Cuando Julio Ramón Ribeyro escribió sobre sus ancestros, confesó que su madre no era una mujer bonita, pero que su padre se había casado con ella debido a su sencillez y, sobre todo, a su salud. “Yo me casé con tu salud”, le espetaba el padre a la madre de Ribeyro. Quien vive o se ha casado con una persona enferma o enfermiza debe aceptar que el padre del escritor peruano era un sabio y un hombre pragmático, nada menos. El pasado es un barril sin fondo y cuando uno se pone a recordar la vida de sus ancestros, o su propia niñez, no le queda más que sufrir un vago sentimiento de ilusión. Es posible que las historias que relatamos al respecto hayan en verdad sucedido, pero ¿quién podría dar fe de esos acontecimientos? Lo más cercano a poseer una certeza de ese pasado es el sentimiento, la gravedad concentrada en el estómago o un aire de melancolía que nos instala en un estado de ensueño.

A principios de noviembre me invitaron a dar una charla que se titulaba: “Escribir en la Portales”. Me gustó la idea y acepté la propuesta por parte de la alcaldía Benito Juárez. Además, fui tratado amablemente y la gentileza es oro en este tiempo en el que la rumia de la desgracia ocupa la mayoría de los actos humanos. Luego, cuando comencé a roer la memoria y a hurgar en aquellos tiempos de infancia y primera adolescencia, transcurridos en el costado oriente de la colonia Portales, fue que me abordaron los sentimientos de ilusión y nostalgia antes descritos. En esta colonia nací, fui a la escuela primaria, besé —y más— a mi primera novia, aprendí a jugar futbol, pertenecí a una pandilla y me fui de pinta por primera vez al Parque de los Venados.

Ilustración: Raquel Moreno

Irme de pinta y jugar futbol de madrugada —lo hacía mientras esperaba mi turno para comprar leche en la Conasupo antes de volver a casa, prepararme y entrar a clases— fueron actos nobles y provechosos ya que, como se sabe, la escuela interrumpe la educación de los niños y hay que hacer lo posible por restaurar ese tiempo perdido. Irse de pinta, en cambio, implicaba un peligro innecesario, pero que debía ser asumido como parte de una moral correcta no obstante la culpa que me embargaba cada vez que me solazaba en el Parque de los Venados durante las mañanas. La culpa puede describirse de manera muy sencilla y nada litúrgica: estar en un lugar donde no debes estar; quebrar las reglas y abusar de la confianza bovina de tus padres.

Formar parte de una pandilla de adolescentes mayores, en cambio, fue un accidente, es decir, un hecho no esperado. Debido a que jugaba futbol con ellos en la calle Centenario y mi habilidad para la gambeta los había sorprendido, me hicieron parte de su bandería. Más allá de cometer atracos, lo suyo era profesar la más estricta vagancia, fumar tabaco o mariguana, tomar cerveza y enfrentarse a otras pandillas. En vista de que yo apenas si cumplía los diez años, se me había encomendado una tarea especial la cual consistía, simplemente, en rematar a los caídos del bando contrario. Antes del enfrentamiento rellenaba mis bolsillos de piedras, a veces incluso las reunía en una pañoleta y, durante el enfrentamiento, tenía la obligación de apedrear a cualquiera de los contrarios que, durante la batalla, cayera al piso. De no hacerlo habría recibido una paliza por parte de los míos. Y allí me dirigía yo, apenas veía a uno de los contrincantes caer, a rematarlo con una piedra. La ventaja de mi labor es que ningún enemigo, durante la pelea, reparaba en el niño de diez años mezclado en el borlote, hasta que caían al piso.

Podría pasarme las horas narrando pasajes en la colonia Portales, la compra de zapatos en el Taconazo, de víveres en El Emporio y en el mercado, de ropa en las tiendas Milán, o el vapor dominical en los Baños Rocío, pero todo esto debí contarlo ya en alguna novela o en una crónica. El sentido de este relato es convencerme de que haber vivido en un barrio en el que jugábamos futbol en la calle o quemábamos llantas en épocas decembrinas era preferible a observar hoy las calles atiborradas de autos y saber que los niños dentro de sus casas vegetan, amedrentados por el peligro callejero, conectados a algún artilugio electrónico. ¿A mí qué me importa? Cada quien su vida y su tiempo, me respondo, pero no dejo de sentirme fuera de época e incluso exiliado de mis recuerdos. Mejor enclaustrados en sus casas que apedreando gente, me dirán ustedes, pero no dejo de sospechar que la clase de daño causado desde la inmovilidad cibernética es otro, acaso más dañino, pero de esto mejor no escribir ahora.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.