El número de diciembre de la revista francesa Lire anuncia “Los cien libros del año” —de los publicados en Francia, se entiende. Y bien, ¿por qué no cien? Están por supuesto todos los que han recibido un premio de algún relieve, no me llama la atención ninguno. Del resto, sólo me atraen cuatro o cinco, he leído alguno que no me parece gran cosa. No encuentro, en cambio, la edición de las reseñas de Walter Benjamin, que yo hubiese puesto en primer lugar. O la obra completa de Jacques Roumain. Hay unas cuantas policíacas, novelas gráficas, libros de viajes, es decir, es una lista donde hay un poco de cada cosa, de todo para todos —suma cien títulos, y de eso se trataba.

La afición por las listas es una enfermedad muy curiosa, y supongo que muy reveladora también. Los cien libros, los cincuenta restaurantes, los diez compositores. Todas son arbitrarias (en el famoso “canon” de Harold Bloom, con más de ochocientos autores, no caben Rulfo, Onetti o Valle-Inclán).

Ilustración: Estelí Meza

Viene a cuento de que me piden una lista de cinco títulos de ciencias sociales publicados en la última década. Y me parece una ocasión muy a propósito para desacreditar todas las listas —empezando por esta mía. Con todo, puede haber algunos criterios. Para empezar hay que olvidarse de los premios, los reconocimientos, los elogios en la prensa, que hablan no de otra cosa sino de las habilidades políticas del autor, y hay que olvidarse del registro de ventas, que es sólo un recurso publicitario. Y hay límites: uno no lo ha leído todo ni puede seriamente juzgar más que una pequeña parte de lo que se publica. O sea, hay que asumir que la lista sea efectivamente arbitraria. Y si se hace en serio, muy sesgada.

La selección de mis lecturas es perfectamente caótica, y en general no me preocupa estar al día. Dicho esto, mi lista señala algunos de los libros que pienso que sería importante que leyesen hoy quienes se interesan por las ciencias sociales en México.

En México hoy el problema político fundamental es la violencia. Y la idea del crimen organizado es la piedra de toque de un nuevo lenguaje para explicar el ejercicio del poder en México. Arrinconarlo, tratar de barrerlo, hacerlo a un lado como un asunto de policía, es lo peor que se puede hacer. Para empezar a entender, yo diría que es indispensable leer a Natalia Mendoza, Conversaciones en el desierto. Cultura y tráfico de drogas (CIDE, segunda edición, aumentada, 2018). Es un estudio brillante, que devuelve de golpe toda su complejidad al fenómeno porque recupera una mirada local; después de leerlo es imposible hablar de nuevo sobre “el narcotráfico” o “el crimen organizado”. Pero además es un ejemplo inapreciable para entender lo que puede aportar el método etnográfico. Como contraste, en la misma línea, aunque en sentido contrario, el extraordinario fresco que ofrece Mauricio Tenorio en La paz, 1876 (FCE, 2018), una meditación histórica sobre los materiales de los que está hecho el improbable fenómeno que llamamos “paz”; el panorama va de Bismarck a Ulysses Grant, a Porfirio Díaz, Cánovas del Castillo, España, Brasil, México: no es una historia comparada, sino una reflexión sobre los factores que hacen comparables las historias. Y acerca de eso: la paz.

Me interesa también corregir en algo la deriva que ha impuesto el conocimiento prêt-à-porter de las empresas de consultoría (y de paso las efusiones alucinatorias de los estudios culturales). Me interesa recordar que en ciencias sociales no hay sustituto para un trabajo empírico largo, lento, extenso, no hay sustituto para los libros: largos, de lectura lenta —y que por eso pueden ser inmensamente valiosos. Afortunadamente hay para elegir. Uno: Marco Estrada, El pueblo ensaya la revolución (El Colegio de México, 2016), un estudio sobre la revuelta de la APPO en Oaxaca, con un trabajo de campo cuidadoso, que mira con atención el sistema de las barricadas, las pintas en las paredes, los sistemas de comunicación: no conozco otro texto que explique mejor qué significa protestar en México —y nos importa entenderlo.

Tengo especial debilidad por Nuestra América, de Claudio Lomnitz (FCE, 2018): un poco memoria, biografía familiar, historia cultural, el relato apasionante de la azarosa vida de Micha y Noemí Adler, entre Besarabia, Francia, Perú, Venezuela, entre la Shoah, la revista Amauta de Mariátegui, Paul Rivet y la antropología en Colombia. Es un ensayo absolutamente incomparable en el que se trenzan la historia del siglo veinte, el antisemitismo, las migraciones masivas, las ciencias sociales en América Latina.

Al filo del agua apareció El derecho en movimiento, de Antonio Azuela (Tirant lo Blanc, 2019): un libro necesario, según yo, el apoyo ideal para un curso, para entender qué es el derecho. El programa de investigación sociológica más importante de las últimas dos generaciones. Asequible, entretenido, luminoso.

En otros términos, me hice la pregunta: ¿qué hay que leer?, a principios de la década. Mi respuesta es la colección Umbrales, en el FCE.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

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