquistado un espacio desde el que podemos observar, sin necesidad de resolver inmediatamente las afecciones, para pensarnos.

Pensarnos, la necesidad de hacer reserva intelectual podrá aparentar futilidad y se alejará de la popularidad que demandamos cada vez con más insistencia. Ya dará respuestas o generará nuevas preguntas.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México