En 1621 un anónimo artista flamenco pintó Mujer joven en su lecho de muerte. En la tradición de pinturas europeas con personas enfermas esta pintura resulta infrecuente al representar lo que es en verdad morir joven, y como algo en efecto aterrador. El rostro de la mujer es de cera, con los ojos extraviados, con su figura contraída y asustada, las manos inertes y torcidas como garras. Su entorno es atractivo —terciopelo y lino delicados, tapices que combinan muy bien— pero ningún confort del mundo puede serlo ante la imagen.

La muerte de Cleopatra tiene un mejor aspecto. Según un blog ella “murió el 12 de agosto, a los treintainueve años, portando sus prendas más hermosas, con el cuerpo extendido sobre un lecho dorado y en sus manos los emblemas de la realeza”. En las pinturas Cleopatra está casi siempre echada sobre una cama o un diván, como a la espera de un amante. Tiene expuesto un pecho —el izquierdo por lo general— asediado por una serpiente delgada que su propia mano guía de modo voluptuoso hacia el pezón.

En la tragedia griega, igualmente, las mujeres morían sólo en el mismo sitio en el que dormían, hacían el amor, y parían. Como escribe la clasicista Nicole Loraux respecto a las muertes trágicas de mujeres: “Así una mujer se dé muerte a sí misma como un hombre, muere sin embargo en su cama, como una mujer”.

 

Fuente: Harper’s, septiembre, 2019.

 

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