Un momento breve es un paso largo.
—Francisco de Quevedo

Hay momentos en los que una prefiere no hablar del mañana sobre todo si es oscuro, incomprensible, incierto. En la coyuntura mexicana actual la urdimbre de las ambiciones personales, de ideas dispersas, de temores imprecisos y de conflictos inmediatos bloquea nuestra visión del futuro, o de los futuros posibles para México. Esta falta de claridad alimenta la búsqueda de señales, y si no de respuestas, al menos de una explicación a situaciones inéditas y problemáticas que parecen irresolubles, o cuya resolución puede tener efectos que agravan el problema que pretenden resolver. Los historiadores hablan del pasado, los politólogos del presente, del futuro hablan los creyentes. Me será más fácil hablar del pasado y del presente, pero trataré de decir algo del futuro.

Confieso que preferiría no hablar del mañana porque el fin del siglo XX y el inicio del XXI nos han reservado hechos que fueron en su momento futuros inesperados, para los que no estábamos preparados. En 1989 creímos que el derrumbe del muro de Berlín traería consigo la victoria definitiva de la democracia, pero olvidamos que esa forma de gobierno es una construcción frágil, y si se descuida tendrá la vida breve, como ocurrió en Polonia y Hungría. España lucha desde hace semanas contra las arenas movedizas de conflictos interpartidistas; la disputa en torno a la pertenencia de la Gran Bretaña a la Unión Europea ha generado una severísima crisis en el interior del partido conservador; y no obstante los empeños del presidente francés Emmanuel Macron, no es seguro que pueda tomar el relevo de la canciller Angela Merkel como líder de la UE, y frenar las fuerzas centrífugas que amenazan el futuro de la experiencia integracionista.

Todos estos acontecimientos ponen en cuestión al menos uno de los presupuestos del orden internacional: su continuidad. En el último volumen de su historia mundial, Eric Hobsbawm advirtió que la escasez y la guerra eran las condiciones normales de vida de la humanidad, y que el futuro sorprendería incluso al más astuto de los historiadores, porque los treinta años de la segunda posguerra fueron un periodo excepcional de paz y prosperidad, un paréntesis en una larga historia de pobreza, enfermedad y violencia.

Dos episodios de la historia reciente de Estados Unidos ilustran la oscilación entre los buenos y los malos augurios. La elección de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos en 2008 despertó una amplia ola de entusiasmo y buena voluntad que recorrió el mundo, ¿qué podía ser más esperanzador que la elección de un afroamericano —subrayo, elección— a la presidencia del país más poderoso de la Tierra? Este acontecimiento fue un grito de júbilo y de esperanza que parecía anunciar nuevos tiempos. Una vez más, como otras en la historia, Estados Unidos, el país con el récord más largo y vergonzoso de esclavitud y de violación institucionalizada de derechos humanos, se ponía a la vanguardia de la cultura democrática, y le mostraba al mundo el camino hacia la sociedad del futuro, plural y tolerante.

De manera inesperada, después de Obama, una mayoría votó por Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2018, y la imagen de Estados Unidos como el líder de la modernidad del siglo XXI se vino abajo. Reapareció el país explotador de los débiles, abusivo y plagado de prejuicios, que ve en el mundo exterior una amenaza. Tanto la victoria de Obama como la de Trump fueron contingencias, sorpresas, más inesperada la segunda que la primera. Ahora sabemos que la llegada de Obama no fue el inicio de una tendencia de largo plazo; tenemos que esperar unos años para evaluar el significado de la presidencia de Donald Trump.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Hay muchos ejemplos de futuros inesperados. ¿Quién hubiera previsto en 1968 que la revolución cultural de Mao-Tse-tung estaba formando a los audaces empresarios del siglo XXI que han salido a conquistar el mercado estadunidense? ¿Cuándo nos imaginamos que el muro de Berlín se vendría abajo en 1989 después del beso inolvidable que se dieron Leonidas Brejnev y Eric Honecker que le dio la vuelta al mundo, y que parecía un compromiso de amor eterno? Cuando el muro que dividía a Europa cayó, creímos que se había levantado la victoria definitiva de la democracia; aunque a nadie sorprendió la efímera primavera democrática del norte de África. China está bajo la amenaza de una guerra comercial con Estados Unidos que tendría consecuencias devastadoras para el mundo entero. A principios de septiembre estalló de nuevo un conflicto peligroso en el golfo Pérsico, y no sabemos qué puede suceder en los próximos meses.

La crisis económica internacional de 2008 sorprendió a muchos desprevenidos y debilitó los principios de la democracia; este efecto en combinación con las consecuencias de la globalización sobre la desigualdad a nivel mundial, y la extensión de la corrupción en varios países de América Latina, radicalizó a los electorados y fortaleció a corrientes políticas que hasta entonces habían sido relativamente marginales. En Nicaragua el antiguo líder sandinista, Daniel Ortega, se transformó en una mala copia de Anastasio Somoza. La elección del antiguo militar, Jair Bolsonaro, a la presidencia de Brasil con todo y su indiferencia por la Amazonía, fue una sacudida para quienes pensaban que la democracia era una experiencia definitiva. La testarudez del venezolano Nicolás Maduro revela su dependencia del fantasma de Hugo Chávez y del apoyo cubano. Argentina está ahora en su noveno impago del siglo XXI. La incertidumbre en el ámbito internacional es un factor cuyo impacto político es una incógnita, sólo sabemos que puede ser extremadamente perturbador.

¿Cómo se explica esta andanada de catástrofes? ¿Eran evitables? ¿Qué hubieran podido hacer los líderes políticos para conjurar la crisis de 2008? ¿Quiénes son los responsables? ¿Los neoliberales o los populistas que no les permitieron ir tan lejos como hubieran querido? ¿Cuáles son las perspectivas del populismo en el mundo por venir? ¿Es cierto que la democracia ha sido sentenciada a muerte por el extremismo xenófobo? ¿Es el populismo el remedio a las debilidades de la democracia y a las inequidades del mercado?

A pesar de mi advertencia inicial creo que tenemos que hablar del futuro, o de los futuros que pueden formarse en el corto y mediano plazos porque así lo exige la situación mundial y la condición particular de México. Entiendo bien que el escenario mundial es tan errático y confuso que pese a los asideros en que apoyo mi reflexión, no hay manera de evitar el error. De todas maneras asumo el riesgo.

Preguntar por el futuro o por los futuros es hoy tan inquietante en México como lo es en muchos otros países. Me temo que aquí habrá que mirar a las estrellas antes de preguntar a los políticos, pues hablarán con más claridad y posiblemente revelen hacia dónde nos conducen procesos y líderes políticos que se han empeñado en abandonar los patrones que guiaron la vida política de la posrevolución, sin comprometerse del todo con la vía democrática.

Hace muchos años leí El otoño de la Edad Media, del historiador holandés Johan Huizinga, que fue publicado originalmente en 1921. En esa obra Huizinga estudia el siglo XV en una ciudad del noroeste de Francia, oscura y miserable, cuyos pobladores vivían sólo para sobrevivir el hambre, el frío y la enfermedad. En esa ciudad del mal, como la llama el autor, la muerte podía sobrevenir en cualquier momento como un demonio emboscado. Por esa razón, estos franceses no podían pensar su vida más allá del presente.

Lo que examina Huizinga es esa oscuridad, la inseguridad y la incertidumbre que alimentaba pasiones absolutas y lealtades duras. Recuerdo sobre todo su observación a propósito del efecto que situaciones de crisis, finales de época o transiciones históricas pueden tener sobre el ánimo de los seres humanos, sobre sus percepciones del pasado, pero también sobre su visión del futuro. Tal vez lo que más me impresionó fue la incapacidad de imaginar el futuro de estos hombres y mujeres del siglo XV, que concentraban sus energías en sacar adelante el presente. Me pregunto si hoy el mundo no está en una situación similar.

La salida que encontraron los franceses de Huizinga fue el misticismo, la vida en el otro mundo, en la tierra de leche y miel, y la fantasía de las historias de caballerías. Su efecto debe ser comparable con el que en la actualidad tiene la ciencia ficción, los dibujos animados o espectáculos como La guerra de las galaxias o Juego de tronos, que transcurren en una temporalidad confusa, siglos antes o después de nuestra era. Creo que su atractivo reside en que la trama de estas historias plantea en forma simplificada los conflictos básicos de la lucha por el poder y la dominación, y lo más importante, el desenlace siempre está a la vista.

Para mí la imposibilidad de imaginar el futuro es el síntoma más revelador y más grave del momento que vivimos ahora mismo. Puede ser una crisis de índole moral, social, económica o política, pero que se manifiesta así, en la imagen del futuro como un vacío —como escribió en 1980 Héctor Aguilar Camín en un ensayo titulado “Historia para hoy”—. También observa que “desde la pérdida de Texas en 1836 no ha habido década en la historia mexicana que no haya estado signada por algún momento de penetrante incertidumbre sobre el sentido, el destino y la integridad de la nación”.1

La segunda mitad del siglo XX fue así como lo describió Aguilar Camín. Muchos de los acontecimientos que se han sucedido en cadena en México en los últimos veinte años, en el campo de la economía, en la sociedad y en la política han provocado serias dudas a propósito del significado de la noción Nación Mexicana, que en el pasado era por todos compartido. Esas interrogantes han erosionado una democracia inacabada, pero sobre todo liquidaron la ilusión democrática con la que se inició para nosotros el siglo XXI. Esta apreciación no se aplica exclusivamente a México. En Reino Unido, en Argentina, en España y en Francia también se habla de crisis de la democracia. Esto significa que muchas de las preguntas que los mexicanos nos hacemos respecto al futuro son las mismas que se hacen en esos países, donde tampoco hay respuestas respecto al sentido y objetivo de la trayectoria en la que estamos encaminados.

México no ha podido sustraerse de la turbulencia que ha minado la estabilidad de las democracias. La elección presidencial de 2018 llevó al poder a un crítico del neoliberalismo, Andrés Manuel López Obrador, que se ha propuesto dar marcha atrás y suprimir reformas introducidas a partir de los años ochenta. La propuesta, en caso de que se materialice, supone costos muy elevados para empezar de orden político, porque el presidente necesita concentrar todos los recursos políticos de la sociedad para desmantelar políticas e instituciones con más de tres décadas de vida funcional. Además, ha optado por una condena global del pasado que nos hace a todos victimarios o cómplices de lo que él ha descrito como una catástrofe nacional, a menos que haya uno vivido en una cueva en la jungla todos esos años.

Durante casi toda la segunda posguerra creímos que delante de nosotros sólo había un camino, el que marcaban la Independencia, la Reforma y la Revolución de 1910. Este esfuerzo de homogeneización de la memoria histórica no era un proyecto ideológico; las señales que emitía eran difusas, cuando mucho apuntaban en una dirección imprecisa, sólo ofrecían referentes generales, pero constituían el núcleo de un consenso supuestamente indestructible que —sostenía el PRI— se había formado en torno a la Constitución y al régimen nacido de la Revolución. Hasta los años ochenta la élite política se refería a la continuidad del autoritarismo como prueba de la vigencia de un amplio consenso nacional. En realidad, la continuidad priista era un artificio que enmascaraba tensiones y marcadas diferencias internas, que salvaba el oportunismo esencial del régimen.

El presidente ha manifestado de muchas maneras su nostalgia por el país del crecimiento y la estabilidad de los años de la inmediata posguerra; para él la historia de la segunda mitad del siglo XX se divide entre el antes y el después de la llegada de los neoliberales al poder. La principal debilidad de la decisión presidencial de rehacer ese pasado reside en que piensa hacerlo con base no en evidencia documental, sino en un vínculo básicamente emotivo con el recuerdo de un país estable, que crecía sin mirar al exterior, al abrigo de miradas indiscretas y de juicios malévolos.

Sin embargo, más que consenso, lo que se vivía era conformismo. Una interpretación histórica interesada fue sustento clave del orden político autoritario que se legitimaba más en el pasado, en la cultura y en la tradición que en las urnas. En consecuencia, muchos son los silencios, las lagunas, los vacíos de una lectura de la historia que tenía una finalidad política: aprisionar el pasado en las necesidades políticas del presente. Un pasado hecho a la medida del presente autoritario que empobreció nuestro conocimiento de su historia y limitó el abanico de ofertas políticas y la imaginación política.

El interés del presidente por la historia puede explicarse como el recurso que ha encontrado para formular un discurso consistente y con un amplio atractivo. La noción de que la historia está al servicio de la política no es nueva. Tampoco lo es la práctica del poderoso que le impone a sus decisiones la apariencia de un resultado histórico ineluctable. En México, como en todas partes, la recuperación del pasado “ha sido predominantemente política: una incorporación intencionada y selectiva del pasado… adecuada a los intereses del presente”, escribió Enrique Florescano en 1980.2 Los vínculos entre historia y política son estrechos porque la historia nunca ha sido sólo conocimiento; también ha sido un eficaz instrumento en la lucha por el poder, en la medida en que es un transmisor eficaz de imágenes y de sensibilidades; los ecos de la historia repercuten con fuerza y claridad en la dimensión subjetiva de la política.

Por consiguiente, no es de extrañar que el presidente Andrés Manuel López Obrador se haya propuesto reescribir nuestra historia desde la nueva perspectiva que le ofrece la presidencia de la república. Su objetivo es retomar el uso de la historia como la fuente de legitimidad que fue durante el autoritarismo posrevolucionario; su interpretación también es muy semejante a la versión oficial que durante décadas fue un pilar del régimen político, pero es distinta por dos razones: primero, su objetivo no es la reconciliación nacional, sino la generación de un agudo antagonismo entre el pasado inmediato y el presente, y con base en ese rechazo recuperar una identidad política que tal vez nunca existió. En segundo lugar, a diferencia de la versión canónica del desarrollo nacional que miraba a la restitución de la “grandeza mexicana”, ni el pasado inmediato ni el presente sirven para construir un futuro. Este propósito está completamente ausente de la propuesta lopezobradorista.

Desde el primer día de su presidencia Andrés Manuel López Obrador empezó a hablar de la profundidad de los cambios que introduciría, y a presentar el hecho político como una inevitabilidad de la transformación histórica que desde entonces afirmaba haber emprendido, aunque en realidad llevaba unos días en el gobierno. Su actitud en relación con este tema es la de un poder que no admite más pasado que el que define el propio presidente, ni más presente que el que nos ofrece como prolongación de ese pasado. Como si tratara de ganarle tiempo al tiempo, el presidente hace a un lado la contingencia, el azar y la incertidumbre que son propios del proceso histórico, y nos entrega los resultados prefechados de su gobierno. Del futuro apenas habla, y cuando lo hace sus gruesas pinceladas no describen una utopía, ni siquiera un país mejor, sólo un país reducido a la dimensión de sus debilidades.

La contundencia con la que el presidente López Obrador sostiene por adelantado el éxito de la transformación que ha anunciado contrasta con los titubeos del mundo frágil, rodeado de incertidumbres y de dificultades que recientemente han minado las bases de la democracia y la economía internacional, cuyas secuelas de inestabilidad y vulnerabilidad se han visto agravadas por el complejo fenómeno migratorio.

En la historia política, a diferencia de otras, las rupturas son más importantes que las continuidades. Tanto así que abundan los futuros inesperados de pasados y presentes aparentemente firmes; contradicciones que ponen en tela de juicio ideas fundamentales que recibimos de la Ilustración, tales como la irreversibilidad del cambio o la inevitabilidad del progreso. Esta dinámica sincopada es ajena al planteamiento del presidente, que entiende el cambio histórico como un proceso lineal, acumulativo y regular, en el que sólo interviene la voluntad del poder. Esta premisa niega la existencia de factores que se introducen en el proceso sin permiso de nadie y lo interrumpen o lo desvían: la contingencia, el azar y la incertidumbre. El proyecto del presidente los descarta porque a López Obrador le gusta presentarse ante la opinión pública como un gobernante que tiene la voluntad transformadora que a sus antecesores faltó, y la capacidad de controlar los procesos históricos, de generar o frenar los acontecimientos, sus causas y sus consecuencias.

La historia de México ofrece varios ejemplos del desvío de una ruta planeada por efecto de una contingencia, del azar o de la incertidumbre. El asesinato del presidente electo Álvaro Obregón, perpetrado en 1928 por un militante católico, salvó el principio de la no reelección; para responder a la contingencia se fundó el partido de los revolucionarios que definió el perfil del sistema político. Segundo, el azar quiso que el presidente Adolfo López Mateos enfermara años antes de que concluyera su mandato; en estas condiciones, el secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, asumió plenamente las responsabilidades de gobierno del país. Esta emergencia produjo tensiones en el interior del gobierno que se tradujeron en el endurecimiento de sus reacciones a la protesta y la crítica. Tercero, para atajar la incertidumbre que provocó el levantamiento del Subcomandante Marcos en Chiapas en 1994, el presidente Carlos Salinas aceptó la vieja propuesta del Partido Acción Nacional, y creó un organismo autónomo para la organización y administración de los procesos electorales, el Instituto Federal Electoral.

Estos tres ejemplos ilustran cómo emergencias de corto plazo —que no estaban escritas en ninguna parte— demandan soluciones que pueden alterar el ritmo y la dirección originales de un proceso estructural, y se resuelven en forma imprevista. No obstante, estos resultados son inadmisibles cuando el presidente rechaza la incertidumbre en la historia y, aparentemente, su cálculo político no deja espacio al “accidente”, la buena o mala fortuna de la que hablaba Maquiavelo, que se atraviesa a la voluntad del Príncipe y arruina sus planes. Esta forma de entender la historia abre la puerta para que, en caso de que alguno de estos tres factores se presente, sea interpretado como instrumento de los adversarios políticos, producto de una conspiración o de la explotación malintencionada por parte de la oposición, de posibles errores presidenciales.

Los cambios políticos nos invitan a todos a revisar nuestro conocimiento y nuestra comprensión del pasado, porque es posible que hayamos establecido falsas relaciones causales entre ese pasado y acontecimientos posteriores.

La historia de la transición mexicana ofrece un poderoso ejemplo. El ascenso del Partido Acción Nacional al poder para muchos todavía es incomprensible, tan difícil de explicar como su colapso. Es probable que no lo entendamos porque no sabíamos de dónde venían los panistas. Por décadas fueron ignorados por la versión oficial de la historia; por consiguiente, cuando fue imposible seguir ignorándolos parecían por completo ajenos a la historia de la posrevolución que conocíamos y que repetíamos sin prestar mucha atención a sus imposibilidades y a sus inconsistencias. Van más ejemplos, ¿por qué fue el voto y por qué fueron los partidos de oposición los agentes de cambio, si en el sistema autoritario tenían un papel secundario apenas simbólico —o al menos eso creíamos—. ¿En qué momento, cómo y por qué el partido que la versión oficial identificaba con el inmovilismo, se apoderó de la bandera del cambio?

Las dificultades de la consolidación de la democracia mexicana indican que probablemente el diagnóstico de los males políticos que nos aquejaban fue errado. Es muy posible que el presente nos fuera incomprensible porque desconocíamos el pasado que por generaciones seguimos leyendo sin asociarlo de manera amplia con el presente.

Las críticas al nuevo gobierno y el estilo pendenciero de un presidente que habla de confrontación antes que de cooperación ha llevado a muchos a hablar de crisis política. Creo, sin embargo, que hemos estado viviendo cambios en el régimen, pero hasta ahora el régimen es el mismo, aunque es posible que haya habido regresiones; pero si bien el presidente puede cambiar las políticas de gobierno, no puede modificar las actitudes de una sociedad cuyo proceso de secularización no se ha detenido, que, a consecuencia de la globalización, ha perdido especificidad, y que incluye amplios segmentos que aspiran a la universalidad; la segmentación de la sociedad dificulta la cooperación y la identificación de valores comunes.

Los cambios políticos invitan a una relectura de la historia. Cabe preguntarse si la sociedad mexicana del siglo XXI, más educada y secularizada que antes, está dispuesta a aceptar una propuesta simplificadora y excluyente de verdades incómodas en un esquema de interpretación binario, en el que la historia se reduce a la lucha entre conservadores y progresistas, en episodios que se reproducen idénticos a lo largo de más de dos siglos.

Me parece que más bien tenemos que rescatar la libertad de los hechos; hechos que se encadenan, algunos notables otros apenas relevantes, o hechos que provocaron las muchas rupturas que integran el pasado mexicano más reciente, el de la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI. Es momento de ver en el futuro, o más bien dicho en los futuros que se abren a diario al país, la diversidad de posibilidades que nace de la pluralidad social que nos hemos descubierto en los últimos treinta años. Después de todo, “el pasado es una dimensión del presente que cambia con él”.3 Podemos hacerlo tomando como punto de partida la premisa de que así como hay muchos pasados, tiempos que han sido vividos y relatados de maneras distintas, y como escribió Antoine de Saint-Exupéry, no se trata sólo de ver el futuro, sino de hacerlo posible.

Esta manera de mirar hacia adelante es extraña a la tradición mexicana que veía en la historia el retrato de un pasado inmutable y único. Es decir, que en la tradición política mexicana, historia, como la madre, sólo había una, la que habían escrito los héroes de la Independencia, de la Reforma y de la Revolución, tal y como había sido narrada por la élite en el poder. De este planteamiento se desprendía con toda naturalidad que no había más futuro que el que dictaba ese pasado. Mi contrapropuesta se apoya en la experiencia del México de la transición que fue frenada por la violencia criminal y por la corrupción administrativa de las últimas dos décadas.

El pasado tiene futuros inesperados también porque no sabemos cómo van a leer nuestro presente las generaciones por venir; tampoco sabemos cómo lo van a utilizar. Si los políticos y los historiadores quieren entender un acontecimiento histórico, lo más prudente es, como aconsejó Marc Bloch: “abandonar todo marco conceptual único, y aceptar la validez de varios a la vez”. Esta fórmula no es muy satisfactoria en lo inmediato, pero promete mayor claridad y resultados es duraderos en la elección de un futuro.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

Texto editado de la conferencia pronunciada el 18 de septiembre de 2019 con motivo del nombramiento como profesora-investigadora emérita de Ciencia Política y de Historia Política de El Colegio de México, Auditorio Alfonso Reyes.


1 Héctor Aguilar Camín, “Historia para hoy”, en: Carlos Pereyra, Luis Villoro, Luis González, et al., Historia, ¿para qué?, México, Siglo XXI editores, 1981, pp.141-168, p.147.

2 Enrique Florescano, “De la memoria del poder a la historia como explicación”, en: Carlos Pereyra, Luis Villoro, Luis González, et al., Historia, ¿para qué?, México, Siglo XXI editores, 1981, pp. 114-115.

3 Este ensayo se escribió bajo el estímulo de la lectura de Constantin Fasolt, The Limits of History, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 2004, p.17.

 

2 comentarios en “El pasado tiene futuros inesperados

  1. Un excelente texto. Quizás el título apropiado sería “El futuro tiene pasados inesperados”, porque efectivamente se requieren nuevas narrativas históricas que nos permitan imaginar otros futuros…

  2. Magnifico articulo que me recuerda al contenido de un libro en el que se explicaba la forma en que algunas personas ven el mundo. haciendo alusión a que hay personas que solo tienen una sola perspectiva de las cosas, como aquellos que siempre ven el mundo desde la misma ventana, en donde el paisaje obviamente siempre es el mismo. Luego están aquellos que ven al mundo en blanco o negro, bueno o malo. después viene otro sector que ve el mundo con una visión vectorial que va amplificando las perspectivas y casi por último aquellas personas como usted que incluyen una visión poliédrica en donde las perspectivas pueden ser infinitas.De modo que como usted bien dice; los futuros de México son inesperados. Todo depende de la inteligencia de quien gobierne o de los gobernados y del sentido que estos quieran darle a los cambios que se avecinan.

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