Hijo de diplomático, Carlos Denegri (nacido en 1910) goza —para la época— de insólitas ventajas informativas: idiomas, viajes, amistades cultivadas. De muy joven se incorporó al “buró fantasma”, el equipo que Salvador Novo congrega en Hoy para la sección “La Semana Pasada”. (Otros miembros: Luis Spota, Rafael Solana, Horacio Quiñones.) Fluido, capaz de las adjetivaciones más sobrecogedoras, sin noción de ridículo, Denegri se beneficia de la crisis de un periodismo maniatado y transforma en poderío e impunidad sus habilidades para crónica y reportaje. A fines de los cuarentas inicia en Excélsior una columna, “Miscelánea política” que, inspirada en el trabajo del norteamericano Walter Winchell, se erige en profecía y admonición. Varios presidentes de la República y los correspondientes líderes del PRI azuzan, amedrentan, difieren, halagan, prometen y nulifican por medio de Denegri. El chisme suple a la crónica, la sugerencia malévola al reportaje. Una mención negativa es una temporada en los infiernos. Los políticos profesionales se comunican internamente, reconocen jerarquías, dirimen odios o “liman asperezas” pagando puntualmente sus inserciones en “Miscelánea política”. La influencia de Denegri concreta la ilusión colectiva de un Cuarto Poder. Novo lo retrata ostensiblemente: es el periodista corrupto de su pieza teatral A ocho columnas.

Denegri, el Influyente por definición: insulta, veja, golpea y es golpeado, intimida y humilla, vive en el escándalo y en la impunidad, es un señor de horca y cuchillo que, a caballo por Insurgentes, pasea maniatada a una sirvienta suya que “engañó al marido”. Al baile Miscelánea de la República organizado en su honor, acuden casi todos los gobernadores de los estados y Denegri, Celebridad con Poder, llega en carroza, en la cumbre de la arrogancia; se lo permiten su conocimiento del subsuelo y los laberintos de la política.

Denegri se exacerba en insultos y adulaciones. Por vía de mientras, su descrédito tarda en alcanzar la información de los lectores y a lo largo de dos décadas él encarna el Periodismo Prestigioso, que mezcla las imágenes y los lenguajes que la Revolución institucional y la sociedad aceptan en los “divulgadores independientes”: humillación ante los gobernantes, cursilería sin disimulo, religiosidad pregonada, rencor contra la disidencia, patriotismo de cilindrero y vocabulario profesionalmente culto (en donde, naturalmente, una notas de campaña presidencial se llamarán “Periplo electoral”). Hoy, tal prosa lo confinaría en el humorismo involuntario. Entonces, impone en México los cánones de crónica, reportaje, artículo y columna política con la ayuda de la bendición presidencial, la despolitización y el fin del periodismo castizo y culterano.

Denegri y sus imitadores en todo el país (todavía padecemos el yugo escénico del columnismo) son corolario de una información reducida al juego de nombres. En los sesentas la reputación de Denegri fastidia demasiado a los lectores deseosos de criterios contemporáneos y hartos de la adulación y el chantaje. Es una rémora en la nueva concepción de Excélsior. Pese a la eficacia de su equipo de reporteros se suspende “Miscelánea política”. El primero de enero de 1970 la esposa de Denegri accede —de un tiro— al rango de autoviuda.

 

Fuente: Carlos Monsiváis, Antología de la crónica en México, UNAM, 1979; y Carlos Monsiváis, A ustedes les consta. Antología de la crónica en México, Ediciones Era, 1980.

 

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