Para volver a juntar todas las piezas del tesoro desperdigado de Franz Kafka no fue necesario un análisis como el del matemático colombiano que resolvió cuál era el orden en el que debía leerse El proceso. Fue necesario un juicio de casi una década protagonizado por autoridades israelíes y tres mujeres que aseguraban ser las únicas herederas de los papeles que Max Brod había conservado. Esta es la historia del efecto mariposa provocado por dos últimas voluntades desatendidas.

¿Por qué Max Brod decidió no cumplir el mandato de su gran amigo Franz Kafka? Él mismo responde en la biografía que publicó sobre el escritor checo. Dice que en su último año de vida, pese a los dolores y la fiebre provocados por la tuberculosis, Kafka trabajaba con gusto y era feliz con su compañera Dora Diamant. “Tiempo después cobré valor, frente a todos estos indicios vitales, para invalidar su prohibición (redactada mucho antes) de publicar ninguna de sus obras póstumas”.

Ilustraciones: Raquel Moreno

Franz Kafka fue muy claro en sus deseos. Tan claro que no sólo los escribió una, sino dos veces. La primera los puso en una hoja con la dirección postal de Brod. Era un ruego que lo inquietó a mediados de 1921: “Quema sin leerlos absolutamente todos los manuscritos, cartas propias y ajenas, dibujos, etcétera, que se encuentren en mi legado (es decir, en cajas de libros, roperos, escritorios de casa y de la oficina, o cualquier otro sitio donde pueda encontrarse algo y te llame la atención), así como todos los escritos o dibujos que tú u otros, a los que debes pedírselo en mi nombre, tengan en su poder. Deben al menos comprometerse a quemar en persona las cartas que no quieran entregarte”. La segunda ocasión fue más preciso en la nota que escribió el 29 de noviembre de 1922, también dirigida a Max Brod. Otorgaba validez a sus libros La condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, El médico rural y al relato “Un artista del hambre”. Los manuscritos, cartas y publicaciones en revistas “—todo eso sin excepción y de preferencia sin ser leído (no te prohíbo a ti que lo veas, aunque preferiría que no lo hicieras, pero no debe verlos ninguna otra persona)— todo esto ha de ser quemado sin excepción alguna y te ruego que lo hagas lo más pronto posible”.

Ninguna de estas dos peticiones fue entregada personalmente a Max Brod, él las descubrió a la muerte de Kafka por tuberculosis laríngea el 3 de junio de 1924. El amigo más cercano y confidente se volvió el albacea de un autor que en vida no tuvo la luz ámbar de la fama. Brod fue meticuloso al recolectar el legado; los familiares y Dora Diamant también conservaron documentos. Él después inició la cascada de publicaciones póstumas: El proceso (1925), El castillo (1926), América (1927), Durante la construcción de la muralla china (1931), Obras completas (1935).

Cuando las pisadas del ejército alemán se acercaban a Praga, Brod metió en una maleta los papeles de Kafka con los suyos, y tomó el tren a Palestina. Se instaló en lo que hoy se conoce como Tel Aviv con su esposa Elsa Taussig y continuó editando las obras póstumas del autor de La metamorfosis. Taussig murió en 1942 y a partir de entonces Esther Hoffe, quien trabajaba como secretaria particular de Brod, se convirtió en su incondicional.

Brod sumó a Hoffe en su empeño por mantener la literatura de este escritor en el siglo XX. La publicación de los Diarios (1950) provocó un paro cardiaco a distintos círculos académicos e intelectuales. En 1956 la guerra de Suez obligó al albacea a depositar una parte de los documentos, entre ellos los manuscritos de El proceso, El castillo y América, en cajas fuertes de un banco suizo. Luego tuvo un gesto que perfilaba la manera en la que quería que tras su muerte se conservaran su archivo y el de Kafka: donó los manuscritos de El castillo y América a la Universidad de Oxford.

Max Brod redactó en 1961 su testamento y en él establecía que Esther Hoffe se encargaría de los trámites necesarios para entregar su legado a una institución que lo resguardara con esmero. Mencionó a la Universidad Hebrea de Jerusalén, la Biblioteca de Tel Aviv o alguna otra parecida en Israel o en el exterior. Ese mismo año, hijos de las tres hermanas de Kafka —Elli, Valli y Ottla— entregaron en depósito a la Biblioteca Bodleiana de la Universidad de Oxford manuscritos que sirvieron para la primera edición crítica de la obra de Kafka hecha bajo su sello.

Brod murió el 20 de diciembre de 1968. El escritor, periodista y compositor logró que la obra de Kafka no sólo fuera leída en Europa, también en América. Y dejó en manos de su secretaria particular el tesoro de Franz Kafka. Tendría que haber recibido alguna señal divina o humana que le advirtiera que su última voluntad tampoco sería atendida, como él hizo con la de su amigo.

Esther Hoffe fue desafiante en su papel de guardiana. Dos años después de la muerte de Brod estipuló en su testamento: “Los borradores, las cartas y los dibujos de Kafka que me fueron donados por Max Brod, los cedí a mis dos hijas en porciones iguales. Los libros de Kafka de la biblioteca de Brod permanecen en posesión de mis hijas. Cada una de mis hijas y mis nietas tienen derecho a recibir cuarenta cartas del legado de Brod”. Borró toda intención de donar el acervo y empezó a venderlo.

En 1973 el Archivo del Estado de Israel tuvo noticias de una venta privada en Alemania de al menos veintidós cartas y diez postales de Kafka dirigidas a Brod. Las evidencias apuntaban a Hoffe y las sospechas se confirmaron cuando fue detenida el siguiente año en el aeropuerto de Tel Aviv, con un puñado de cartas de Kafka y ejemplares de los diarios de Brod. No pudo viajar a Suiza con el botín literario —desde 1955 la Ley de Archivos prohibía sacar del país material de interés cultural sin haberlo registrado y copiado— y las autoridades le pidieron que les dejara hacer un catálogo de lo que ella decía que era su colección privada. Los archivistas sospechaban que había más documentos de los que les mostró y además advirtieron descuido en su conservación.

Se conoce, gracias al minucioso trabajo periodístico que ha hecho Ofer Aderet, que Hoffe firmó un contrato con la editorial suiza Artemis & Winkler a finales de los ochenta para publicar los diarios de Brod. Recibió el adelanto, pero nunca entregó los manuscritos.

A principios de noviembre de 1988 Sotheby’s anunció que el día 17 de ese mes subastaría en Londres el original de El proceso. Sí, aquel que había conservado Max Brod. El manuscrito se expuso primero en Nueva York para que los interesados pudieran apreciar las 316 páginas escritas con tinta en tonos azul y violeta. La puja duró sólo 60 segundos. El bibliófilo alemán Heribert Tenschert pagó 2 millones de dólares, cifra récord para una obra literaria escrita en el siglo XX. Tenschert cedió el manuscrito al Archivo de Literatura Alemana de Marbach, uno de los más importantes de Europa central, sin saber que estaba obsequiándoles una manzana podrida.

La mítica marca de autos Porsche unió su nombre al padre literario de Gregorio Samsa con una buena noticia el 26 de noviembre de 2001, al anunciar la donación de la biblioteca del escritor a la Sociedad Franz Kafka, con sede en Praga. Más de mil libros, primeras ediciones de sus obras y otras publicaciones fueron adquiridos a un anticuario de Stuttgart. El 6 de mayo de 2002 se inauguró el repositorio en el barrio judío de la capital checa.

Esther Hoffe murió en septiembre de 2007 a los 101 años, en Tel Aviv. Sus hijas Eva y Ruth eran ahora herederas de las cartas, manuscritos, diarios, postales y fotografías que ellas mismas habían alejado con tanto celo del público y de los que habían obtenido beneficios millonarios.

Las dos hermanas iniciaron los trámites para hacer valer el testamento de Hoffe y la Biblioteca Nacional de Israel respondió con un juicio en su contra al considerar que no podían apropiarse del archivo de Brod porque él estipuló que esos documentos tenían que estar en esa institución.

En 2009 el litigio no sólo era en contra de Eva Hoffe y Ruth Wiesler, también figuraba el Archivo de Literatura Alemana de Marbach. Era el precio que debía pagar por haber aceptado la manzana podrida que Tenschert le obsequió veinte años antes. El director de la Biblioteca Nacional de Israel, Schmuel Har Noy, reclamaba que devolvieran el manuscrito de El proceso, al haberse adquirido ilegalmente en la subasta. El director del Archivo de Literatura, Ulrich Raulff, defendió la compra pública. Las autoridades israelíes aseguraban que con esa venta se había violado la ley nacional que prohíbe sacar bienes culturales del país.

Para evitar complicaciones legales, los directores de la biblioteca y del archivo aceptaron conversar directamente. El archivo se comprometió a aceptar el veredicto y la biblioteca reconoció que la otra institución debería ser compensada por la compra del manuscrito.

Eva Hoffe sumó ruido al caso cuando denunció que habían robado documentos del archivo en disputa, guardados en el departamento del número 43 de la calle Spinoza en un barrio de Tel Aviv, donde había vivido su madre y que ella también habitaba.

A finales de octubre de ese año un tribunal de Tel Aviv congeló las cuentas bancarias de las herederas con al menos un millón de dólares en efectivo y ordenó la entrega de las llaves de cinco cajas fuertes en donde podrían estar documentos de Brod y Kafka.

En noviembre de 2009, Raulff detalló al periódico El País que no iban a devolver el original de El proceso, que las hermanas estaban dispuestas a venderle al archivo los papeles y que ellos estarían dispuestos a entregar copias a la Biblioteca Nacional de Israel.

Una vez más Eva Hoffe y Ruth Wiesler se colocaron en la mira de las autoridades al reportar dos asaltos más en su casa en una misma semana. Sucedieron el 17 y 19 de mayo de 2010. Hoffe dijo que los ladrones se habían llevado “libros, cartas y partituras” y uno de sus abogados mencionó que se trataba de “documentos insignificantes”.

Por fin, el 19 de julio de 2010, se abrieron las cuatro cajas de seguridad que estaban en la oficina principal del USB en Zúrich. Salieron a la luz algunos documentos y dibujos de Kafka. La profesora emérita de literatura Itta Shedletsky fue comisionada para elaborar el inventario por el que las autoridades israelíes considerarían si ese material era un bien privado o un bien público nacional.

Los familiares de Kafka inquietaron de nuevo al mundo a principios de 2011 al poner a la venta 45 cartas, 32 tarjetas y 34 postales ilustradas que el escritor envió a su hermana menor Ottla. Esto formaba parte del acervo que tenía en préstamo la Biblioteca Bodleiana de Oxford. Un sobrino nieto programó la subasta con la casa J. A. Stargardt para el 19 de abril. Instituciones culturales como la Academia Alemana de la Lengua y Poesía, el Instituto Goethe y la Fundación de Patrimonio Cultural Prusiano publicaron una carta en la que pedían que no se dispersara más el legado, que lo dejaran al alcance del público y de investigadores. Buscaron también que el Archivo de Literatura Alemana participara en la puja. El 5 de abril se anunció que no habría subasta porque el archivo alemán y la Biblioteca Bodleiana habían hecho una compra conjunta, algo nunca antes visto. Y además sumaron en esta adquisición cartas de Dora Diamant y de Robert Klopstock, amigo y médico de Kafka. Fue así como estas dos instituciones se convirtieron en las guardianas del mayor acervo del escritor checo.

El 2012 marcó el destino de los papeles de Kafka. A principios de mayo murió de cáncer Ruth Wiesler, a los 80 años. Eva Hoffe ahora sólo contaba con el grupo de abogados que estaban agotando sus reservas económicas. El 14 de octubre sucedió lo que muchos esperaban: la jueza de asuntos familiares en Tel Aviv, Talia Kopelman Pardo, ordenó que el legado de Max Brod fuera entregado a la Biblioteca Nacional de Israel. En su veredicto señaló que “los escritos de Kafka, así como toda la colección de Brod, no pueden considerarse un regalo de Hoffe a sus hijas”. La única heredera sobreviviente apeló la sentencia y esto provocó que el caso se prolongara. El Tribunal de Distrito de Tel Aviv ratificó el 4 de julio de 2015 el fallo del tribunal familiar emitido tres años atrás.

Para finalizar este proceso fue necesaria la intervención del Tribunal Supremo, que el 9 de agosto de 2016 ratificó las dos sentencias anteriores que establecían que el legado de los dos escritores judíos compuesto por cientos de manuscritos literarios y epistolares quedaba en manos de la Biblioteca Nacional de Israel. Este mismo año inició el traslado de documentos a Jerusalén. Miles de ellos provenientes del Archivo de Literatura Alemana de Marbach.

Este efecto mariposa estuvo a punto de dejarnos sin la extensa biografía de Reiner Stach: “El pesimismo que albergábamos con respecto a estas fuentes [el legado de Brod] se ha confirmado por completo: esperarlas habría significado la muerte de todo el proyecto”. Y llevó a Judith Butler a preguntarse a quién le pertenecía Kafka, pues ahora se le trataba como una mercancía. ¿Al pueblo judío y al Estado de Israel? ¿A los alemanes porque el autor escribió en su idioma? Su lucidez abruma: “Es una ironía, ciertamente, que los escritos de Kafka se vuelvan finalmente las cosas de alguien más, apilados en un ropero o una bóveda, convertidos en valor de cambio, a la vida después de la muerte como icono de pertenencia nacional o, simplemente, como dinero”.

Pocos días antes de que se cumplieran 95 años de la muerte de Kafka, policías federales de Alemania entregaron en la embajada de Israel en Berlín cinco mil documentos propiedad de Max Brod, pasajes inéditos de su diario y correspondencia con su esposa. Es posible que estos documentos hayan sido los que robaron del departamento de Eva Hoffe en 2009. Según declaraciones del archivista de la Biblioteca Nacional de Israel, Stefan Litt, en 2013 un vendedor israelí los ofreció al Archivo de Literatura Alemana. En lugar de hacer la compra, avisaron a la Biblioteca Nacional de Israel y ésta, a las autoridades. Los documentos aparecieron poco tiempo después en una bodega de una banda internacional de falsificadores de pinturas, desmantelada por autoridades alemanas. El gobierno alemán los resguardó mientras Litt y otros especialistas se encargaban de confirmar su origen.

A Eva Hoffe no le alcanzó la vida para seguir peleando en tribunales, murió el 4 de agosto de 2018.

Ahora sabemos que en esas misteriosas cajas de seguridad y que entre los muros con el aire viciado del departamento en el que vivieron Esther y Eva Hoffe no había mucho material literario inédito de Kafka. Nos faltaba observar la libreta de ejercicios de hebreo, algunas cartas personales, unos cuantos dibujos, diarios de viaje y tres borradores de Preparativos de una boda en el campo. En este mes la Biblioteca Nacional de Israel tendrá disponible en una página electrónica todo el archivo.

Es difícil saber si este es un final feliz para Kafka. Pero al menos ya se sabe a quién le pertenece Kafka.

 

Kathya Millares
Editora.

 

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