En la dedicatoria de una de sus comedias —la de Mirad a quién alabáis— dijo Lope de Vega: “Alabar por lisonja es de ánimos bajos; por amor, de poco cuerdos; por obligación, de agradecidos, y por temor, de cautelosos”. Y la primera habilidad de sus alabanzas está en hacer creer a los mismos a quienes encomia que lo hace por justicia, pues su natural es áspero y poco contentadizo. En una de sus más antiguas cartas a su mecenas, el duque de Sessa, echa los cimientos de su mutua amistad diciéndole: “Yo fui a buscar a vuestra excelencia con los versos que me mandó escribiese, y sentí no hallarle, porque de aquel día que me hizo tanta merced le quedé sumamente aficionado; que, fuera de las calidades infinitas que se juntan en vuestra excelencia, es, a mi juicio, la idea de un perfecto príncipe; y esto tan fuera de lisonja, como lo sabe el mundo, que conoce la aspereza de mi condición y que en mi vida la dije por interés humano”.

Sobre este fundamento bien puede el lisonjero inventar cuanto le plazca: la adulación ha cambiado de quilates, porque en apariencia deja de serlo y se convierte en tributo obligado de justa sinceridad. De ahí que Lope no se descuide en recordar la supuesta condición de la aspereza suya, mezclándola oportunamente a un tira y afloja de desconfianza humana y de seguridad inquebrantable de su protector. “Yo no deseo ni quiero más bien que asistir a servir a vuestra excelencia lo que tuviera de vida, porque es mi bienhechor y en quien tengo fundadas las esperanzas della, aunque Dios manda que nadie la tenga en los Príncipes”. Y añade enseguida: “Lisonjero parezco en esta carta, y no es, señor mío, ansí, pues vuestra excelencia me conoce más áspero…”.

En ocasiones el tiro es más directo: “Si vuestra excelencia hubiera necesidad de mi sangre, no perdonara vena que no la abriera en su nombre, aunque decía un amigo mío que en los que lo eran no había mejor prueba que en las venas del arca. Yo no la tengo, señor; mas cuando fuera la de las tres llaves, sin duda que vuestra excelencia las tuviera todas”. Y agrega, por remate, más lejos: “Nunca fui de otro parecer en razón de servir, que a señor discreto, porque basta que conozca que debe cuando no pague”.

Lope, orgulloso, o más bien vanidoso, para con el vulgo, era humilde aparentemente para su señor, pues si le dice: “Las almas, señor excelentísimo, hizo Dios iguales; pero decía un filósofo que quien hubiese diferentes vasos y diferentes licores, en los de oro pondría los preciosos y en los de barro los viles”; más adelante se arguye a sí mismo: “No sé cómo me diga que mi alma, siendo tan vil el vaso, pueda tener proporción a la de vuestra excelencia”.

Lo sutil y elogioso de cada solicitud haría sonreír al duque, antes de conceder; las múltiples formas en que el agradecimiento del poeta se hacía presente, le dejaban obligado y satisfecho. Pues si Lope era sagaz en el pedir, no lo era menos en el agradecer.

 

Fuente: Francisco A. de Icaza, Lope de Vega. Sus amores y sus odios, y otros estudios (primera edición, 1925), prólogo, edición y notas de Ermilo Abreu Gómez, Editorial Porrúa, México, 1962.

 

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