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• Los intereses del escritor y los de sus lectores nunca coinciden, y la ocasión en que lo hacen no es sino un afortunado accidente.

• La mayoría de los lectores cree en la Doble Moral frente al escritor: ellos le pueden ser infieles las veces que quieran, pero él no puede jamás serles infiel.

• Leer es traducir, pues no hay dos personas que compartan las mismas experiencias. Un mal lector es como un mal traductor: interpreta literalmente cuando debe parafrasear y parafrasea cuando debe interpretar literalmente. En el aprendizaje de la lectura la valiosa educación es sin embargo menos importante que el instinto: grandes eruditos han sido malos traductores.

• Una señal de que un libro tiene valor literario es su capacidad de ser leído de varias maneras distintas. Viceversa la prueba de que la pornografía no tiene valor literario es que si intentamos leerla de cualquier forma que no sea la de estímulo sexual, digamos como la historia clínica psicológica de las fantasías sexuales del autor, llegamos a aburrirnos como ostras.

• A pesar de que una obra literaria consiente varias lecturas, el número de éstas es finito y puede ser ordenado jerárquicamente; obvio, algunas lecturas serán “más ciertas” que otras, algunas serán dudosas, algunas obviamente falsas y otras, como la lectura de una novela de atrás hacia delante, absurdas. Es por esto que para una isla desierta uno elegiría un buen diccionario antes que la mejor obra maestra de la literatura, pues la pasividad del diccionario frente a los lectores lo convierte en legítimo tema de infinitas lecturas.

Ilustración: Patricio Betteo

• De ninguna manera puede decirse que el placer sea una guía crítica infalible, pero sí que es la menos falible.

• Atacar los libros malos no sólo es una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter. Si un libro me parece realmente malo, entonces el único interés que puedo tener para escribir acerca de él es la exhibición de mi inteligencia, mi ingenio y mi malicia. Es imposible que alguien reseñe un mal libro sin pavonearse.

• Pocos pueden legítimamente jactarse de nunca haber condenado un libro o un autor de oídas, pero muchos se podrían jactar de no haber jamás alabado un libro que no hubieran leído.

• Hay libros que han sido injustamente olvidados; ninguno es injustamente recordado.

 

Fuente: W. H. Auden, La mano del teñidor. Traducción de Mirko Lauer y Abelardo Oquendo. Barral Editores, Barcelona, 1974.