La década que acaba de terminar inició —por lo menos desde el punto de vista de los países del norte— con el desastre financiero de 2008, la crisis de la deuda pública en Europa y la movilización de Occupy Wall Street. A raíz de esos acontecimientos se publicaron una serie de libros que investigaron el sistema financiero, la crisis y la deuda desde la antropología. El que más se ha leído fuera de la disciplina es Debt: The First 5,000 years (2011) de David Graeber, el antropólogo social que acuñó el célebre eslogan de “Somos el 99 %”. Empieza por desmantelar la historia que han contado los libros de texto de economía desde Adam Smith: el origen es el trueque, después se inventó el dinero para facilitar el intercambio y al final vino el crédito. Haciendo uso de un corpus amplio de ejemplos históricos y etnográficos, Graeber muestra no sólo que el trueque ha existido esporádicamente y en sociedades familiarizadas con el uso de monedas, sino que el dinero no surgió como medio de intercambio sino como medida abstracta de la deuda. El autor identifica un patrón interesante: en las sociedades descentralizadas, el dinero ha funcionado primordialmente como crédito; en aquellas con gobiernos centralizados e impuestos, el dinero ha tomado la forma de medio físico para el intercambio.

Una parte importante del trabajo intelectual de esta década se ha dedicado a definir críticamente eso que llamamos neoliberalismo, pues todavía hay quienes ponen en duda su especificidad como sistema económico y político. El libro de Wendy Brown publicado en español como El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo (2015) es fundamental en ese sentido. Lejos de referirse exclusivamente a un conjunto de políticas económicas, la autora expone al neoliberalismo como una racionalidad gubernamental mucho más amplia que ha llegado a abarcar todos los ámbitos de la vida y que incluso ha producido un nuevo tipo de sujeto: el homo oeconomicus. El argumento va más allá: la lógica neoliberal daña irreversiblemente las bases de la soberanía popular. A pesar de que con frecuencia se le presente como el complemento económico de la democracia electoral, el neoliberalismo deshace desde dentro la idea de lo público, despolitiza cada ámbito de la vida y dificulta la formación de colectivos populares.

Ilustración: Raquel Moreno

Desde la experiencia de los movimientos indígenas bolivianos y el Taller de historia oral andina, Silvia Rivera Cusicanqui también ha articulado una crítica aguda contra la ideología neoliberal y en particular contra la adopción de modas multiculturalistas que encubren la continuidad del modelo colonial. En una serie de ensayos reunidos en Ch’inxinkax Utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores (2013), Rivera Cusicanqui muestra cómo el multiculturalismo sólo puede reconocer a los pueblos indígenas de manera esencialista en tanto que residuos de un pasado arcaico. La historia que ella traza, por el contrario, enfatiza la contemporaneidad de los movimientos indígenas y su compromiso secular con la modernidad política, que más bien ha sido traicionada por las élites. Su crítica a los discursos poscoloniales académicos es tan mordaz que prácticamente los clausura: un puñado de académicos anclados en las universidades del norte se han dedicado a extraer la savia de los movimientos populares del sur para teorizar en un lenguaje incomprensible, que luego regresan al sur para que sea consumido por sus propios protagonistas.

Sin duda una de las preguntas más urgentes de la década ha sido cómo entender la proliferación de grupos armados carentes de una postura ideológica explícita que con frecuencia fusionan la actividad criminal, política y extractiva. El ejemplo paradigmático —que todos asociamos con el sufrimiento indecible de los niños-soldado— son los movimientos armados de Liberia y Sierra Leona. Este es el territorio que Danny Hoffman llama “el laboratorio del futuro” en su libro The War Machines (2011). Más que por la explicación conceptual del término “máquinas de guerra”, este libro es importante por la riqueza de un trabajo de campo realizado desde las barracas de los mercenarios. De alguna manera constituye la elaboración empírica y rigurosa de lo que Mbembe nombró “necropolítica”. Hoffman, sin embargo, más que teorizar la muerte en relación con la soberanía, la investiga como una forma de trabajo, una manera de extraer valor de una clase desposeída que se prepara para morir.

Por último, una característica de la producción intelectual de la última década ha sido el giro forense. En las ciencias sociales, pero también en el arte y la arquitectura, hay una preocupación cada vez más urgente por producir evidencia material que pueda ser usada por las víctimas en procesos legales. Una de las reflexiones más cuidadosas al respecto es la del arquitecto angloisraelí Eyal Weizman y la agencia de Forensic Architecture. En el libro Forensic Architecture: Violence at the Threshold of Detectability (2018), Weizman analiza la forma en que el ocultamiento de la violencia, sobre todo estatal, se sirve del umbral de visibilidad de ciertos medios de registro —como las imágenes satelitales—. El trabajo de la agencia ha sido más acertado e incisivo en algunos contextos que en otros, pero lo cierto es que nuestra era parece estar marcada por un paradigma forense. La narración y la metáfora pasan a segundo plano ante la urgencia de definir qué constituye evidencia digital y cómo se desmantela la posverdad.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

Un comentario en “Lecturas para pensar la década

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