En una estampa histórica que a todo lector del cómic Astérix le es familiar, en el año 49 a. C. el general Julio César cruzó el Rubicón y dio inicio a una guerra civil en la que su ejército siguió y enfrentó a las cohortes de Pompeyo en las batallas de Dirraquio y Farsalia, en Grecia. Previo a cada encuentro, César recurrió a su extenso entrenamiento y experiencia como orador y dirigió discursos épicos a su ejército que, según su propio conteo, estaba formado por unos 14 000 legionarios.

Los historiadores no ponen en duda la ocurrencia de estas arengas, pero en 1993 el filólogo Mogens Herman Hansen se mostró escéptico sobre la posibilidad de que el César fuera capaz de hacerse oír por la totalidad de sus hombres de manera simultánea. Aunque nadie discute méritos sobre los que el mismísimo Cicerón se pronunció y de los que dejó constancia a través de Suetonio en Vida de los doce césares (“¿Qué orador te atreverías a anteponerle entre los que han cultivado sólo este arte? ¿Quién le supera en la abundancia y vigor de pensamiento? ¿Quién más elegante y distinguido en la expresión?”), y dado que nadie nunca atribuyó a Julio César un don como el que presume el mítico heraldo Esténtor en La ilíada (quien “gritaba tan fuerte como cincuenta hombres”, Homero dixit), Hansen sentenció que una hazaña acústica de esta magnitud era imposible, sin considerar necesarios medición ni experimento alguno para poner a prueba tan tajante conclusión.

Ilustración: Oldemar González

Otros historiadores antes y después de Hansen han descrito a favor o en contra de la plausibilidad de que un líder —militar, religioso o de cualquier otro tipo— pudiese dar una arenga, una perorata o un sermón inteligible (en el sentido de que pueda entenderse, no por su contenido, sino porque puede oírse cada palabra con suficiente claridad) ante una multitud de cientos o miles de personas. La respuesta en cada situación específica es asunto de la arqueología acústica o arqueoacústica: el estudio de la propagación del sonido en situaciones históricas que incluyen desde discursos épicos en campo abierto, declamados por personas tan ilustres como Julio César o George Washington, hasta prédicas en rituales religiosos dentro de espacios cerrados que pueden ir desde una cueva hasta una catedral.

Desde finales del siglo pasado los especialistas en arqueología acústica han aprovechado la actual capacidad de cómputo para manipular copiosas cantidades de datos y alimentar simulaciones que permitan entender de qué manera propiedades acústicas como el eco (el reflejo de las ondas de sonido cuando chocan con una superficie) y la reverberación (el conjunto de todos los sonidos reflejados por las superficies de un recinto) han conformado lo que podríamos considerar paisajes sonoros en construcciones artificiales o espacios naturales históricos, siendo los santuarios cavernarios dedicados a Pan, en Grecia, uno de los ejemplos más remotos. En este mitológico caso y dada la naturaleza lúbrica del semidiós, no es de extrañar que el sonido fuera parte importante de su culto y que los rituales en su honor se caracterizaran por un pandemónium de música y danzas.

En la región del Ática, donde han sido identificados catorce lugares de culto subterráneos en los que se veneraba a Pan, un equipo de ingenieros de la Universidad de Patras dirigidos por Nektarios Yioutsos, arqueólogo de la Universidad de Atenas, seleccionaron, tomando como principal criterio el buen estado en que se encuentran, la gruta de Vari o del Ninfolepto y la cueva de File, en el monte Parnés, para determinar, con ayuda de micrófonos omnidireccionales y mediciones de variables que afectan la propagación del sonido (como la temperatura y la humedad del aire), la calidad de la experiencia acústica experimentada por los ancestrales asistentes a estas ceremonias paganas.1

Yioutsos y colaboradores calcularon que los tiempos de reverberación en ambas cuevas eran casi idénticos y de una buena a excelente calidad acústica que permitía escuchar claramente lo que se hablaba dentro de ellas. En comparación, los tiempos de reverberación calculados para dos construcciones humanas con un espacio similar al de las cuevas (una iglesia ortodoxa y una mezquita) son sólo aceptables. Y en lugares de mucho mayor tamaño, como la Catedral de San Andrés Apóstol, en Patras, Grecia, la situación es peor: inaugurada en 1974, dentro de esta catedral la reverberación es tan grande que, cada vez que el patriarca en turno amonesta a su rebaño, la congregación necesita hacer un esfuerzo extremo de atención para entender qué está diciendo.

En el caso particular de las iglesias cristianas hay un estrecho vínculo entre sus estilos arquitectónicos, la música religiosa compuesta para aprovechar las características acústicas de estos edificios y el hacer vibrar —hablando en rigor o, mejor dicho, cantando— y producir emociones profundas en la audiencia. Así, tenemos que en iglesias medievales de estilo románico los techos abovedados y de gran altura y la presencia de columnas y arcos de medio punto (semicirculares) reflejan los sonidos desde donde quiera que uno voltee al generar una reverberación de varios segundos de duración.2 A pesar de que ya sabemos que esto es malo para los sacerdotes que quieren (cuando quieren) que el sermón que pronuncian sea inteligible, tomando en cuenta que durante esa época al pueblo (que quería ser) bueno, además de inculto, le daba igual porque de todas formas no entendía nada (puesto que la misa era en latín), el vulgo siempre podía en vez de ello conmoverse hasta el éxtasis al escuchar de manera simultánea el mar encrespado de notas musicales diferentes producido por los cantos gregorianos en templos como la basílica de San Vicente de Ávila, en España. De este efecto es responsable, precisamente, la alta reverberación cortesía del mentado estilo románico.

Simulaciones acústicas en iglesias con otros estilos indican que, incluso tratándose de cantos gregorianos, no siempre más reverberación es mejor. Prueba de ello es la Catedral de Sevilla, que históricamente ha sido un espacio multifuncional acondicionado, además de como lugar litúrgico, para ceremonias más terrenas como coronaciones reales en el siglo XVII y, más recientemente, conciertos masivos, como el Miserere de Miguel Hilarión Eslava, con una audiencia de hasta 2000 personas. Dependiendo de si la música es interpretada, o el sermón pronunciado, en las áreas del coro y el altar mayor, el transepto o el trascoro se obtienen tres configuraciones espaciales con propiedades acústicas distintas; para sacar el mayor provecho de cada una de ellas es necesario tomar en cuenta las características sonoras de cada evento.3 Por ejemplo, el área del coro y el altar mayor, con su mayor cercanía a los muros, provoca que el sonido se refleje de manera extrema y temprana y esto afecta negativamente al paisaje sonoro de los cantos gregorianos.

Las simulaciones acústicas de la Catedral de Sevilla y otras iglesias muestran también que decoraciones textiles —como los estandartes navideños— previenen o reducen la reflexión del sonido, disminuyen la reverberación y mejoran las condiciones acústicas. Y una afluencia masiva de personas abrigadas, al incrementar con su ropa la absorción del sonido, mejora la inteligibilidad de lo hablado y las condiciones acústicas en los templos, lo que agradecen nuestros oídos si, muy ad hoc a esta temporada, acudimos a escuchar El mesías de Händel.

Y ya que tocamos estas fibras, uno de los argumentos en contra de la factibilidad de que las palabras del César a sus tropas fueran escuchadas de una vez y a medida que salían de su boca es que, según el ya citado Hansen, el traqueteo de las armaduras lo habría impedido. Pero, como bien contrargumenta Braxton Boren, física experta en acústica aplicada, y como bien sabe todo aquel que ha visto un desfile del 16 de septiembre, parte de la disciplina castrense consiste en permanecer inmóvil mientras atienden al discurso de un superior cuando está hablando, más aún si se trata del general supremo.

Asumiendo que los legionarios romanos eran al menos igual de disciplinados que los ejércitos modernos y abandonando el terreno de las especulaciones, Boren simuló en computadora las condiciones acústicas en que César pronunció sus arengas.4 La física consideró un ruido de fondo de 45 decibeles, que equivale al de una oficina tranquila o una calle poco transitada. La simulación incluyó un área de 200×200 metros, con una densidad de 2.7 personas por metro cuadrado y condiciones ambientales correspondientes al verano actual en Grecia (los discursos de Julio ocurrieron en julio). La fuente del sonido, Julio César, fue situada un metro por arriba de la muchedumbre y rodeada por todos lados por ésta; la voz del general fue modelada en un intervalo de entre 74 y 80 decibeles (un volumen en el rango de una persona que habla fuerte y otra que grita). Con estas condiciones, los resultados de la simulación indican que, en el peor escenario, el discurso motivacional del César previo a la batalla de Dirraquio pudo haber sido inteligible para un ejército de tan sólo 5681 personas, pero, en el mejor escenario, para uno de 21 859, siete mil más que las tropas que lo acompañaron en la realidad.

Algo muy distinto sucedió en Farsalia, pues durante el discurso del César sus tropas estaban marchando en formación de batalla, con él al frente. Para esta simulación Boren asumió un ruido de fondo de 55 decibeles (el volumen de la conversación entre dos personas), una densidad de una persona por metro cuadrado y ninguna de éstas detrás del César, lo que de entrada redujo en un 20 % la distancia máxima a la que podría entenderse lo que él dijo. En el mejor de los escenarios (con Julio César arengando a gritos), el discurso del general pudo haber sido inteligible para 697 personas, lo que no implica que el discurso no tuvo lugar. Más bien, como señala Boren, en Farsalia las instrucciones del César pudieron haber sido llevadas a todos sus hombres mediante mensajeros a caballo y señales sonoras y visuales como toques de trompeta y banderas.

Julio César y su ejército fueron derrotados en Dirraquio, pero se recuperaron y vencieron en Farsalia y con ello ganaron la guerra. ¿En qué medida resonaron en las mentes de los legionarios leales a César las palabras de su líder militar e influyeron en la victoria? Esto ya no es tema que suene en los corros de la arqueoacústica, sino en las voces de los historiadores.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Yioutsos, N., Kamaris, G., Kaleris, K., Papadakos, C. y Mourjopolus, J., “Archaeoacoustic research on caves dedicated to Pan and the Nymphs in Attica, Greece”, Euronoise 2018 Conference Proceedings, 2018, pp. 2168-2174.

2 Navarro, J., Sendra, J. J. y Muñoz, S., “The Western Latin church as a place for music and preaching: An acoustic assessment”, Applied Acoustics, 70, 2009, pp. 781-789.

3 Alonso, A., Suárez, R. y Sendra, J. J., “On the assessment of the multiplicity of spaces in the acoustic environment of cathedrals: The case of the cathedral of Seville”, Applied Acoustics, 141, 2018, pp. 54-63.

4 Boren, B., “Acoustic simulation of Julius Caesar’s Battlefield Speeches”, Acoustics, 1, 2009, pp. 3-13.


Mesa de Noche. Respuesta a la trivia

El verso que un personaje de la película le dice a Peggy Sue es del poeta W. B. Yeats, en un poema basado a su vez en un poema de Pierre Ronsard. Dice el original: “But one man loved the pilgrim soul in you”. Y dice en versión notable al español del poeta cubano Eliseo Diego: “Mas sólo un hombre amó tu alma en ti viajera”.

 

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