Hasta hace no pocos años, todavía parecía aceptable reconocer que, durante la segunda mitad del siglo XX, el reduccionismo de las dicotomías políticas había ocasionado suficiente daño. La imposibilidad de dialogar entre posturas diametralmente antagónicas cobró costos demoledores en la vida de la gente que, sin adoptar una inclinación a mansalva, resentía las afectaciones que proveyó el identitarismo ideológico. Para ese entonces no tan remoto de la primera línea, habría sido manifestación de ineptitud discursiva empecinarse en defender versiones inexactas, sin matices y genéricas de realidades que eran tan precisas como amplias y diversas.

Cualquier corriente de pensamiento que quisiera considerarse profunda, después de experimentar la dicotomía y ausencia de miradas capaces de ver las fracciones en el fondo de un caleidoscopio, rechazaría lo que ya se había mostrado peligroso para la convivencia política de las sociedades. La cantidad considerable de matices culturales, políticos y económicos que, bajo premisas bipolares, fueron excluidos en la sobresimplificación de lo complejo. Izquierdas y derechas, buenos y malos, salvadores absolutos y cánceres terminales, etcétera. Todos sin jerarquía del daño al punto en que, si cada rasgo de las diferentes partes era observado desde absolutos asépticos, nada resultaba positivo o negativo. O más bien, todo positivo o negativo era relativizable a conveniencia.

Ilustración: Adrián Pérez

Más allá de la filiación que se pudiera tener hacia un universo u otro, por breves momentos entre siglos, no fue infrecuente cierto consenso alrededor del juicio sobre lo limitado de un discurso que centrara el peso de sus argumentos en una aproximación o tesis inflexible a cualquier materia, y no en la materia del debate. Ahí, cuando izquierdas y derechas daban la impresión de ser reconocidas como denominaciones exiguas, las inclinaciones ideológicas no coqueteaban con el ridículo al que nos estamos acostumbrando. Ignoro si al sumergimos en nuestra modernidad, era de esperar que una conversación arrancara con la presentación de posturas donde los asistentes se saludaran con un: soy mengano, el socialista antisistema y transformador o, yo el fulano, capitalista neoliberal y libertario (ya en algún libro escribí que esta última etiqueta, no me parecía más que una mala traducción de un concepto al que se le quieren dar tintes de una pulcritud que no demanda). Mucho menos debimos esperar que, al definirse por un bando o el otro, en nuestros días, los mismos defensores de una vertiente aparentemente ideológica de izquierda, con tal de sostener una agenda política, prefirieran apoyar a un cura con cercanía a los poderes establecidos que, a una víctima de violencia en una crisis de derechos humanos —insisto, después de la torpeza monumental de las ideologías durante el siglo XX—. Más aún, que un individuo autodenominado liberal, demócrata, e hijo de la razón, con tal de atacar a su contraparte —también autodenominada, en ese caso de izquierda—, agitara bandera al vestirse en los atavíos de la etiqueta de derechas.

Entrado el siglo XXI, el que hasta ahora ha regalado orfandades de pensamiento y muchos vástagos de la memoria ideológica, inmersos de vuelta en el fervor de las dicotomías, no extraña leer a un columnista de periódico que escribe de izquierdas como si de verdad lo fueran. Sin la menor crítica al tiempo. Mientras, en simultáneo, sólo por calificar de manera simplista dicha visión política a partir de la mentada etiqueta, resulta dispuesto a reducir su mismo pensamiento en la opción opuesta.

Esa tónica de pensamiento, por llamarle de alguna forma, aunque devalúe la palabra, la he encontrado en mis dos territorios. Medio Oriente y México, Siria y México. De los que hablo y escribo cotidianamente. Ambos empecinados a una situación discursivamente similar, por distintas razones con diferentes consecuencias que comparten una raíz poco afortunada: una involución en las cualidades desde las que se ha construido sociedad y civilización. Es decir, con las que hemos intentado convivir en la apuesta a poder hacerlo en el futuro.

La diferencia en los dos territorios es tan grande como una guerra. Cualquier comparación de violencias que busque equipararlas es de una simplicidad que prefiero evitar. Sin embargo, ante la violencia que se vive en los dos lugares, hay una coincidencia preocupante. Los muertos, torturados y desaparecidos importan menos que las expectativas de los actores políticos. Esos vivos, no torturados y que se ven en el espejo cada mañana. En una especie de pirámide que desciende en simpatizantes variopintos de cualquier facción en juego, la posición ante la realidad se va compartiendo hasta hacer que un universo de gente no encuentre forma de discutir lo que se vive o sufre en los lugares donde habitan. La sobresimplificación que antes tenía a las ideologías de por medio, ahora se mantiene solo con sus etiquetas. Eso es suficiente.

Recientemente, Carlos Puig escribió en su columna de Milenio una frase con la que criticaba el nivel de debate público nacional: “Es mejor una etiqueta que una discusión”. Ese es el mundo que parecemos decididos a defender en Siria, en México, en el Reino Unido, en Estados Unidos. Cada uno con su propia jerarquía de violencia, pero todos con un signo en común. El otro no existe si no ve lo que yo. Es una etiqueta que dice nada.

De vuelta a mis territorios. Siria me enseñó que el tiempo no es garantía para impedir los límites de nuestra vocación autodestructiva. Por su guerra, la nuestra, la que es de esta época, llevo nueve años tratando de entender cómo nos relacionamos con la violencia. Su capacidad de meterse en la vida hasta hacerse rutina; la indiferencia que provoca. El desinterés por ella como medida de protección ante lo detestable, el desinterés a causa de ese aletargamiento en nuestra condición social más básica: la consciencia del otro. Durante estos años no me he cansado de intentar explicarme y explicar, que cuando la distancia es grande y da la impresión de que el individuo alejado de la tragedia no puede hacer nada, lo que puede hacer tampoco es despreciable: transformarse en un otro que recibe el dolor y la impotencia. Con ambos elementos podemos discutir la violencia, politizarla porque sólo así es probable hacer esfuerzos para solucionar lo que nos llevó a ella.

La no politización de la violencia es el rasgo público de la indiferencia. Sin un otro al que se respete y considere interlocutor, no hay politización. Hay dogmatismo.

Escribí aquí hace tiempo que la búsqueda del otro es lo primero que necesitan las víctimas de la barbarie para no quedar en el olvido. Esa condena con la que, a la tragedia, se le suma más gratuidad que aquella que llevó a desparecer, a morir, a ser torturado. A perderlo todo. Ese pequeño resquicio de lo que hemos entendido a lo largo de cientos de años como humanidad, es la base que nos ha permitido contener la capacidad de hacernos daño. Aunque sea por mínimos espacios de tiempo en los que las sociedades encuentran algo de tranquilidad.

Había visto las imágenes de niños calcinados en Siria, el país de mis recuerdos y familia. Tengo esas imágenes también en el México de mi presente. En ambos extremos del Atlántico lo primero que desapareció fue la consciencia del otro. A la violencia se le permitió ocupar su lugar. Ya no eran niños, ya no eran tampoco cenizas o el dolor de sus padres y familiares. Era la indolencia de quienes lo provocaron, de quienes lo permitieron, de quienes pudieron hacer algo para evitarlo y prefirieron pronunciar un discurso.

La violencia sobrepasa los límites cuando se pronuncian muchos discursos sobre ella. Es asunto de costumbre, por lo tanto de tiempo. Un solo evento provoca una cantidad de discursos limitada por el calendario. Muchos discursos necesitan primero días, luego semanas y meses. Años de discursos alrededor de la violencia equivalen a un ambiente. Si los muertos no son parámetro para percatarse de la demencia, la calidad de la retórica a su alrededor puede servir de termómetro.

Ante la crisis de derechos humanos y violencia que se vive en México, el ambiente discursivo es idéntico a la constante medio oriental. Quienes apoyan a un proyecto político, relativizan hasta la más mínima expresión con tal de llevarlo a puertos proverbiales, pese a que la marea tiene a países en medio del océano. No hay tierra próxima. Intuir una isla que nadie ve sirve de consuelo al eludir un ejercicio racional. En él, la conciencia del sufrimiento debería ocupar el lugar de la etiqueta que se utiliza para disipar las tragedias, la mezquindad y el declive de las bases con las que se podría contener la violencia: el diálogo y la discusión.

La insistente anulación de la inquietud legítima de partes en discordia, solo es posible desde la ferviente inclinación actual a recuperar etiquetas. Simples, sencillas, banales. No hay izquierdas y derechas, sino su analogía en la construcción de realidades paralelas en eso que ahora se conoce como posverdad. Construcciones de propaganda, para los que tenemos más años. Quizá la diferencia fundamental de esta época con respecto a otras, no sean los fenómenos que se viven sino sus alcances. Distintas expresiones, crisis, inquietudes y sinrazones han existido por siempre, solo que hoy su diseminación ocurre a mayor velocidad y a más lugares. Entonces la etiqueta se esparce, obnubila todo a su paso y el paso es largo. Cada vez con mayor alcance. El aparente desencanto con la política tradicional, el resurgimiento de inquietudes identitarias o el localismo, son solo algunas de las características que se pueden ver alrededor de una buena parte del planeta mientras somos capaces de transitar sin detenernos por mucho tiempo en la brutalidad que nos rodea.

Esas etiquetas que nublan el cielo a su paso se transforman en lo absoluto. Cedo ante el fraseo contemporáneo. Es la ideología en la era de la posverdad, pero ¿qué hay después de la posverdad sino ausencia?

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.

 

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