Los virus no tienen enemigos. Su historia, explican los científicos, precede a la llegada del ser humano a la Tierra. No hay datos suficientes para saber si producían enfermedades en seres vivos no humanos antes de convivir e infectar a nuestra especie aunque se sabe que entre ellos “se atacan”. Mutan y cambian pero carecen de memoria. Las muertes de humanos secundarias a los efectos nocivos de las sustancias virales se deben a su agresividad y a otras circunstancias. Las viremias de las últimas décadas y las actuales, las producidas por el virus del dengue, de la influenza, del sida, o la enfermedad de Ébola son, amén de sus acciones negativas sobre el cuerpo, en parte debidas al cambio climático. Dengue y sida como ejemplos.

El aumento en la temperatura y en la cantidad de precipitaciones ha permitido la proliferación del mosquito Aedes aegypti, insecto que se alimenta de sangre humana —perdón por el dislate: es un insecto politizado—. El mosquito es portador del virus del dengue cuyo incremento, en últimas fechas, ha sido alarmante: en México, hasta  agosto de 2019, los casos aumentaron 250 % respecto al año pasado. El multimencionado cambio climático es factor insoslayable en la salud de la población y en la diseminación de infecciones. El cambio causará entre 2030 y 2050 unas 250 000 muertes anuales.

Ilustración: Kathia Recio

Reflexionemos sobre el sida. A partir de 1984, fecha en que se identificó este virus, la historia de la enfermedad cambió. Los primeros medicamentos diseñados contra el virus modificaron el curso de la epidemia, la cual, en un principio, cobró millones de vidas. Durante años la epidemia se contuvo. Los fármacos funcionaban ad hoc. Ahora, los nuevos tratamientos diseñados para contrarrestar los efectos nocivos de los dos subtipos del virus (VIH-1 y VIH-2) deben lidiar con cambios en la dinámica viral. Los tratamientos incompletos y la falta de cobertura universal no han logrado detener la epidemia. La cobertura universal propuesta por la OMS de numerosas enfermedades se estrella contra la realidad y muchas veces no rebasa el papel.

En 2019, 38 millones de personas tienen el virus del sida, de los cuales, sólo el 60 % recibe tratamiento. Además del contagio producido por los no tratados, las combinaciones preventivas antes del sexo son caras y los tratamientos incompletos son frecuentes, sea por idiosincrasia, falta de apego o escasez de recursos. Las terapias inadecuadas contra bacterias o virus generan variantes resistentes. Tanto en África como en Centroamérica, el porcentaje de enfermos infectados por virus resistentes a tratamientos convencionales ha aumentado en los últimos años. En Sudáfrica, el 22 % de la población está infectada por cepas resistentes y en Honduras, el 25 %. Más de la mitad de los lactantes en África padecen el mismo problema.

Los lactantes infectados por variables resistentes son un brete complejo: en caso de no ser tratados y de que logren sobrevivir y convivir con el virus del sida, en la adolescencia, al iniciar relaciones sexuales, diseminarán la infección y el contagio de subtipos resistentes. Las infecciones en los lactantes revelan nuestra contumacia. Prometer no basta. Tratar “bien” es indispensable.

Ni la OMS ni otras organizaciones se dan abasto. Los virus no son responsables de su resistencia. Es el ser humano el culpable de su auge. Somos nuestros propios verdugos.

La vieja locución latina popularizada por Thomas Hobbes, “el hombre es el lobo del hombre”, sigue siendo válida pero no del todo. En un artículo publicado en El País, Hobbes no conocía a los lobos (19 de octubre de 2019), Chantal Maillard anota: “Está claro que Hobbes conocía mal a los lobos. De conocerlos habría sabido que, a diferencia de la nuestra, su especie nunca actúa rompiendo el equilibrio del ecosistema al que pertenecen”. Agrego: al hablar de infecciones nuestra especie rompe y deforma reglas lógicas y éticas; no tratar a los otros es una amenaza para quienes más tienen. La frase inicial es veraz: “Los virus no tienen enemigos”. Suficiente tenemos con nuestros congéneres.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas

 

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