¿Qué tan fidedigna es una biografía novelada? La biografía es un género difícil porque no se sabe a ciencia cierta hasta dónde pueden llegar las conjeturas del autor, sin traicionar al biografiado. Sólo los ingleses han logrado dominar el género porque se apoyan en una tradición escrita larga y rica.

El libro de Enrique Serna sobre Carlos P. Denegri es la obra de un escritor profesional, autor de excelentes novelas históricas, que dedicó varios años a investigar a su personaje, leyó sus notas, las cartas que encontró, entrevistó a parientes y amigos. No obstante todo lo cual recurre también a las conjeturas, a imaginar escenas y reacciones, diálogos, sentimientos profundos. Es de aplaudir la seriedad y la extensión de la investigación, pero aun así la frontera entre la realidad y la ficción es tan frágil que no siempre sabemos cuándo habla Denegri y cuándo habla Serna. Sin embargo, eso no importa. Las narraciones de Serna son un medio para conocer momentos en la vida de México en un momento en que creímos que íbamos a ser un gran país que no se reduce al sureste mexicano, sino que aspira a la grandeza nacional de la que tanto se hablaba entonces. Los periodistas son retratos de su época, su trabajo nos presenta instantáneas de la manera de gobernar de un presidente y de la sociedad que gobierna.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

La biografía novelada, que no es lo mismo que una novela biográfica, de Carlos P. Denegri, el temible periodista político de Excélsior, emblemático del sexenio de Miguel Alemán, nos asoma a la transición del periodismo mexicano que buscaba ajustarse a la modernización del país con gente como Denegri, que, sin embargo, estaba sujeto a la voluntad de Rodrigo de Llano, que todavía representa al Antiguo Régimen. Si se trata de buscar una referencia a este libro de Serna, creo que la más apropiada sería Casi el paraíso… de Luis Spota, la más lograda y más literaria de sus novelas.

Denegri es algo más. El retrato de la portada lo dice todo: la imagen es de un hombre nada feo, maduro, pero con el gesto de un niño maloso, que deja caer el labio inferior como si fuera una invitación al baile, cuya mirada revela apetito carnal más que curiosidad por el poderoso. Lo mira a uno como si supiera de qué pie cojea y cómo lo va a hacer tropezar y, si es necesario, caer. Denegri parece haber sido ese personaje oscuro que  remueve la perversidad en el alma de los demás.

Si el lector busca la exposición de las relaciones entre el poder y la prensa, quedará decepcionado, porque nada o muy poco nos dice Serna de los encuentros del periodista con el presidente, sería raro que no los hubiera habido, o con Rogerio de la Selva, su secretario particular, encargado de las relaciones con la prensa, del pago a periodistas, de la publicación de desplegados firmados por organizaciones fantasma. Quedó en el tintero la participación del periodista en la organización de escritores católicos que, como Aldo Baroni, Rafael Bernal, Antonio Gómez Robledo y Manuel Gómez Morín, denunciaban la penetración comunista en el gobierno alemanista. La inteligencia de Denegri estuvo sinceramente al servicio de la campaña anticomunista que desplegó el gobierno mexicano entre 1948 y 1951. Fue un militante comprometido de esta cruzada que llevó a algunos a la cárcel y a otros al desempleo.

Ahora bien, la historia que cuenta Serna no es banal ni carece de interés. Es la historia de un hombre ambicioso, contradictorio, confuso y profundamente infeliz, que buscó en los extremos del alcohol y de la crueldad hacia las mujeres el consuelo de saberse despreciable. Así, siendo ruin y perverso podía explicarse la tremenda culpa que periódicamente lo asfixiaba. Lo que cuenta Serna me hace suponer que el verdadero origen de ese sentimiento insoportable no era el pecado de su nacimiento, sino la pasión que le inspiraba su madre. ¿Qué podía mover a Denegri a buscar inútilmente el perdón de sus pecados en el confesionario, o en generosos donativos a órdenes religiosas cuyas vírgenes aparentemente nunca le despertaron ni siquiera curiosidad? El marqués de Casanova en su lugar se hubiera ido derechito al claustro. En cambio, Denegri, como Edipo rey, se saca los ojos ante la sola idea de desear a su madre.

La historia que Serna reconstruye puntillosamente menciona de pasada la corrupción del periodista, que consistía más en callar que en denunciar, de manera que Denegri aparece más como extorsionador que como periodista deshonesto, ¿o lo era porque a cambio de un cheque no informaba a su público de las infidelidades del secretario de Estado fulano? No lo creo. Serna nos habla más de la pobreza moral del México del alemanismo en el que un personaje sabidamente abusivo y decadente, era una celebridad admirada y envidiada, aunque posiblemente no lo hubiera sido de saberse que periódicamente sufría pavorosas crisis ¿morales? ¿espirituales? ¿religiosas?, o simplemente nerviosas, que lo conducían a la iglesia a arrodillarse arrepentido, aunque no sabemos bien a bien qué pecados confesaba.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

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